PEQUEÑOS ESBOZOS (XVII): INDOLENCIA POSTRAUMÁTICA

     He descubierto una nueva emoción en mí misma. O más bien debería decir una reacción que antes no tenía, ¡ni por asomo!, y que ahora, con el pasar de los años, viene a visitarme cada vez más a menudo. ¿Cómo llamarla?, ¿cómo definirla? Tal vez: indolencia postraumática. Suena fuerte, ¿verdad? A estudio médico. Podría ser también más poética, más literaria y llamarla: la silenciosa calma que sucede a la feroz tormenta.
    Pues veréis. La emoción en sí sé que no me pertenece en absoluto. Pero como ya dije al principio, la experimento con bastantes trazos de novedad. No soy absolutamente virgen en este sentir, pero se podría decir que ahora la vivo de forma más evidente, asentada, más constante y enraizada, más firme. 
    Mil veces pasamos por disgustos varios provocados por un asunto en concreto. Mil veces nos vemos muy afectados por ello, abatidos incluso. Lloramos hasta agotarnos y nos hiere de veras. A mí se me suele ir parte de mi vida, de mi sangre, de mi energía en ello; cuando se trata de algo o alguien vital para mí, me desfondo en absoluta fragilidad. Da pena verme, de verdad que sí, por más que luego me levante regia y digna, y hasta más sabia. Pues bien, ocurre a veces que son tantas las vísceras puestas encima de la mesa, tanto lo que esa cuestión te hirió que llega un momento que te acostumbras. Sí. Te acostumbras negativa y desgraciadamente. Te preparas para el combate. Te previenes ante la sacudida. Te escudas sin saberlo. Y es que tu cuerpo, tu mente y tu corazón han generado una capa protectora que prácticamente te inmuniza. No es como estar ya de vuelta del asunto, ni como estar curada de espanto. No es eso. Tampoco es que te dé igual, ni que no te importe, ni que te resbale por completo. No. Pero involuntariamente algo se ha transformado en ti para no derribarte nunca más. "Que pase lo que haya de pasar. Es lo que hay", te dices. "Que se vaya todo al carajo, si es preciso, que tampoco es para tanto". "A tomar por el mismísimo sitio con todo". Y desdramatizas, porque dejas de mitificar ciertos asuntos para recordarte que la vida es mucho más que eso, y que no merece la pena ni por un segundo herir ni exponerse a ser herido, agotar ni agotarse. Al menos cuando puedes evitarlo.
     Así que sí. Puedo decir que he generado una especie de indolencia postraumática que me inmuniza frente a determinadas cuestiones que me hacen daño, y que se traduce básicamente en decirme que lo que haya de pasar será inevitable y que no deberé dejarme afectar en exceso por ello. Me dolerá, pero después sorda, muda, y quieta. Que sople el viento. Y tras ello, si hay que seguir, seguiremos adelante. Solos o acompañados. Más o menos nutridos por el exterior. Que el que quiera venir que venga. Y el que no, que se quede. Que cada uno es dueño de su vida, como yo lo soy únicamente de la mía. Y ni intención de apropiarme de ninguna otra, ¡vive Dios! Que lo factible alcanzará el éxito, mientras que lo no viable de deshará en su propio jugo. Pero sin dramas. El drama -o no tanto- ya llegará en el día postrero, no jodamos ahora pues la procesión, que estamos hartos de luchar contracorriente.










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