¿EN MI LUGAR O EN EL TUYO?

  Nunca podré pedir a los demás que sean como yo soy, que actúen como yo actúo, que piensen lo que yo pienso, que sientan como yo siento. Jamás podrán pedirme a mí que sea como ellos son, que actúe como ellos actúan, que piense como ellos piensan, que sienta como ellos sienten. Y, ¿a que suena a obviedad?, ¿a sentido común?, ¿a madurez? Claro que suena a todo ello. Es todo ello, de hecho. Y debería ser la fórmula más sencilla de resolver, pues, ¿no es así? Pues no, no lo es. Resulta el logro más difícil de alcanzar y para complicar el asunto la edad puede convertirse en la llave del éxito o en el cerrojazo de tal meta. A mí, al menos, suele costarme un triunfo no esperar una reacción en concreto dibujada en la mente. Creo además que abstraerse a lo que tu cabeza diseña es prácticamente imposible. “Si hago esto, el otro reaccionará de este modo. Si digo aquello otro, me contestarán eso”. Por lo tanto, suelo llevarme jarros de agua fría bastante a menudo, por el hecho de que alguien no responda como yo había pensado. Y en el fondo, muy en el fondo, aunque me duela, sé que me equivoco al esperar unas reacciones que no siempre llegan. 
     Los referentes que tenemos para comportarnos en sociedad somos nosotros mismos. Nuestros modos de pensar y de sentir. Todo lo que suponga salirnos de ahí es pura empatía, pero la de buena, de la complicada. Un decirse: “cada quien es como es y ha de sentirse libre para conducirse como crea pertinente”. La cuestión es que cada uno establece una escala de valores al respecto, unas normas de conducta propias, un listado de cosas que considera reprobables y otro de rasgos que cree imprescindibles. Pero son suyos. Únicos, individuales, propios e intransferibles. El conflicto aparece cuando esto se convierte en un manual de ética que, como decía, con la edad se asienta hasta ser el instrumento para identificar la afinidad o disparidad con alguien. Poco cambiamos y por pocos aros pasamos ya. Nuestro propio concepto del buen hacer y del mal hacer. El bien y el mal. Lo correcto y lo incorrecto. ¿Es un error?, ¿es signo de intolerancia?, ¿es motivo de decepción?, ¿exigencia acaso? He ahí la clave del asunto: distinguir lo que podemos esperar o no, lo que aceptable o inaceptable, lo comprensible o incomprensible. ¡Hala! Ahí lo dejo.





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