SI QUIEN HIZO LA LEY HIZO LA TRAMPA,... ¡ROMPAMOS ESA LEY!

     





       El que hizo la ley hizo la trampa. Como siempre el refranero recoge verdades a kilos, porque donde hay posibilidad de crear nace siempre paralelamente la opción de destruir. A medida que se va creando, se va destruyendo a la espalda. Y es que no podemos olvidar que el ser humano aloja una dualidad eterna de la que es imposible que pueda despegarse, por cuanto se trata de una característica intrínseca: es maravilloso; y es un monstruo. El bien y el mal, la posibilidad de sacar de sí mismo los actos más bondadosos y altruistas, o la más espantosa de las crueldades, es la historia de la eterna pugna de cualquiera de nosotros desde que nace hasta que es enterrado. Muchos son los momentos en los que un individuo equis se enfrenta a circunstancias -externas e internas- que harán que la balanza caiga de un lado o del otro, y con ello elija la honestidad, la honradez y el buen camino, o la falta de integridad y la deslealtad, adentrándose así en el sendero más oscuro y angosto. Por razones más o menos entendibles, más o menos perdonables, más o menos justificables. El combate es perenne. Agotador y perenne. Y poco fructífero en la mayor parte de las ocasiones. Batalla perdida en muchas otras. Y es que antes de combatir con el contrario, con el enemigo, es preciso asumir qué somos, cómo somos, quiénes somos. Y de paso saber que el principal enemigo de todo hombre se encuentra en su interior.

     No pretendo crear un discurso pesimista, sino que mi objetivo es la de crear una visión realista y limpia del asunto, a fin de que sea útil y sacarle todo el provecho posible, y asumiendo que el ser humano es corruptible por naturaleza, fácilmente tentado a tomar el camino más fácil, el menos pedregoso y el más productivo. Y no es un rasgo absolutamente reprochable este, más bien al contrario. Se trata de un indicio de supremacía en el reino animal del que forma parte y una condición obligada para la supervivencia del más apto. Así que, el hecho de que el ser humano trate de andarse listo, o más listo que el vecino, no tendría por qué generar reproche alguno, salvo por el detalle de que de toda la colectividad de especies del mundo natural, es de suponer que la humana se diferencia del resto por su capacidad de raciocinio, que le ha llevado no solo a erigirse en lo más alto de la pirámide, sino a formar sociedades complejas, estructuradas y evolucionadas. Y ahí sí, ahí esa cualidad de ser un ente tremendamente espabilado se convierte en una amenaza para el resto de sus iguales, lo cual es diametralmente opuesto con su rasgo de ser social. Convivir con el resto de iguales en relativa armonía se vuelve una misión imposible si preside la idea de ser el más apto y el más fuerte. Desde luego que sobrevive el más fuerte. Y no solo sobrevive, sino que vive como un sultán a costa de todos los juanes nadie que se lo permitan. Eso ocurre. Es una realidad, no una lectura negativa del asunto y creo sinceramente que hemos de empezar por aceptarla, bebiéndola de un trago y sin hielo. El enemigo está al lado, sí, pero especialmente dentro de cada uno de nosotros. Se trata de conocer nuestra naturaleza, y de actuar en función de esta.

     Toda vez que hemos llevado a cabo el ejercicio de saber de lo que somos capaces, toca ponernos manos a la obra para tratar de vivir sin sobresaltos, agresiones, amenazas y abusos. Y mucho me temo que solo contamos con una arma válida para ello: nuestra propia experiencia, la historia. Sabemos que los periodos de mayores justicia y garantías sociales, los momentos en los que menos nos hemos destruido entre nosotros, llegaron siempre tras un barrido radical del sistema sociopolítico previo de turno. Desde las bases, recomponiendo todo el sistema de leyes, el sistema organizativo, el entramado económico,… Porque si la sociedad evoluciona, si el lenguaje cambia, si las modas se quedan pasadas, y la tecnología envejece de una semana para otra, las leyes, que son nuestros instrumentos para organizarnos y gestionarnos, resultan inservibles con una rapidez vertiginosa y habrían de ser directamente derogables en el momento en el que dejan ver una pequeña fisura de esa trampa urdida por quien firmó esa ley. Por lo tanto, si el sistema hace aguas, ni qué decir tiene que nosotros, pésimos nadadores, nos hundiremos.

