LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL INVIERNO

   
  Los últimos días del invierno dejan asomar rayos de sol longevos y hasta un tanto insistentes. Aquí en el Norte el viento aún es frío y habrá de serlo durante al menos tres o cuatro meses más. Pero en tardes como esta, una parece querer anticiparse asomando la nariz a la próxima estación.

  En los últimos días del invierno el Nordeste arranca todo aquello que ha perdido su fuerza centrífuga, y nos impregna de un olor incipiente a verdad, a raíz, a luz y a una misma. ¿No lo hueles?, ¿no me hueles? Soy yo. Tapar bajo el abrigo ya no sirve.

Envolverse entre las ropas o refugiarse bajo el paraguas a fin de esconderse de las miradas, tampoco. Toca descubrirse y enfrentarse a la luz de última hora, esa que baña de tono anaranjado la piel para descubrir la perfecta imperfección que nos compone. Esa tan bella. Esta que te devuelve tu verdadero reflejo en el espejo. Sin pudores, sin miedos y sin insuficiencias.

     Así que, aprovecha, que queda poco menos de un mes con estas tardes y te garantizo que es buen momento para respirar el olor a sal, para dejar que el aire nos enfríe los carrillos, para elevar la cara buscando el sol y para meditar sobre todo aquello que inunda el pensamiento. Buenos días estos, los últimos del invierno. Buen momento ese, las horas de la tarde. Para pensar, para perderse y para recuperarse. Para dejar que el mar se lleve cuanto de malo se encuentra suspendido en el aire. Para hacer y hacerse justicia. Para desprenderse de lo que no es y guardar en el corazón lo que sí es. Para no mentirse, para no engañarse. Para insuflar ganas de vida y salir corriendo de las lágrimas evitables. En silencio, bajo ese sol que apenas pica y sabiendo que… Sabiéndolo. Sabiéndote por dentro.






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