UN PENSAMIENTO AL AIRE Y NADA MÁS


   ¿De qué sirve ese TODO si estamos continuamente expuestos a las inclemencias externas?

     ¿De qué sirve?
Si somos el resultado de la confluencia de infinitos factores. Si al entrar en choque con el mundo ya no solo depende de cuanto alimentamos nuestras almas. 
Si unos saben latín y otros hablan en ruso. ¿De qué sirve?

     ¿De qué sirve ese trabajo arduo, pues? 
Ese dejarse la piel en el intento, ese poner el todo por el todo, ese hacer los deberes, ese entregarse al mundo, ese pensar las cosas, ese crecer constante, esa mente incansable, ese corazón sangrante, ese llorar sin tregua, ese ponerse en pie tan llenos de coraje... 

¿De qué sirve?, me digo.
Si el viento puede, tan solo en un segundo, derribarnos el barco y hacerlo que zozobre, convertirnos en mínimos a merced de la marea caprichosa.

     ¿De qué sirve? Sí, me lo pregunto.
Según el día, hallo la respuesta. O mejor dicho: según el día esta cambia en su crudeza.
La de hoy, la respuesta de hoy, esa mejor la guardo. 
Hay días en los que es mejor ser prudente hasta que ese viento deje de amenazar lluvia.



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