     Que yo salga hoy a la calle, pida opinión a cualquier ciudadano sobre la realidad social, política y económica que atravesamos, y regrese a casa sin secarme las lágrimas o limpiarme la rabia se me antoja imposible. Por mucho que un gran número de individuos de a pie se niegue a confesarlo en público  -lo que por cierto tacho de pueril, absurdo y carente de toda inteligencia-, sabemos todos que un cambio radical es extremamente urgente, para poder crear y poner en marcha medidas que frenen las vergonzosas desigualdades sociales, los abusos perpetrados por los poderes económicos y la inevitable connivencia de la clase política. Opinión común, confesa o no, las cosas deben cambiar. Pero existe una extendida creencia basada en un error de cálculo: la historia está condenada a repetirse y esté en el poder quien esté siempre ocurrirá la misma serie de despropósitos. O lo que es traducible al lenguaje cotidiano: “todos son iguales”. Error de cálculo, efectivamente, puesto que no se trata de tumbar a unos individuos específicos, ni a unas formaciones políticas concretas. O no solo, quiero decir, porque en efecto está claro que es preciso arrancarlos de raíz de sus poltronas. Pero ese gesto sería del todo insuficiente, si no se ataja la enfermedad desde el origen. La legislación y el ordenamiento que sustenta el sistema político que tenemos en funcionamiento hoy día en España permite sin demasiado obstáculo que exista corrupción a mansalva. Alimenta la existencia de poderes excesivamente concentrados y con pocas garantías de vigilancia por parte del pueblo. Fomenta además el mutismo o la escasez de medios del quienes podrían impedir dicha concentración de poder o frenar conductas abusivas. Carece de una red legislativa que impida de raíz el tráfico de influencias y los tratos de favor, o de existir, que la aplicación de dichas leyes quede a un albedrío demasiado amplio en las manos de la judicatura. Pero lo más grave es que deja al pueblo atado de pies y manos prácticamente de legislatura en legislatura. Toda vez que han metido su voto en la urna -y mediante una fórmula de irregular y dudosa representación equitativa-, puede decirse que no pintan nada. Sí, existen herramientas para frenar dichas conductas abusivas, pero ¿cuándo se aplican?, ¿quién quiere hacerlo?, ¿quién se atreve? Por muy bonitas que queden escritas sobre el papel de la Carta Magna, si no son fácil y transparentemente aplicables de poco sirven. Necesitamos instrumentos nuevos que se pongan sistemática y casi automáticamente en marcha si quien ostenta el poder engaña o es inoperante. Necesitamos que quienes están al timón, porque nosotros los hemos colocado ahí, estén obligados a darnos todas las explicaciones que queramos, sin posibilidad de escaquearse, falsear o negarse. Y  eso ocurre, ya lo sabemos. Siempre. Nunca mejor dicho: somos los tontos del pueblo. Un sistema de estas características siempre, y repito siempre, dará cabida a la corrupción del individuo, porque el hombre es así. Así que si el ser humano no puede cambiar, si la historia nos ha demostrado que tiende a zozobrar, será preciso apuntalar adecuadamente un sistema que se lo ponga muy difícil y, a poder ser, que se lo impida, si no del todo, casi absolutamente. Hasta que deje de ser válido, eso sí, y haya que cambiarlo de nuevo por otro. No es a fulano, ni a mengano a quienes hay que cambiar, sino que son los cimientos que aguantan la casa en la que están alojados los que hay que dinamitar. Si nosotros nos somos los mismos de hace cuarenta años, si a nosotros ya no nos conoce ni la madre que nos parió, difícilmente podemos organizarnos con los mismos medios de entonces.


Entradas populares de este blog

EL ADULTO ES UN NIÑO ESTROPEADO

DOCENTES NO DECENTES

LA EDUCACIÓN DE UN PAÍS NO ES SINO EL REFLEJO DE LA SOCIEDAD QUE LO HABITA (Primera parte)