LA APÁTRIDA

By MARÍA GARCÍA BARANDA - diciembre 11, 2017

   

       Siempre me ha resultado curioso no tener un sentimiento de pertenencia a ningún lugar. No lo tengo, de veras que no. O al menos yo no creo tenerlo. No lo percibo así. Nunca he sentido mi tierra de un modo visceral. Nací y vivo en el Norte y me gustan muchas de sus peculiaridades. Pero como me gustan las de otros lugares si voy a visitarlos y tengo la ocasión de disfrutarlos con un poco de calma. Tampoco me he sentido incondicional de ninguna ciudad, más allá de la raigambre que ofrece la vivencia presente. Quiero decir que, en el momento en el que soy habitante de una urbe precisa esa es mi ciudad. Lo es por cotidianidad, por el hecho de moverme entre sus calles y ser capaz de notarlas como mi contexto habitual, pero no por que por ello se desarrolle en mí un especial sentimiento de hogar, ni una emoción mayor que la que pudo provocarme un destino anterior. Si lo pienso, crecí en una ciudad distinta a la que hoy habito. En la primera pasé treinta y tantos años: infancia y juventud, vida familiar, llegada de la adultez. En la actual llevo casi ocho: destino elegido sin exigencias externas, etapa de vida independiente. ¿Cuál siento como mía? Realmente no sabría decirlo. Ninguna de las dos. Las dos acaso. O también aquella otra que albergó mi desarrollo durante un año a tres mil kilómetros de aquí. Cada una en su momento. Porque cuando una tierra me ve despertar cada mañana, ir a comprar, recorrerla en busca de algún rincón bonito, escaparme de sus calles para refugiarme en casa cuando llueve, cuando eso ocurre, esa es mi ciudad. No me siento extranjera en ella. O tal vez al contrario, tal vez sea que en todas me siento un tanto de paso, consciente como soy de que no es a una ubicación a la que pertenezco. Quizás soy una apátrida. Una apátrida geográfica. Y puede que también haya entendido la idea de patria desde su conceptualización más amplia.
        Pertenezco a mi gente. Pertenezco a los míos, a mi familia, a quien me quiere. Pertenezco a quien amo. A ellos sí. Estén donde estén. Y aislándome del mundo exterior. Que bien podrían transportarnos a una distancia de dos kilómetros, de seiscientos o a las antípodas. No miro afuera.  Y sobre todo me pertenezco a mí misma. A mis rasgos más íntimos, a mis pensamientos más elaborados y a mis instintos. Pertenezco a mis sueños y a mis deseos. A mi pasado y a todas las personas que me trajeron hasta donde estoy. Pertenezco a mi presente más vivo y más intenso. Esa es mi tierra, mi ciudad, mi casa. Esa es mi patria. Y por extensión siento más lealtad a las personas que a un lugar concreto. Mi búsqueda constante es la buena sintonía de la gente. Por eso las ciudades no me importan más allá de los elementos facilitadores de mi día a día, momentos de ocio y relax incluidos. Por eso las fronteras, las banderas y los límites invisibles los mantengo a una distancia considerable a la que miro con matemática frialdad. Y es que de mi afecto a lo humano, a las relaciones personales y al enriquecimiento que podemos procurarnos unos a otros sale pues mi espíritu crítico. No podría nunca generalizar ni desplegar mi canto ciego por las gentes de uno u otro lugar, por cuanto hallaré defectos de convivencia social que me impedirán ser su defensora incondicional. Dependerá de si esa tierra sabe cohabitar, de si mi experiencia allí no me carga las tintas con excesivas dosis de individualismo. Si no, seguiré siendo una apátrida a la deriva hasta el día de mi juicio final. 



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