LLUEVE SOBRE MOJADO

   
     Soy una mujer fuerte, terriblemente fuerte. Pareciera a veces que nada en absoluto es capaz de destruirme. Empujarme, zarandearme, lanzarme a lo lejos, tumbarme al suelo, sumergirme,… tal vez, eso sí. Pero siempre termino poniéndome en pie. Dando la vuelta a mi capa de piel para que no se vean las heridas, maquillándome las ojeras, atusando mi pelo despeinado y caminando con la cabeza alta, la mirada al frente, la melena suelta. Diciéndole a la gente que lo que toca toca, que nada es para tanto, ni para siempre. Ni el peor de los males. Que de todo se aprende. Que la vida son ciclos. Que el error es humano. Y de todo se sale. Fuerte, muy fuerte. Regia, muy regia.

     Y continuaré siéndolo. Esa soy yo. Envuelta en entusiasmo y en ganas la vida, de ser parte de todo, de sentir tan intenso como el último día. Igual que el Ave Fénix, dije una vez a alguien, ese que elige para izarse de nuevo las cenizas del incendio de su propio cuerpo, de su propia alma, de su propio amor,… propio. Sin saber que ese alguien, ese que no se acordará ya del momento, ese que al escucharme asentía orgulloso de mi frase, ese,... sería el encargado de prender la cerilla y de quemarme viva en el proceso. De recordar ya nada. De mirar para sí.

  Soy una mujer fuerte, terriblemente fuerte. Pero hay quien lo confunde y olvida que ese rasgo, en nada se le opone a mi delicadeza, a mostrarse sensible, a sentirse de miel. Yo tan fácil de herir, más cuando he dado todo cuanto tenía en mí. Alguno lo olvidó por propia conveniencia. Y me izaré de pie sobre mí misma. Y seguiré viviendo. Pero en la arremetida se llevaron de mí algo que nunca crece ya de nuevo. La fe en que me protejan, en que no me haga daño quien más quiero y a quien le doy mi todo con mi tono más blanco. En que me quieran bien de principio hasta el fin. Y en que se me respete, en que no se me falte por cubrirse a uno mismo envuelto del capricho de meterme o sacarme de su mente a su antojo. En que no se disipen en la niebla de nadie, en la niebla del ruido de complejos pasados, ni de juegos de niños. Haciéndome invisible, acallando mi voz. Eso se lo llevaron, mi inmensa fe y mi credo. Mi enorme confianza, mi ciega devoción. Y no vendrá de vuelta ya jamás. Nunca. Y a cambio, en su lugar, sobre una herida abierta, y que aún dolía gris. Que aún me duele. Sobre ese hueco antiguo que se jugó a tapar, hundieron la estocada de un modo más cruento, si es que cabe. Y dejaron al tiempo su presente. Decepción absoluta. Y un vacío abismal.

    Mi estampa hoy es la de una mujer en medio de una plaza. De una ciudad cualquiera. Sin nadie alrededor. Tapada hasta los ojos, pero a la vez desnuda. Entrada ya la noche. Sin oírse más ruido que el de mi decepción. Y la calle resbala. Llueve sobre mojado.





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