Y CON ELLO ABRÍ LA CAJA DE PANDORA



 Y con ello abrí la caja de Pandora.” ¡La de veces que he pronunciado esa expresión últimamente! Bien en voz alta o bien para mis adentros. Y siempre que lo he hecho ha sido tras ser consciente de que con determinados actos o palabras se han puesto encima de la mesa cuestiones de difícil, complejo y duro tratamiento. Abrí la caja de Pandora, en efecto. La mía o la de alguien más, según. O ambas a un tiempo, quién sabe. Cada vez que sacamos del armario nuestros fantasmas, cada vez que analizamos nuestros temores y dolores más profundos, la caja queda abierta y con ello estalla todo el cúmulo de tormentos que nos quitan el sueño, que nos inquietan, que nos impiden ser felices o incluso... vivir. En muchos casos se trata de estados ya identificados, en otros intuidos pero no delimitados o medidos y en algunos incluso desconocidos hasta no verbalizarlos o hasta no observar la repercusión de los mismos. ¿Es por tanto dicho acto beneficioso o nocivo?, ¿abrir dicha caja viene a revolvernos y a hundirnos o por el contrario es imprescindible para avanzar? El propio mito que da nombre a esa expresión viene a mi mente y creo que debería acudir a él para llegar a una conclusión. Y así lo haré.

       He asistido hoy en mi instituto a la representación teatral de una escena del mito de Pandora. Inicialmente la actriz recordaba a todos su argumento. Mientras lo veía y escuchaba un escalofrío me recorrió el cuerpo. Y me refrescó la memoria, pues hay en él una parte esencial -la parte final-, que mi mente, como la de la mayor parte de nosotros, parece olvidar. Sitúo, pues: Fue Pandora una bellísima, elegante y seductora creación de los dioses con el cometido de enloquecer a los hombres. Enviada por Zeus a casa de Prometeo, su hermano Epimeteo se enamora locamente de ella y la toma por esposa. Pero llega Pandora portando una caja de oro y con ella la prohibición de abrirla para averiguar lo que se halla en su interior. No obstante la curiosidad se apodera de ella e incumple la prohibición. Abre la caja y al hacerlo su contenido se esparce a los cuatro vientos. Este no es otro que el conjunto de todos los males capaces de contaminar el mundo de desgracias, hasta el momento ausente de ellas. Así mismo, los bienes que en ella residen vuelven al Olimpo de los dioses, quedando fuera del alcance de los hombres. Todos salvo uno. En el último momento, Pandora cierra la caja apresuradamente y en su interior queda la Esperanza, convirtiéndose esta en el único bien con el que la humanidad podrá contar para combatir sus males. Desde entonces la esperanza de vencer las desgracias que nos asolan, la esperanza de una vida mejor, se ha convertido en nuestra fuente de supervivencia.

Es literatura. Y es un mito. Naturalmente que sí. Pero la literatura no es más que la expresión de cuanto habita en el interior del ser humano. Es el reflejo, artístico sí, pero el reflejo al fin y al cabo de los pensamientos y sentimientos más íntimos de todos y cada uno de nosotros. Casi siempre de constante presencia por más que pasen los años, los siglos,…por más que evolucionemos o involucionemos a veces. Pero nuestros permanentes anhelos y pesquisas se reflejan en ese arte escrito. Y hoy le ha tocado al mito, en efecto. Y podría preguntarme: ¿qué es lo que hace que hoy me llame de nuevo la atención este en concreto? Ya lo dije en inicio, la reciente omnipresencia en mi pensamiento de esa idea me ha hecho saltar solo con oír hoy la mencionada expresión. El acto de sacar a pasear todo cuanto nos daña, de hacernos conscientes de lo que anda mal en nuestro interior y mirarlo directamente a los ojos. Nos derriba con tan solo dibujarse su silueta, lo sé. Pero sé también que es como abrir una herida para sacarle el veneno si pretendemos que esta cure. Es necesario. Y nos rompe, sí, pero es necesario abrir esa caja de Pandora y dejar que todo reviente, que estalle en mil pedazos y termine con todo lo que nos ahoga. Darnos de bruces contra la realidad y tragárnosla. Es lo que hay. Tal vez nos tumbe, sí, con toda seguridad, pero es el único modo. Supone tocar fondo, casi destruirse hasta pensar que no se va a volver a emerger. ¿Cómo salgo de esta?, nos decimos. Y nos vemos vagando eternamente envueltos por todos esos males que nos asfixian. Lo sé bien, porque es en medio de esa vorágine y vulnerabilidad que me tiene absolutamente en lucha que hoy precisamente me digo y me recuerdo que al fondo de esa caja habita la Esperanza.  Y bien sabe, no sé, Zeus por ejemplo, lo mucho que hoy día me cuesta escribir esto y agarrarme a la idea de que el orden natural hará que lo malo se disipe. A la esperanza de una vida mejor que habrá de llegar cuando nos hayamos cansado de llorar y hayamos aprendido a mirar a la cara a esos espectros que nos quitan el sueño. Por fin tranquilos. Por fin sin llantos. Por fin felices.






    

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