AMANTES COMO EN EL DORADO HOLLYWOOD

      La pasada madrugada fue noche de Oscars.  Cita de oro para la gran industria del cine norteamericano, vestida de brillos, glamour y mucho lujo, como ya sabemos. Recordaba aquellos años en los que me quedaba en vela viendo la ceremonia y me iba prácticamente en blanco al instituto. ¡Ahhh, me encantaba ese exceso! Tiempos en los que mi padre me preguntaba retóricamente: “¿vas a quedarte despierta toda la noche teniendo mañana clase?”, para seguir con un gustoso: “bien, tú sabrás, la que ha de rendir mañana eres tú”. Ni una palabra más. Jamás una prohibición. Y es que se sentía tremendamente identificado, ¡tantas veces había hecho él disparates así! Y orgulloso, también lo notaba orgulloso, porque mi exceso tenía fondo cultural y artístico, y era el fruto de una simiente plantada en mí por él mismo desde que yo era muy pequeñita. Cada noche de Oscars no puedo evitar acordarme de esos tiempos. La cosa es que hace ya años que no me quedo despierta a ver la ceremonia, pero lo que sí vi anoche fue un programa previo sobre los años dorados de Hollywood y las estatuillas más célebres. ¡Qué maravilla! Me quedo embobada con la elegancia de aquellos actores, con el poso del cine de los años 40, 50, 60,... Y es que algo tenía el séptimo arte en esos años. Creaba cultura, entretenimiento, magia y sueños. Vendía sueños, porque hasta sus actores se rodeaban de un halo enigmático que, aunque tenía también mucho de comercial, ha erigido iconos para los restos. Símbolos del glamour, de la profesionalidad, que por dejar, nos han dejado también algunas de las historias de amor más tortuosas, deliciosas, apasionadas, trágicas o arrebatadas de todos los tiempos, según el caso y la fortuna de sus integrantes. Douglas Fairbanks y Mary Pickford,  Bogart y Bacall, Vivien Leigh y Laurence Olivier, Clark Gable y Carole Lombard, Spencer Tracy y Katharine Hepburn, Elizabeth Taylor y Richard Burton, Paul Newman y Joanne Woodward,… Podría seguir, porque junto al metraje, la intrahistoria hollywoodiense siempre me ha fascinado y me provoca enorme curiosidad ver cómo se desenvolvían sus gentes en la era de los grandes estudios controlando sus vidas. Unas vidas que más parecían pertenecer al público que a ellos mismos, tasa a pagar por beneficiarse de unos privilegios de ensueño que tan solo unas docenas de seres del mundo occidental podían alcanzar.

    De todas las grandes historias de amor que he citado anteriormente se han escrito ríos de tinta, naturalmente. Que si eran tapaderas para ocultar bisexualidades u homosexualidades, que si se forjaron en el adulterio, que si fueron violentas,… Rumores hay a cientos y ninguna deja de ser fascinante a pesar de ello. De entre todas, voy a pararme hoy tan solo en una, la de Katharine Hepburn y Spencer Tracy. Y lo hago por tres razones. La primera es que hace tan solo cuatro o cinco días salió en una conversación que mantuve con mi hermano para aludir a mi vida sentimental, y con cuya mención pareció leer mi mente y absorber un pensamiento particular que yo misma acababa de tener el día previo. La segunda razón que me lleva a prestar atención hoy a estos dos amantes es que vivieron a lo largo de veinticinco años una historia de amor que nunca llegó a culminar como mandaban los cánones de la época. La tercera razón es que durante años me costó comprender qué diantres pasaba entre ellos, lo que me hacía minusvalorar tal vez su historia en comparación con otras de las citadas, y sin embargo a día de hoy, ya como adulta y bajo el prisma de mi propia experiencia personal, la entiendo cada vez con más ternura. 

 

   Katharine Hepburn y Spencer Tracy brindaron a la historia del cine interpretaciones maravillosas y verdaderas obras de arte, compartiendo cartel en nueve de ellas, nada más y nada menos. Su química no solamente se palpaba en los fotogramas, sino que traspasaba la pantalla, a pesar de sus diferencias de edad, físicas o de belleza. Katharine portaba siempre un aspecto regio y elegante, delicado y casi aristocrático, culto y refinado. Tracy resultaba infinitamente más tosco y menos atractivo, infinitamente menos elegante y bebía demasiado, pero era carismático, brillante y poseía un talento descomunal. Cuando se conocieron él estaba casado, aunque la relación era ya una pantomima hacía bastante tiempo. Y tenía hijos. Y casado se mantuvo hasta su muerte y durante los veinticinco años que estuvo con Hepburn, porque era católico, porque no creía en el divorcio y porque el peso de haber formado una familia lo acompañó siempre. Katharine estaba profundamente enamorada de Spencer, velaba por él, lo cuidaba y amaba profundamente. Tracy cayó deslumbrado por el porte de Hepburn desde el  principio, por su saber estar, por su inteligencia, por su cultura y por su talento. La admiraba y adoraba. Pero nunca quiso casarse con ella. Jamás. Ni convivieron juntos. Vivieron en casas distintas durante la totalidad de su relación, aunque jamás pudieron estar el uno sin el otro. Kate fue una mujer de armas tomar que a punto estuvo de tirar la toalla en infinitas ocasiones, y Spencer, terco y obstinado, no daba su brazo a torcer aunque no pudiera pasar sin Katharine. Ella en sus memorias, explicando la aparente tortuosidad de su relación dijo: “Por primera vez en mi vida, comprendí que era más importante amar, que ser amada”.  Grandiosa, Kate.



    Como afirmé antes, siempre me costó entender esta historia de amor. La tildaba de tener ingredientes como la obstinación, la dependencia y cierta pizca de egoísmo. Pero los años, la perspectiva de la madurez y la evolución con la que trato que se nutra mi concepto de la vida amorosa han hecho que comprenda a la perfección a estos dos amantes. Se adoraban, eran felices juntos y no podía pasar el uno sin el otro. Y punto. A pesar de todo lo demás y con todo lo demás.


Hoy por hoy lo comprendo, empatizo y me enternece. Quizás se deba a mi lado romántico. Quizás porque el cine siempre me ha influido sobre manera. Quizás porque soy tan intensa que siempre he tendido a ser un tanto hollywoodiense. Quizás porque tengo un punto de diva. Quizás porque mi hermano me dijo el otro día, en la conversación que antes mencionaba, que mi vida actual tenía mucho de Hepburn y de Tracy. Y quizás también, y especialmente, porque al igual que Katharine, y por más que patalee a veces, yo también he llegado a comprender de un tiempo a esta parte la infinita importancia de amar por encima de ser amado.





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