ESE PELIGROSO VICIO DE MAGNIFICAR LA VIDA

By MARÍA GARCÍA BARANDA - febrero 20, 2018




   Con el tiempo, muy poco a poco y con bastante falta de conciencia de ello, fui considerando que la vida es cosa bastante menor que lo que cuentan y asunto con bastante más enjundia de lo que pensamos. ¿Contradictorio? No tanto. Veamos,… Desde niños todo cuanto nos rodea está dispuesto de un modo tal, que de forma constante nos van llegando señales de cómo son y de cómo han de ser las cosas. Vemos, oímos, sacamos conclusiones y calibramos. Somos buenísimos en disposición para evaluar, pero no tenemos ni idea de cómo hacerlo con espíritu crítico y juicio personal según nuestro propio pálpito natural; y, por supuesto, no dejándonos llevar por lo que se supone que -no se sabe dónde ni por quién-, hemos de pensar. Señalamos a priori, mucho antes de saber si algo lo es o no, si tal suceso es grave o no, si ha de dolernos o no, irreparable o no, si hemos de salir a la búsqueda incesante de algo o de alguien, o si hemos de frustrarnos de tanto perseguir un sueño que no alcanzamos. Pero franca y reflexivamente me pregunto, ¿es todo ello tal y cómo lo siento?, ¿la totalidad de los acontecimientos de cuanto me ocurre en la vida?, ¿o es que acaso estoy tan predispuesta a ciertas reacciones que ya no distingo lo que de veras me va a provocar un efecto equis de lo que es un espejismo con una importancia que no es tal? De veras que no me he vuelto loca, pero observo cómo abunda la práctica de dar un bombo excesivo a cuestiones que no lo tienen, en detrimento de lo fundamental y en perjuicio de quienes lo padecen. El resultado al final es el de un sufrimiento evitable por cosas que no son para tanto si las asumiésemos como ley de vida o algo inevitable. Y no, no me refiero a la muerte. Ni tampoco a lo que da directamente al corazoncito, que ya se sabe que soy una sentimental y una defensora incondicional de tales asuntos. Esto es cosa aparte.

  Creo verdaderamente -y este es un pensamiento que ni por asomo consideré a edades más tempranas-,  que en ese ejercicio de darle una evaluación a lo que es importante o no para nosotros y para nuestra felicidad tendemos a magnificar todo cuanto queremos, anhelamos, perdemos,.... Mil y mil veces nos emperramos en lograr un tipo de vida en concreto que, de no ser alcanzada nos genera una frustración tal como para desperdiciar por completo de nuestra propia existencia. ¡Fin del juego! Pero señores,… esa, la vida, solo hay una. Y pasa rápida. Y no veo que sea el león tan fiero como lo pintan, porque me voy dando cuenta de que vivimos recorriendo de extremo a extremo en anhelos, de modo que las cosas nos resultan terriblemente atrayentes, terriblemente temibles, terriblemente serias, terriblemente insulsas. Lo más de lo más en cada momento. Y discrepo. Absolutamente. Exijámonos un poco menos en algunos menesteres, pues. Casi nada es para tanto. Casi ningún dolor es tan agudo como se nos cuenta, ni siquiera como creemos sentir. Tampoco ningún logro es la octava maravilla ni su alcance nos hace rozar la felicidad en estado máximo, porque ni siquiera sabemos bien qué es eso de la felicidad en estado máximo. Es una imagen que nos hemos creado en nuestra mente. Una figura idealizada y edulcorada que en nada se parece a la realidad, a mí entender mucho más importante y, ahí sí, magnífica. Y precisamente al respecto de tal magnificencia diré que eso es precisamente lo que confundimos: magnificamos todo. Mucho. Constantemente. Elevamos a quien nos parece ser un individuo excepcional en todo aquello que alcanza, lo mitificamos, y enterramos aquello que no podemos asir. Y exactamente igual hacemos con los pasos que damos en la vida. Nacemos, pasamos nuestra etapa de niños, después de adolescentes,… nos preparamos para la vida adulta y comenzamos, por ejemplo, a estudiar una carrera universitaria. Días y noches en casa, horas y horas de empolle,… y pensamos en ese glorioso momento en el que nos licenciemos, diplomemos, graduemos,… y en cómo lo vamos a celebrar: ¡Por todo lo alto! Pero llega el momento cumbre, el día en el que lo conseguimos y sí, nos alegramos, pero nada más. No suenan trompetas de fondo, ni hay alfombras rojas a nuestro paso. Tampoco amanecemos desde entonces con un halo resplandeciente a nuestro alrededor. Habíamos idealizado el momento, depositando todas nuestras fuerzas en una imagen ficticia. Y del mismo modo ocurre con otras muchas metas que nos marcamos. Familia, relaciones, trabajo,… Engrandecemos. Hiperbolizamos. Magnificamos. 

     Desde lo más profundo, siento que la vida está repleta de sensaciones, momentos y vivencias en efecto magníficas. Repleta de esencia. No quiero decir con lo anterior que paguemos a oro quincalla. Pero tengo el pleno convencimiento de que adulteramos el sabor de lo superfluo, porque así nos lo han vendido y así nos lo creemos, y dejamos pasar de largo lo que de verdad merece la pena.  Algo así como eso de que los árboles muchas veces no nos dejan ver el bosque. Sin duda alguna la frustración, como decía, está asegurada en ese caso, porque iremos tras espejismos y tiraremos por la borda el aquí y el ahora…. Una obligación tengo contraída, por lo tanto, conmigo misma: no castigarme en exceso por aquello que no tiene tanta importancia, sentirme enormemente agradecida por aquello que se siente muy hondo, y no permitir que lo primero me nuble la visión de lo segundo. Al final, como siempre, salvo de la quema tan solo el mundo de los sentimientos y a las personas a quienes queremos. Lo demás está sobrevalorado.




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1 comentarios

  1. La vida es. No es buena ni mala. Es. Y los estados de animo son. Ni buenos ni malos. Son. Y desde luego, hacen perder perspectiva porque embuidos en ellos, nuestra percepcion de las expectativas se ven distorsionadas.
    La clave, es saber que nada es el extremo maximo y que por mas que lo deseemos o lo neguemos la realidad posterior nos dice que no es asi. Viene siendo como la utopia ... Si la persigues jamas la alcanzas, pero si no lo haces un dia te das cuenta que la utopia esta aqui, es tu vida y eres tu mismo. Y acabas por darle el justiprecio a lo cotidiano, a pesar de lo que sea o aunque la vida sea favorable... Eso creo yo

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