PIES QUE NO BAILAN ES PORQUE LIBRAN BATALLA



Bailar a un tiempo, todos a un mismo ritmo y una misma melodía. Eso es fantástico, aunque no abunde. En tales casos, cuando miras a tu alrededor y esencialmente ves decorados similares al que te encuentras en tu propio despertar, cuando nada produce una disonancia demasiado marcada, ahí el movimiento es sencillo. En tales casos las almas se unen con facilidad. Y se comprenden. Y se comparten. Ríen, opinan y diseccionan el día a día. Ahí, repito, resulta simple. Vidas afines. Pero no siempre sucede así, porque en ocasiones los hechos van contracorriente y con ellos las personas, saliéndose por lo tanto de lo conocido, habituado o diseñado por uno mismo. Y ahí llegan las interferencias. Ya no hay baile, ya no hay mismo ritmo, ni misma melodía. Tal vez, solo tal vez, porque uno de los actantes se ha quedado en silencio, descansando en una silla aledaña. Y tal vez porque tan solo puede reposar ahí. Se encuentra cansado. Ya no está a pie de pista, no se le ve, ni se le oye, no participa. Y alguien se le acerca y le dice: no bailas, nos has roto la coreo. Pero nadie pregunta por qué, si se ha herido un pie, si se ha quedado sin fuerzas o si trata de marcar una danza alternativa. Primero ceño fruncido, después,…todo lo demás. Y es que quizá no se entienda que a veces, de vez en cuando en la vida, las cosas no son para todo el mundo iguales. Que los parámetros que hoy les sirven a uno, pueden no encajar con el de enfrente. Que otros tipos de vida no siempre se escogen voluntariamente. Y que cuando se ve a alguien llevándolos a cabo a lo mejor, solo a lo mejor, es porque está librando su propia batalla. Que no es sencilla. Que no es voluntaria. Que no es indolora. Pero que no le queda otra opción que esa. Y por eso está en silencio, intentando reunir fuerzas para poner en pie, no a sí mismo, sino su propia vida. Que si no hace otra cosa, será quizás porque no puede. Y porque forzar un “no pasa nada” en público a veces duele más que el propio silencio en privado.
Así que, si ven a alguien salirse de la pista de baile, separarse del grupo y sentarse en una silla, no le gruñan sin pensar, porque quizá sus pies se encuentran un tanto doloridos y lo único que pretende es tratar de no olvidar al menos ese un-dos-tres, un-dos-tres, un-dos-tres,… Quizá no sea una actividad alternativa la que está poniendo en práctica, sino que es su propia vida la que está tratando de poner en pie y para ello necesita todas las fuerzas del mundo, algo de empatía con lo que no se comprende y una pequeña tregua a los reproches. Quizá no se imaginen que ese gruñido le suponga una herida del tamaño de un zarpazo. Piénsenlo.



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