LA BALANZA: ¿PONES EXCUSAS O BUSCAS UN MEDIO?


Erick Oh
 
 
      Nacemos y nos pesan. “Tres kilos y novecientos cincuenta gramos, ¡qué criatura tan hermosa!”, vocifera la matrona. La madre que lo parió asiente complacida y tranquila por ese buen síntoma de lozanía, pero por ser precisamente la que lo parió no se muestra eufórica; le ha salido muy de dentro, hagámonos cargo. Y la criatura en la balanza, instrumento que declara al mundo: sano / insano. A partir de ese momento cada uno de los pasos que damos hasta nuestro minuto final cuentan con un elemento en común: una balanza omnipresente y obligada, que aun con aspecto invisible y presencia virtual está ahí para que nos decantemos, elijamos, decidamos, actuemos. Sí o no. Ahora o nunca. Bueno o malo. Pero sobre todo una alternativa fundamental: activo o pasivo.
    
     El carácter de una persona viene determinado por circunstancias muy variadas que ya sabéis que disfruto destripando: genética, entorno, educación,… Pero hay un rasgo que voy observando despacio y cautelosamente en aquellos con los que me cruzo y que identifico ocupar una posición fundamental. Es precisamente el de optar por implicarse en las cosas o por simplemente verlas pasar. Ser activo o pasivo en la vida, decía. Meterse en harina o volver la cabeza. Mojarse o no. Quizás hoy escribo de esto porque por carambolas varias me he airado bastante últimamente al observar esas actitudes pasivas, inoperantes, equidistantes. Es una práctica que me saca verdaderamente de mis casillas, me enerva, me exaspera, y me puede volver muy beligerante en caso de enfrentamiento o discusión. Me pregunto constantemente: ¿Cómo puede quedarse alguien parado ante determinados acontecimientos que dañan bien su vida personal, bien su entorno social?, ¿no le hierve la sangre acaso? Pues se ve que no.


PASIVIDAD PERSONAL 

   Un individuo equis atraviesa una situación personal poco favorable. Un momento malo, digamos. Lo sufre, lo padece, se queja,… pero no hace nada para salir de ahí verdaderamente. Dibuja en su día a día círculos concéntricos y espirales de las que no se despega. Y se queja. Se queja hoy, mañana, pasado,… Y seguirá quejándose porque no se moja en el asunto, sino que su propio lamento se ha convertido en una excusa para no actuar. “No sé”, “no puedo”, “no soy capaz”, “me duele mucho”, “siempre estaré así”, “es que…”. ¿Por qué unos eligen meterse de lleno en el problema y buscar una solución para salir de ahí, y otros deciden resignarse y no hacer absolutamente nada? Se suele decir que es porque los unos son más fuertes y los otros son seres más débiles, pero permitidme que os diga que creo que tiene mucho más de condición contraria. El primer grupo siente tan profunda la cuchillada, que se resiste a ese daño, a esa mala circunstancia. ¿Aceptarla sin más?, ¡ni hablar! Quiere y necesita que eso acabe, que cambie, sabe de su máxima importancia y tiene asumido que la única oportunidad está en buscar un remedio. Es su sensibilidad la que le provoca un  grito interior tan fuerte que lo lleva a remover cielo y tierra con tal de variar la dirección de las cosas. El segundo grupo se siente dolido, por qué no. Y hay tanto  quienes padecen enormemente, como quienes se quejan de forma algo más rutinaria y algo menos profundamente. No van en busca de un medio que solucione su panorama. Se dicen que la cosa es así y punto. Que les ha tocado, y ya. No mueven un dedo. ¿Tan duro les resulta, pues? Muevo mi cabeza a izquierda y derecha mientras hago pucheros, e internamente me digo que han de permitirme que lo dude. A mi entender, hay algo (o bastante) de afán de protagonismo en esa actitud inactiva y conformista, de necesidad de sentir que todo gira en torno a su persona, bien siendo escuchado, atendido, comprendido y querido, bien creyéndose y diciendo que su mundo está mucho más cargado de matices y gravedades que el del resto. Pero dejan simplemente que las cosas sucedan sin llevar nunca en su vida un golpe de efecto. Ahí está el por qué: importa más la atención recibida que el suceso acontecido.


