LA SOLUCIÓN PARA TODOS LOS PROBLEMAS

En mi don está mi pecado, y en mi pecado mi penitencia. 
Porque el pensar en las cosas profunda y analíticamente es lo que me da mi fuerza, 
lo que me hace crecer constantemente, lo que me da vida, pero también lo que me mata.
O quizás me mata no el hecho en sí, sino mi manera de llevarlo a cabo.


     Esta mañana estuve hablando con una amiga que realmente me necesitaba. Lleva a cuestas desde hace ya unos años un peso emocional importante del que no consigue salir. Se encuentra absolutamente atrapada por ese bucle y aseguro, y no exagero un ápice, que hablo con ella del tema prácticamente a diario y que son cientos de horas las que llevo empleadas en tratar de ayudarla. No lo consigo. Y no lo hago porque no quiere. Cuando alguien se encuentra atravesando una situación de esas características, está tan intoxicado por el problema que solo ve las cuatro paredes que conforman la caja en el que este habita. Es su zona de control, su espacio de manejo. Fuera de ahí no hay nada más que importe, pero tampoco es capaz de verlo.  Así, de esa manera, esa persona, mi amiga en este caso, analiza y analiza los porqués, los comportamientos y los acontecimientos que le han sucedido, pero no ve más allá. Me pide pautas para salir, una lista de hábitos, de rutinas, de prácticas que le sirvan de bálsamo para sentirse mejor. Sin darse cuenta de que no hay ninguna lista de actos curativos. Naturalmente que hay rutinas que ayudan. Es de lógica que será más positivo rodearse de gente alegre que apesadumbrada, ¿no? O que salir a pasear al aire libre y relacionarse con la gente es muchísimo más beneficioso que encerrarse en casa y sentarse en el sofá. Pero eso son solo aderezos, no curas. Porque la cura se encuentra únicamente en uno mismo. Ni sé las veces que habré podido mencionárselo. Ya ni las sé. Hoy lo he hecho de nuevo. Y soy dura cuando lo hago. Tremendamente dura, directa y clara, porque el tiempo de compadecer y compadecerse, de consolar, ya pasó. La única cura pues que existe es la aceptación de lo que te haya ocurrido. No hay nada más. Patalear, lamentarse, llorar, desear la infelicidad ajena, etc, etc, etc,… es comprensible y admisible para fases iniciales, pero ya no. Aceptar no es resignarse. Aceptar es decirte que las cosas son como son, subir los hombros y pronunciar que no pasa nada y que no es tan malo. Aceptar conlleva pasar a otro nivel de autoconocimiento, pero sobre todo requiere dejar que todo siga su curso, incluso las personas que -supuestamente- te fallaron, ya que si de verdad dices quererlas o haberlas querido, no querrás que sean infelices eternamente, ¿verdad? Ahí no me quedaría más remedio que decirte que no solo eres mezquino y egoísta, sino que no me creo en absoluto que hayas querido de verdad. Mentira. Eso no es amar.

    Pues planteado el tema de la aceptación de las cosas en la vida, y más allá del ejemplo que acabo de compartir, la pregunta obvia que me hago es por qué nos cuesta tanto asimilar y aceptar las cosas. Evidentemente lo emocional y lo visceral es esencial en ello, pero para variar hoy me voy a centrar únicamente en lo vulgarmente llamado racional, en nuestros procesos mentales. Cada vez que nos estalla un problema serio, que nos enfrentamos a un topetazo de la vida, acudimos a observarlo desde todos los prismas posibles. Como es natural no conseguimos quitárnoslo de la cabeza, hacemos otras cosas a duras penas y prácticamente no podemos dormir. Lo sentimos muy dentro y pensamos en por qué nos ha sucedido eso y en qué haremos a partir de ahora. Pasado y futuro, ¿os dais cuenta? Sentimos hoy de una determinada manera, aquí y ahora, sí. Pero ese sentimiento se agrava, porque lo proyectamos hacia atrás en el tiempo -pasado- y hacia adelante -futuro-: “Antes tenía eso que me gustaba y me hacía feliz; ahora no, luego, soy infeliz”. “Mañana no tendré eso que ayer me llenaba y hoy lamento; luego mañana seré infeliz”. Exactamente así.  Por lo tanto lo que estamos haciendo con ese problema es compararlo con las referencias pasadas que tenemos, con estados pasados, e incluso para tratar de buscar solución lo comparamos con problemas pasados y con soluciones tomadas también en el pasado. Y de esa manera, desvirtuamos la conciencia que deberíamos adquirir de ese problema actual. Lo correcto, lo sano, sería analizar esa experiencia desagradable por ella misma, sin comparación y de la forma más aislada posible. Qué es, en qué consiste, cómo se traduce en mi presente. Y de ahí sacar las conclusiones que necesitemos, calibrarlo en su justa medida y gravedad. Y aceptar. Justo lo que no puede hacer mi amiga. Y no solo eso, sino que si tratamos de no acudir a mecanismos de solución pasados, lo más probable es que hallemos la fórmula adecuada mucho antes y de manera más eficiente. La razón no es otra que ni el problema es el mismo, ni nosotros somos exactamente los mismos. Y sí, ya sé que tiro con ello por la borda el empirismo -aparentemente-, pero atarse al uso de lo conocido nos priva de ver métodos nuevos. 

    No niego en absoluto el infinito valor de la experiencia y del conocimiento. ¡Cómo podría! Vértices de la sabiduría humana se encuentran ahí para emplearlos, para nutrirnos y para crecer con el pasar de los años. Lo que digo es que ser esclavos de lo que sabemos es un enorme error y nos trae tristezas inevitablemente. Nos sugestionamos y anulamos parte de nuestro sentido de la percepción. “Como una vez me pasó esto y me sentí tan mal, ahora que me pasa algo prácticamente idéntico me sentiré igual de mal. O peor, porque ya estoy herido”. ¿Por qué? Tal vez no sea así. Tal vez no sea tan espantoso, ni tan negativo. O tal vez sí, pero tú ahora eres otro y cuentas con una serie de recursos como para, ya con los ojos bien abiertos, solucionarlo de manera mucho más efectiva. No es que seamos bobos. No es que los seres humanos seamos incompetentes. Es que nuestro cerebro es tan sumamente complejo que la única manera que hemos conseguido crear para entender el mundo es un entramado de sistemas de codificación y lenguaje, de números y de lógica que acoten bien acotados los sucesos que nos ocurren. Así nos lo enseñaron. Así se hizo siempre. Así tiene que ser. Y todo lo que se salga de ese enrejado que acote la cuestión nos descoloca, nos desorienta y nos perturba. Simplemente por inesperado. ¡Incautos! Inesperada es la vida. Inesperados los acontecimientos. Somos únicamente pequeños seres que no dominan nada de lo que es realmente la existencia en el Universo. Cada cosa que hagamos afectará al resto, no ya de seres humanos, sino de elementos que nos rodean. Y viceversa. Y así es prácticamente imposible entender A por A y B por B lo que (nos) sucede. Solo nos queda aceptar y dejar que todo ruede de la forma más natural, que además será la más auténtica. Solo nos queda observar y sentir el hoy.




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