QUIERO SER UNA ESCRITORA VALIENTE (III): Mi primera impresión

     
      Cuando lo conocí, cuando lo tuve frente a mí sin obstáculos ni aderezos, las piezas del rompecabezas comenzaron a buscar sus justas coordenadas. Algunas tomaron posiciones rápidamente, encajando con facilidad y eficiencia en el lugar que se había pensado para ellas. Clic. Otras en cambio cayeron al suelo, se alejaron en franca huida pretendiendo una velocidad que las permitiese esfumarse sin mirar atrás. Jamás regresaron. Una vez pasado ese primer momento el retrato había tomado una apariencia distinta a la inicialmente supuesta. Distintos colores, distintos matices e intensidades, pero sobre todo diferente disposición de sus componentes. Algunos de los rasgos presupuestos para él no estaban allí. Otros en cambio apenas percibidos anteriormente tomaban mayor protagonismo de lo intuido en un inicio. Recuerdo que esperaba quizás un poco más de sofisticación, eso a lo que se le llama tener mundo. Esperaba asimismo tal vez una mente algo más progresista, abierta a no dar nada por sentado, pero sobre todo a no anclarse a los estereotipos, a lo constantemente oído repetir por sus mayores, ni a contemplar la propia consideración de las cosas como única por la exclusiva observación de su experiencia personal. Y en tercer lugar, y de modo muy específico, esperaba una total y humilde ausencia de superficialidad en lo que a la observación de quien se halla enfrente se refiere. Estos tres aspectos pueden cambiarlo todo, naturalmente. Hacen que el interior de una persona se transforme hasta no ser reconocido, y de no ser bien medidos, pueden convertir a alguien en el antagonista de la historia.
      Pues bien. En primer lugar allí teníamos esa no sofisticación materializada en sencillez. La sencillez puede ser una virtud cuando no implica, ni se transforma en simpleza, cuando consigue mantener el punto de equilibrio justo. Y para mí es desde luego el antídoto perfecto para un esnobismo que no soporto. Esa gente tan equivocadamente pagada de sí misma y que casi nunca ha hecho méritos para ocupar el puesto que cree que deber ocupar. Sofisticación versus sencillez,… veríamos cómo se equilibraba la balanza con el pasar del tiempo y si lograba ese punto delicioso tan necesario. De momento no era un motivo para rasgarse las vestiduras. Por su lado, la apertura de mente sería la encargada de hacer aparecer ese punto de equilibrio, pero no puedo negar que cada vez que salía la obstinación o la falta de escucha a la luz, mi interior se desesperaba. Es ese un enemigo fuerte, pues poco se puede avanzar y poco puede uno superar aquello de lo que se lamenta, si no se abre a contemplar la vida desde posturas ajenas. Al descubrirle herido por estereotipos envenenados vi que ese dardo tenía dos trayectorias. La primera tomaba dirección hacia mí y en mi perjuicio pues o bien no permitían ver a la persona que yo soy, o bien no permitían reconocérselo a sí mismo ni reconocerlo públicamente. El conflicto estaba servido, puesto que cualquier explicación, conversación, discusión,… se asentaba más sobre las bases de esas ideas ya adquiridas, que sobre la realidad de lo que nos estaba pasando en cada momento y de quiénes éramos él y yo en ese justo instante. La segunda trayectoria del dardo del estereotipo avanzaba contra él mismo, naturalmente. La búsqueda de un estándar fabricado en la propia mente desde tiempos remotos no solo es pura ficción, sino que su toxicidad impide averiguar lo que mente y ojos muestran. Es el obstáculo perfecto para conseguir conocer a las personas en su esencia más pura. Y llegamos al tercer punto de discordancia, el más relevante: superficialidad o profundidad. Existen para mí seres, con perdón, radicalmente descartables de mi círculo de acción, y estos son aquellos en los que vislumbro que son capaces de elaborar un retrato de otra persona a través de rasgos irrelevante y superficiales, poniéndolos al mismo nivel, si no más, de lo que de verdad importa. En efecto, la cosa empeora cuando ese gesto va en detrimento de un conjunto de cualidades excepcionales o poco frecuentes que esa persona posee. Estuvo presente, he de admitirlo. La sensación de haber conocido a alguien que bebía los vientos por obtener y comerse al fin un pedazo de verdadera calidad humana fue fantástica, pero no puedo negar que el gran golpe llegó cuando descubrí en él que para poder apreciar dicha cualidad necesitaba ponerse en lucha interna con sus propios prejuicios y superficialidades. La apreciación y la valoración no le salía de forma natural, o no al menos con la fuerza como para eliminar de su cabeza y de su vocabulario aspectos que más se asocian con la falta de sustancia que con las personas emocionalmente maduras. Y bien sé que es eso para mí motivo de portazo sin remedio para cualquiera, hombre o mujer, que pretenda compartir conmigo medio gramo de intimidad.
      La vida es un cruce de caminos y una encrucijada continua, y de nuevo, ahí me hallaba yo, tratando de poner en la balanza esas impresiones para ver si superaban el peso específico o si tenían fecha de caducidad. Me tomé todo el tiempo, toda la dedicación y toda la paciencia del mundo para averiguarlo. Al fin y al cabo, esos tres aspectos tenían a su alrededor otros muchos que como piezas de rompecabezas habían corrido prestos a ocupar su lugar, superando marcas históricas. Dos de ellos perdieron fuerza enseguida y dejaron de estar bajo mi punto intenso de observación. El primero enseguida, pues esa falta de sofisticación resultó una virtud, más envuelta de dulzura y timidez que de otra cosa, además de irse convirtiendo en actitudes interesantes, toda vez que fue ganado confianza y autoconfianza conmigo. El segundo, el anclaje a las ideas preconcebidas no se esfumó; ni se esfumará nunca, lo sé. Es educacional. Pero es cierto que engorda o adelgaza en función de su estado emocional, y su mejor dieta es la de sentirse tranquilo y feliz. El tercero, esa guerra continua por no ponerle peros a lo que realmente es importante en un ser humano, esa caída en lo anecdótico y en lo vano,… eso no he conseguido medirlo del todo. Se trata pues de alguien fortísimamente atraído por llevar a cabo una vida sumergido en lo auténtico, en lo trascendente, para de repente dar algún que otro bandazo prestando excesiva atención a cuestiones banales. Superficialidad frente a profundidad. Qué porcentaje de cada que hay en él y si lo habré podido identificar de forma precisa o no, es la cuestión de todo. Evidentemente a una conclusión he llegado, eso es obvio. Pero la solución me la guardo para mí, y la cercanía o lejanía entre quién es verdaderamente y mi primera impresión de él, también.



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