PASIVIDAD SOCIAL

     Y si la vida personal contrae con uno mismo y con nuestro entorno inmediato todas las deudas anteriores, la vida social lo extiende hasta nuestra responsabilidad con seres anónimos. Naturalmente que ahí el mojarse o no en nuestra sociedad es ya un acto de responsabilidad hacia el resto inherente a vivir en una comunidad. Como no podía ser de otra manera, también me saca de mi centro ver inoperantes, incrédulos, quejicosos, esparciendo a diestra y a siniestra sus malas caras, sus escepticismos y sus malestares. Sin ofrecer una opción de resolución. Sin entrar en las profundidades del asunto. Sin ser verdaderamente críticos ni en absoluto constructivos. Pasividad de la peor clase. Y en mi búsqueda de los porqués llego a dos caminos, a dos tipos de personas que observan el panorama y a sabiendas de su nocividad se quedan ahí, paralizados: el egoísmo y la ignorancia. El egoísmo genera seres que por lo que a mí respecta pienso combatir hasta el último día de mi vida. La ignorancia genera seres a los que tenderé mi mano en la medida de mis posibilidades, con el objetivo esperanzado de que evolucionen.   
      Una sociedad determinada -la nuestra actualmente-, se ve inmersa, pongamos, en tiempos complicados; Hay quien viendo y entendiendo a la perfección el sufrimiento de sus gentes, sigue a su rollo y no se inmuta. Inutilidad social en estado máximo. No se conmueven porque su mundo sigue en orden. No les falta de nada, al contrario. Su microcosmos se encuentra en perfecta armonía: necesidades cubiertas, caprichos disfrutados y hasta lujos degustados. ¿Qué mas da pues, esa injusticia social percibida nada más salir de su casa y al cruzarse con tres personas pidiendo limosna en la calle?, ¡si no es cosa suya! ¿Por qué deberían hacer, saber hacer o tener que hacer algo, si ellos no lo han causado?  Para mí eso es la maldad. Vestida de egoísmo, que disimula un poco más o puede parecer más leve, pero maldad al fin y al cabo. Por lo tanto, esta pasividad de primer tipo, esas excusas de “qué voy a cambiar yo”, “la vida es así”, “el mundo siempre ha funcionado de este modo”, “la vida es injusta”,… son verdaderos manifiestos de crueldad humana que conforman el verdadero cáncer a combatir. Bajo ese manto de ojillos de incapacidad se encuentran un pensamiento y unas actitudes retorcidas que esconden su oscuro deseo de no querer en realidad que nada cambie, pues su microcosmos se desequilibraría. Y además,… ¡qué cansado y qué pereza!
    Por otro lado esas expresiones de  conformismo, esa falta de búsqueda de medios para que todo cambie procede muchas veces personas que no se mueven por falta de empatía, sino que se sienten atados de pies y manos. Suelen sentirse invisibles. Y casi siempre decepcionados. Todos adolecen de un rasgo común: no saben qué se puede hacer y que es posible, y se les ha hecho tragar con una puesta en escena que creen única. Es precisamente ese desconocimiento lo que hay que desmontar ahí, pues ignoran los detalles del entramado del sistema social y, por supuesto, la importancia de su papel individual. No hay tal egoísmo ni maldad en ellos, hay ignorancia de la realidad. Y eso tiene solución. Es más, requiere solución urgente: educar.



      La búsqueda de medios para mejorar nuestras vidas, tanto en la parcela más íntima, como en el grupo del que somos parte pasa por el ingrediente esencial y mágico de la educación. Un ser educado individualmente para ser resolutivo y empático no solo enfrentará lo más íntimo de su existencia con mayor éxito y menor pesadumbre, sino que resultará mejor individuo en sociedad. Dañará menos, aportará más. Una sociedad educada es una sociedad más útil y rica, que le pone las cosas difíciles a quienes van a lo suyo y repartiendo excusas. Y eso es obvio y un mantra repetido desde el principio de los tiempos. El pueblo es educable, somos todos potenciales alumnos para aprender a mejorar nuestro mundo global y particular. Solo hay que ofrecérselo a quien puede y quiere recibirlo. Educación emocional y psicológica, educación social y educación política. Grandes olvidados que parecían no estar hechos para las personas de a pie, esas que, curiosamente, somos todos y cada uno de los entes que componen esta tragicomedia. 








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