CLARIVIDENCIA

By MARÍA GARCÍA BARANDA - febrero 07, 2018




      Que no es ceguera. Ni los sentidos desvirtuados. Ni una piel amorosa que me nuble el sentido, ni diezme mi capacidad de discernimiento. Enamorada estoy, eso lo sabes, pero no de una imagen creada por mi mente, ni de idealizaciones de aire adolescente. Aunque suspire y mucho, y sonría a deshora, es al hombre a quien veo. Y escucha atento, pues esto es tan real como cada baldosa que pisé hasta llegar aquí. Y una es ya perra vieja y sabe del amor un rato largo. Y de los desamores. Y de las relaciones y sus marcas. Y de que todo muta, varía, se transforma. A veces muere y otras muchas renace. Que lo que hoy cautiva, tal vez mañana guste un poco menos. Que la virtud de hoy es defecto mañana. O a la inversa, tal vez. Pero cuento con eso. Y con el día a día, las fases, los problemas. Manías y costumbres. Recelos varios. Pero, ¿y quién no? Bien sabes que yo misma arrastro flecos de algún daño pasado. De los años. Y de algún que otro engaño. ¿Y quién no?, te repito. Pero me gustas humano. Y vivido. Perfectamente imperfecto. Que no estoy ciega, no. Ni mucho menos. Pero qué voy a hacer si me entusiasmas tú, tal cual, tan rara avis. Tan diferente a todo cuanto vi. Tan al revés del mundo y tan sensible a un tiempo en tu aspereza. Supuestamente, porque nunca conmigo. Y ese ten con ten que bien sé que equilibras. Que me gustas así, sí. Quién eres, cómo eres,… tu pensar y tu forma de amarme. Y tus debilidades, que las tienes. Esas también me gustan. Más que eso, diría. Por lo tanto y con eso, no creas que estoy ciega, no. Ni que habré de cansarme algún día. No es de eso que se cansan los amantes. Se cansan de dejar de ser, de dejar de importar, de dejar de llenar. De convertirse en todos invisibles, o quizás en una enorme nada prescindible. Y es ahí donde el don pasa a carga, y la gracia a la molestia, la risa a la estridencia y la broma a fastidio. Es ahí donde los amantes dejan de ser amantes y tornan en contrarios contrariados, salpicados por briznas de rencor acomodadas en las esquinas de cada día. No se cansan sin más, Amor. Agotan sus paciencias cuando creen que comienzan a dar sin recibir bastante. Así que no temas. Que lo que a mí de verdad me mantiene con vida y ardiendo eternamente es que justo ese hombre, exactamente tú, me haga sentir su centro cada día. Y nos alimentemos. Que me siga mirando del modo en que me miras. Que busque estar conmigo. Que me acaricie el pelo y me diga “preciosa”. Que siga junto a mí. Con todas sus virtudes y todos sus defectos. Y con todos los míos. Pero a mi lado. Robando tiempo al tiempo. Y viceversa. Que me completas los tres vértices de ese extraño triángulo. Y cegada de amor no los habría visto. Así que,... que Santa Lucía me la conserve. 





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