EN LOS MALOS TIEMPOS LA MUJER PAGA DOBLE PEAJE





    Cuando el panorama se pone realmente negro la mujer siempre tiene las de perder. Más que perder. Mucho más que perder. Es algo que percibí siendo casi una niña, y hoy oscilo entre la esperanza, el movimiento en lucha y la aceptación cuasi resignada de este hecho. Ojeando la prensa leía un artículo de Nadia Murad, una superviviente del cautiverio a manos de Estado Islámico en Irak, que hace unos años nos ofreció el lado más amargo que puede vivir una víctima de las atrocidades de una guerra, si además es mujer. Torturada, maltratada,… hasta ahí lo habitual en medio del espanto. Pero con un plus: humillada, vendida y esclavizada sexualmente. Peaje de serie por haber nacido mujer. Admitámoslo, en tiempos de crudeza la mujer paga siempre doble peaje.
      Al leer esto, es muy posible que muchos argumentéis que lo que sucede es que el contexto lo propicia. Que hablamos de integrismo. Que hablamos de guerra. Pero sobre todo que hablamos de una cultura en la que es patente que la mujer está cosificada. Es innegable esto último, porque precisamente es por desgracia el ejemplo sociocultural más sangrante en la lucha contra el machismo. Pero he de decir que, lamentablemente, algo tan atroz ocurre siempre. Siempre ha ocurrido. Y no sé si siempre ocurrirá. Y cuánto me gustaría poder decir que no es así, y que el ser mujer no te hace blanco doblemente apetitoso en momentos de locura y barbarie. Pero ejemplos de contiendas con el mismo saldo tenemos más de los necesarios y permitidme decir que no se salva ni una. Los Balcanes, Golfo Pérsico, Vietnam, Segunda Guerra Mundial,… Y no solo en medio de un conflicto bélico, sino que cada vez una mínima revuelta azota a la calle las violaciones y vejaciones sexuales a las mujeres afloran con una facilidad aterradora. ¿Sentimiento subyacente? 
      Como es natural me pregunto el por qué. Porque es fácilmente comprobable que en tales casos de violencia sexual no preside la causa de vejar al enemigo. Ni siquiera se esconde como razón principal la satisfacción psicopática de destrozarlo como símbolo de triunfo, tal y como sucede en el resto de situaciones en las que se atenta contra los derechos humanos. No destaca, pues, necesariamente el ensañamiento perceptible en torturas o matanzas indiscriminadas de víctimas inocentes. Hay más, hay mucho más. Ese riesgo para la víctima femenina está ahí, se encuentra presente sí, pero sobre ello y de modo mucho más epidérmico se encuentra el riesgo a ser acosada, humillada, maltratada sexualmente y, por supuesto, violarla. El primer pensamiento de un psicópata es ese. Y eso me lleva a no poder olvidarme del instinto y a preguntarme hasta que punto toma protagonismo para controlar la situación y hasta qué punto algún subconsciente masculino es libre de pervertirse en esos casos, por el mero hecho de la ausencia de castigo. Las reflexiones que me nacen son bastante desmoralizadoras y es que concluyo que si en tiempos de paz tales hechos son inconcebibles, eso se debe a que tanto las leyes, las propiamente jurídicas y las morales, como la opinión social lo impiden. El miedo a ser pillados y castigados. Luego, la tendencia a usarnos y a tratarnos peor que a objetos para su servicio, uso y disfrute es algo que está ahí esquinado y de incógnito, y que el número real de la amenaza se esconde tras el velo de esa supuesta paz. Efectivamente el peaje que la mujer paga en los malos tiempos es mucho mayor que el del hombre. Esto es así. Y ya sé que en tales momentos el  ser humano saca siempre su peor cara, pero existe y está ahí, y esa cara siempre lleva a considerarnos ciudadanas de segunda. O aún menos. 
   Me he situado hoy en lo extremo, he contextualizado la vulnerabilidad de la mujer en momentos de caos, pero sabemos bien que no es preciso estar viviendo una guerra para que una mujer viva doblemente en peligro. Situaciones menos drásticas la colocan fácilmente también en el punto de mira. Cada vez que alguien entre la multitud aprovecha para agredirla o cada vez que, ante una desesperada situación de desempleo o de necesidad, pretende aprovechar su vulnerabilidad para someterla psicológica y emocionalmente, hasta incluso conseguirla sexualmente. Si ante el peligro un hombre ha de dormir con un ojo cerrado y el otro abierto, una mujer duerme con los ojos abiertos de par en par, el cuerpo cubierto y la espalda pegada a la pared. 



EPÍLOGO

Pienso en la opinión generada por lo que he escrito entre los lectores masculinos. Y no puedo evitar relacionarlo con esa amenaza velada en tiempos de paz. Sospecho que esos no suscribirían hoy mi artículo.




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