QUIERO SER UNA ESCRITORA VALIENTE (I)






Cuando escribes sin miedo a nada, golpeas con todo lo que sientes.
David Galán, Redry, Abrázame esos monstruos.
(*Recomiendo)


         Me lo pregunto. Me lo pregunto, pero sé mi respuesta. ¿He golpeado con todo mi sentir en lo que escribo, con toda mi fuerza interior? Increíble y dudosamente para muchos, eso es seguro, contesto que no. No lo he hecho. Y eso lo juro. Siempre quedó algo en el fondo del vaso. En cada uno de mis textos hay un abierto y carnoso ofrecimiento de mis sentires, de lo que me muerde el cuello o la boca del estómago, según. De lo que me enerva o de lo que me hace caminar a saltitos por la casa mientras entono una canción. De lo que no me deja dormir, por tormento o ensoñación. Lo hay. Y esa sensación de ser capaz y de querer expresarlo,… ¡bahhhh, es absoluta y catárticamente fantástica! ¡Me siento tan  afortunada por ello! Me alimenta y me permite sentir la casi realista sensación de estar dando pequeños y jugosos bocados de realidad y de sueño esperanzado, por igual. No creo que nadie medianamente afín a mí dude de ello. Mucho de mí. Mucha verdad. Mucho de experiencia. Pero no el todo. No todo lo que siento, porque seguramente no he conseguido desprenderme por completo del miedo. ¿Miedo a qué?, ¿a escribir?, ¿a enseñarme?, ¿a no gustar? No. En absoluto. Soy una inconsciente para esas cosas y me importan, además, un bledo. Creo que está claro que a eso no le temo, pero poseo un par de rasgos que me frenan para dar ese golpe de efecto sin dejarme ni un solo matiz. A lo que le temo es a que al ser tan directa y explícita, al dar tantísimo detalle de la temperatura de la sangre que recorre mis venas, deje como consecuencia víctimas por el camino. Ahí sí, en ese instante suelo cometer el error de quien escribe pensando en el lector. No lo hago en ninguna de las demás fases de la creación de un texto, ni cuando es dedicado, aquel parte absolutamente de mi interior. Pero hay pensamientos y sentimientos que si son mostrados con total fidelidad y ajustando el punto exacto de intensidad, calidad y cantidad, pueden resultar arrolladores de ser leídos. Ese es mi temor: herir. Ser escrupulosamente detallista. Ese es pues el miedo que no me deja expresar golpeando con la totalidad de lo que llevo dentro. Cuido y con ello mermo mi expresión, mi contenido y su fuerza. ¿Me equivoco al hacerlo? Seguramente sí. Subestimo a quien me lee en un intento bobo de proteccionismo no solicitado y que al fin y al cabo atenta a la verdad. Y si a eso le añado esa práctica que me han comentado que tengo, pero de la que no soy muy consciente, esa de ser política (o civilmente, no sé) correcta, pues entonces, ¡apaga y vámonos! Me estoy dejando en el plato mi mejor pedazo. El que mejor sabe. El más tierno. Y el mejor cocinado. Sin conservantes, ni colorantes.
    Como segunda pregunta me formulo, ¿podría hacerlo?, ¿podría tratar de reducir ese temor y dar con toda la artillería? Creo que sí, que es cuestión de ponerle consciencia al asunto y tenerlo presente en cada término que escoja. Fuerza de voluntad. Y abstracción del mundo exterior. Me ampara que mi única intención es ser yo misma y que para ello he de emplear cada milímetro de emoción que me recorra el cuerpo. No hay más propósito. El papel y yo, y entre ambos mis sentimientos a quemarropa.

(Primer propósito: “Escribe sin miedo". Y pienso hacerlo)








Entradas populares de este blog

EL ADULTO ES UN NIÑO ESTROPEADO

DOCENTES NO DECENTES

LA EDUCACIÓN DE UN PAÍS NO ES SINO EL REFLEJO DE LA SOCIEDAD QUE LO HABITA (Primera parte)