NUNCA VENDAS TU ESPADA

Nunca sabré si hice bien o mal en el pasado. Si lo hago en mi presente. Si lo haré en un futuro.
Eso ya lo aprendí.
Y es que con esas cosas jamás se sabe. Siempre se oscila. 
Nunca se está preparada, ni segura, ni conforme. 

¿A qué cosas me refiero? 
A todo aquello que suponga una lucha.
Del tipo que sea, pero de los sangrientas.
A esas en las que elevas la dignidad, el valor y la decision de todo aquello con poder de alzarte a lo más álgido o enterrarte en el fango. 
A todo aquello que suponga irse. Que suponga marcharse. Que suponga quedarse.
Que suponga aceptar. Que suponga rechazar.
Todo aquello que te intraquilice, por poco que sea,
no tiene jamás hoja de ruta.
Que os quede claro. 
Eso es algo que aprendí en el curso de mis viajes.

Nunca sabré, por tanto, nada al respecto. 
Tampoco importa mucho, no creáis.
No a mí, al menos. No a mí, ya.
Porque he llegado a un estado
en el que ya tan solo me guío por un punto esencial.
Y es muy profundo, muy íntimo y muy mío.
A él debo lealtad, fidelidad, explicaciones y respuestas.
A él honestidad, autenticidad, raza y calidad.
A él me debo y por él vivo.
Únicamente ya, a ese punto interior.
Porque nunca se sabe.
Porque siempre se sabe.
Porque siempre sucede.

"Ama mucho y con fuerza, pero jamás vendas tu espada", dicen.
Y estoy de acuerdo.
Habrás de necesitarla tarde o temprano.
Yo conservo la mía. 
Y ya no pienso desprenderme de ella. Jamás.
Eso,... eso también lo he aprendido.








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