BUENA/MALA SUERTE (O la vida es una comedia)

             La razón a un lado. La fe también. Algo mágico, místico, dirige nuestras vidas sin que nosotros podamos evitarlo. A eso lo llamamos superstición. Cualquier ser medianamente formado acude a las explicaciones racionales para encajar los acontecimientos que va atravesando. Busca sus porqués, saca conclusiones y actúa en consecuencia. Cuando las razones se le escapan del entendimiento o cuando no consigue adaptarse a las circunstancias acude a la fe, se aferra a unas creencias religiosas que depositen en algo o alguien más grande el manejo de los hilos de su existencia.  Hasta aquí, lo sabemos. Pero nos queda una tercera cuestión, más allá de la citada fe o del entendimiento racional, y esa es la superstición que mencioné en inicio. Habría que remontarse a los orígenes del hombre para hallar las primeras muestras de ello. Y versa todo en un único principio: tener buena o mala suerte. Suerte…la causa motriz, lo que predetermina en la vida aquello que nos va a ocurrir. ¡Qué fácil! Dejamos en manos de lo ininteligible los frutos recogidos. Pero no siempre, porque utilizamos un doble rasero a nuestra conveniencia. Veamos.
            Solemos relacionar que todo lo malo que nos sucede es fruto de la mala suerte. ¡Qué mala pata!, ¡qué desgracia! Y por el contrario, la idea de buena suerte suele brillar por su ausencia, raramente aparece o actúa. No está. Si nos van bien las cosas es porque nos lo hemos currado, porque nos lo merecemos y hemos luchado por ello. Ahora bien, si se nos tuerce algún asunto, rápidamente pensamos en las malas vibraciones que lo han provocado y en nuestra falta de fortuna. Y la cuestión es: ¿podríamos aplicar el criterio del merecimiento –cogiendo con pinzas la palabrita- y del efecto de nuestras propias acciones a todo lo malo que nos sucede? Posible y razonablemente sí, aunque mucho cuidado con ello porque podría llevarnos a machacarnos con la culpa de qué hemos hecho mal, y tampoco se trata de eso. No es un castigo ni una penitencia, sino el conjunto de las consecuencias de nuestros actos.
            Cada vez que hemos de enfrentar algo realmente negativo, cada vez que hemos de plantarle cara al fracaso, al dolor, al desconcierto, al desengaño o a la decepción, nos encontramos ante el resultado de una operación matemática en la que entran en juego muchos factores además de nuestros propios actos. Desde luego que en primer lugar se encuentra el cómo hemos actuado, pero pegadito a ello aparecen: el qué nos llevó a hacerlo así, cómo nos sentíamos y con cuánta experiencia contábamos al abordarlo. Eso por lo que respecta a nosotros, porque después hay que contar con esos mismos elementos de todas y cada una de las personas con las que interactuamos en esa acción. Eso y el contexto, interno y externo. Y no echo balones fuera, que bien me flagelo yo misma con aquello en lo que he errado el tiro. Trato de ser consecuente con los efectos de mis actos, pero intento también decirme, para no pasarme de la raya conmigo misma, que somos producto de lo que vivimos y que en cada momento… hago lo que puedo.
           No todo está en nuestras manos. No podemos controlar cómo nos irán las cosas, ni asegurarnos  de que llevando a cabo X acción, llegaremos indiscutiblemente a Y. Hay otras equis encima del tablero, muchas, persiguiendo llegar a sus respectivas íes. Es imposible, pues, y pienso que podría probarse hasta científicamente. No lo sé, eso creo, yo soy de letras.
            Por lo tanto, si lo bueno que nos pasa en la vida es consecuencia de la acción humana, lo malo habrá de serlo igualmente. Y llego aquí a otra cuestión de mayor importancia: ¿qué grado de positividad o negatividad tiene aquello que nos ocurre? Aquí sí que entra ya la escala de valores de cada uno de nosotros, el rango que le dé a los sucesos de su vida, el conjunto de experiencias que arrastre. Dependerá de cuánto haya vivido, disfrutado y padecido. Y habrá vivencias que se encuentran fuera de toda duda de lo negativo, eso lo sé. Y sé también que las cosas afectan sean pequeñas, medianas o grandes. Pero qué bueno sería poder tomar perspectiva y valorar si aquello que nos hunde es para tanto, superable, mejorable, comprensible,… o si aquello tan maravilloso que anhelamos es poco menos que el tesoro de El Dorado. Qué bueno sería ser conscientes de la facilidad que tenemos para meternos en nuestras espirales –comprensible y sensiblemente humanas-. Qué bueno sería hacer un doctorado en relativización y no olvidarnos de que esto se acaba, de que solo somos uno más en este circo y de que cada cosa toma sus tiempos, y no más. Qué bueno sería tener a la cabecera un solo principio: la vida es una comedia.





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