ARMONIOSO DISEÑO

    ¿Qué pasaría si todas y cada una de las negatividades ocurridas en nuestra vida, de esos sucesos que catalogamos como malos no lo hubieran sido tanto? Si cada tropiezo, golpe con hematoma, fallo, error, equivocación, disgusto con sangrado, tragedia -sí, también esas- hubieran tenido una razón de ser, una finalidad mayor previamente diseñada en nuestro cuadro de vida? Hay una filosofía de andar por casa, esa a la que todos echamos mano y que traduce ese principio en la popular expresión de: “todo pasa por algo”. Más allá de su valor balsámico y tranquilizador, que lo tiene, por cuanto a todos nos resulta necesario agarrarnos a algo cuando las pasamos canutas, podría ser bastante acertado el pensamiento. La otra filosofía, la de verdad, la de los profesionales así lo estima y es que el principio de causa y consecuencia se encuentra íntimamente unido a tal idea. Cada paso que damos, cada decisión consciente o inconsciente, cada frenada en seco o cada tontería y locura se debe a algo y provocará, obviamente, una serie de acontecimientos perfectamente concatenados, cuya existencia únicamente resulta factible en virtud de lo anterior. Es lo que el filósofo británico Alan Watts enunciaba como: “Todo lo que ocurre, todo lo que he hecho, todo lo que cualquiera haya hecho es parte de un armonioso diseño en el cual no hay error alguno”. 
   Así planteado, queda bonito, ¿verdad? Existencialista y espiritual a partes iguales, altruista y positivista, y seguramente muchas más cosas terminadas en -ista. Pero a ver cómo le planteo yo esa idea a alguien a quien la vida le ha dado una verdadera estocada. A quien ha perdido un hijo, un padre joven, un hermano. A quien abandonaron con una simple nota de despedida. A quien perdió todo cuanto tenía. A quien se pasó meses o años en cama padeciendo una depresión. A quien fue traicionado por quien más quería. A quien su familia se le muere de hambre. Evidentemente soy muy consciente de ello y me atrevo precisamente a plantearlo como bueno, dado que yo, como muchos otros, tengo mi propia lista de despropósitos vitales. Y han sido duros, muy duros. Agrios, muy agrios. De verdad que sí. Por eso me atrevo a decirlo. Precisamente porque yo probé a hacer ese ejercicio y me resultó tremendamente positivo. Tomé todos y cada uno de los hechos negros a los que me había enfrentado y con calma, con tiempo, me dispuse a sacar su “todo pasa por algo”. Saqué su porqué, su para qué y sobre todo su razón de que con ello se habían producido otros hechos ricos en aprendizajes y en buenos pasos. Es indiscutible que como terapia resulta y que es un resorte para avanzar. Pero más allá de ello, no es tan simple como considerarlo un instrumento de conformismo. Hay mucho más, un nivel de profundidad mayor ubicado en esa dicotomía indisoluble causa-efecto, de la que solo extraigo algunos hechos puntuales debidos a la fatalidad, mala fortuna o circunstancias desafortunadamente coincidentes.
   Haced la prueba. Tomad todos aquellos hechos de vuestra vida que os han herido y extraed su por qué, su por algo, su para qué y su aprendizaje. Casi todo tuvo un sentido y una misión justa y precisa. La resistencia es nuestra peor enemiga para asumir las etapas que atravesamos. Por eso duele y destroza. No solo por el hecho en sí; es más, en muchas ocasiones el daño es mucho menor del estimado. Es la fuerza ejercida por nuestra resistencia la que nos golpea más duramente. Física pura. Por eso, si logramos vencerla, si nos despojamos de esa resistencia traducida en no aceptación, en rabia, en rencor, en posesión, en apego tóxico, en obstinación o en conservadurismo, seremos capaces de ver el final de ese camino y el principio del siguiente. De entender que lo que pasó fue por algo y seguramente nos sacó de una buena papeleta de la que no habríamos sido capaces de salir nosotros solos. O no conscientemente. De quirtarnos un lastre, un peso o lo que se vislumbraba como una infelicidad a largo plazo.
   Armonioso diseño,…. más de lo que queremos ver a veces. 




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