DIBUJO INTERIOR

By MARÍA GARCÍA BARANDA - febrero 11, 2018



      
      No hay cosa que más placer y satisfacción me otorgue que completar el dibujo del interior de una persona. No sé si suena a vicio extraño o un gusto un tanto bucólico, pero ese momento en el que de pronto soy capaz de ver su desnudez con completa claridad me resulta tan gratificante como la resolución de un complejo y apasionante acertijo. Y justo en ese instante exacto en el que percibo que he captado sus sentimientos más naturales, más llanos, más honestos, cuando noto que se ha abierto a mí y me está confiando su bien más preciado, ahí me siento una mujer realmente afortunada. Agradecida. Y no soy perfecta, no puedo asegurar ser infalible en todo momento ni ofrecer la recompensa justa a ese gesto, pero mi aprecio en lo que vale hace que me esfuerce en cubrir esa desnudez y protegerla. En mi mente, con mis palabras y tratando de evitar los juicios de valor. No necesito detalles escabrosos, informaciones vacuas, ni confesiones de actos privados. Tampoco recovecos de su vida, a veces tan incómodos. No es eso lo que a mí me interesa de una persona cuando se halla a centímetros de mí y se comparte. Es comprenderla, pero en el corazón. Lo que a mí me importa realmente es saber cómo se siente y verlo sin escudos. Relajado, sin complejos ni enmudecido miedos viejos y ajados. Sin ese maquillaje perfecto que siempre queda bien, ni en medio de un ejercicio para resultarme estupendo. Y comprenderlo,... con todas mis ganas. Solo así se puede. Solo así. Es la persona tierna, débil o engrandecida, si acaso. Y yo la depositaria de ese ser verdadero que a tan pocas personas se muestra. ¿Cuál es su miedo?, ¿y su talón de Aquiles?, ¿y su sueño? ¿Qué lo desvela cada noche?, ¿qué le frena su vida?, ¿qué le hace llorar? Ese es mi regalo en la entrega. Traspasar los ojos de alguien, y saberlo un ser sencillo y transparente. Para mí. Conmigo. Y ser capaz de dibujarlo interiormente con todos mis sentidos. Y hasta llegado el caso, con mis propias palabras.





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