ESPAÑA ESTÁ MALITA

   



        Mañana de sábado. Café en mano me dispongo a leer la prensa del día. Los nuevos medios digitales nos permiten acceder a las opiniones que a los lectores se les generan a raíz de cada noticia o cada artículo. Por azar doy con el comentario de una lectora llamada Eva1314 que dice así: “Una intervención impecable, pero da igual, se diga lo que se diga, se haga lo que se haga es para nada. No me queda fe, ni esperanza, ni fuerza para creer que algo va a cambiar”. Eva ofrece su sentir respecto a una intervención parlamentaria de esta semana. Pero Eva, con ello, es la viva muestra del sentimiento de, me atrevería a decir, tres cuartas partes de la ciudadanía de nuestro país. Nada se puede reprochar a quien siente de ese modo. No solo es una reacción plenamente justificada y justificable, sino que es lo que por naturaleza era de esperar en cualquier ciudadano español de a pie de hoy día, en este año de 2017. “No me queda fe, ni esperanza, ni fuerza, para creer que algo va a cambiar”, dice Eva.




EL ESTADO DE LA CUESTIÓN

     Para entender por qué estamos tan desinflados y vacíos de esperanza ante el supuesto de que las cosas cambien, es necesario saber exactamente dónde nos encontramos. ¿Qué es lo que pasa?
       España es un país democrático, cuya soberanía nacional reside en el pueblo y que se rige por una monarquía parlamentaria. Lleva desarrollando este sistema más de cuarenta años. A lo largo de este tiempo hemos visto cómo poco a poco iban apareciendo derechos sociales, como el divorcio, la ley del aborto -con restricciones, la legislación respecto a la violencia doméstica,… Económica y políticamente España se integró de lleno en la Unión Europea. Las empresas nacionales comenzaron a proyectarse al exterior, algunas de forma muy potente. Nos cultivamos, aprendimos, accedimos al estudio y a la investigación. El país recorrió en poquísimo tiempo un camino hacia el desarrollo y la modernización que a otros les costó transitar casi un siglo. Por fin teníamos cara, teníamos nombre y teníamos identidad. Pero sobre todo muchas posibilidades de seguir creciendo.
      Pero algo pasó, algo sucede, porque de unos años a esta parte todo parece haberse dado la vuelta. Atravesamos tremendas dificultades. Sociales, políticas y económicas. Salimos a la calle y oímos constantemente la voz del desencanto y la protesta, de la falta de compromiso, de la desgana, si no de la desesperación:

La diferencia entre ricos y pobres cada vez es mayor.
Siempre se enriquecen los mismos.
Los políticos gobiernan para ellos y para lucrarse.
Los políticos se corrompen en el poder y roban.
Los que mandan se arrodillan ante los poderes económicos.
Los bancos y las grandes empresas nos dirigen a todos.
El ciudadano es el único que se aprieta el cinturón.
Los sueldos no llegan para nada, más que para pagar cuentas.
Los trabajos escasean. Los contratos son precarios.
El paro azota a un cuarto de la población.
Las familias han de vivir de las pensiones.
Las pensiones no dan para comer apenas.
La hucha de las pensiones se agota porque se ha empleado para otros menesteres.
La libertad de expresión se pone en tela de juicio.
Los juicios son desiguales para las distintas clases de ciudadanos.
Los ciudadanos de alta consideración no son juzgados de igual forma.
Los juzgados se encuentran colapsados de casos de corrupción.
La corrupción llega ya a todos, incluso a los poderes legales.
Los poderes ya no están separados, puesto que el ejecutivo influye en el judicial, el judicial influye en el ejecutivo y el legislativo depende solo de unos pocos.
Unos pocos se han librado de una crisis que no ha sido tanta crisis y otros muchos piden a gritos que la cosa cambie.
El cambio ya se intentó en varias ocasiones. Y las ocasiones se desperdiciaron.
Y la desesperanza se instala en todos. Y ya no se fía uno ni de su sombra.
Porque todos parecen ser iguales y cumplir el refrán de:
“Dios me ponga donde haya, que de coger ya me encargaré yo”.
No podemos hacer nada porque los que mandan siempre tendrán el dinero en sus manos, las influencias y las herramientas, 
y con ello las de ganar.


      Así que salir a la calle y escuchar las conversaciones de cualquier anónimo supone volver a casa habiendo oído todo lo anterior. Eso es lo que pasa, que la población está resignada a creer que todo seguirá igual, si no peor. Y que esto no hay quien lo arregle.



¿POR QUÉ ESPAÑA ESTÁ MALITA?

     Dice el tango que veinte años no son nada, pero cuarenta tampoco. Esos son los que llevamos de mayoría de edad, pero ¿la alcanzamos bien? Veamos. Un español con los dieciocho cumplidos tiene edad para votar, para elegir a sus representantes y que cada cuatro años gestionen sus asuntos, cuentas incluidas naturalmente. Antes no ocurría, porque tal derecho fue secuestrado por una dictadura. Pero esta termina, el dictador muere y el régimen toca a su fin. Y llega el momento de abordar el cambio. Y ojo, porque asusta. Porque solo de pensar en lo que se originó otros cuarenta años atrás y trajo consigo un régimen fascista, pone los pelos de punta a cualquiera. Así que vamos a ver cómo puede hacerse de la manera más tranquila, porque ya se sabe que a veces se dice eso de de "más vale tener paz que tener razón", por no hablar de que había un mundo de cosas por hacer, de derechos por recuperar, de metas que alcanzar. Y llega el llamado periodo de Transición, ejemplo para el mundo entero por lo pacífica y dialogante. La población ve cómo se va ganando en derechos, cómo se puede hablar, opinar, vivir libremente. Elegir en las urnas. Y elegir en la vida. La clase política ve cómo puede ir poco a poco organizándose y tejiendo un sistema con voz para la mayoría de los representantes de cada tendencia e ideología. Los partidos apartados ahora pueden entrar con mil ideas de mejora. Se les abre la puerta y pasan. Y así, tomando medidas, debatiendo entre ellos, peleando por un puesto, creando leyes, aplicando proyectos, etc, etc, etc,… llegamos al día de hoy. Ejemplarizante. Pero el cuento tiene una segunda versión, que no es tan bonita y que es ahora cuando parece salir a la luz y estallar para salpicarnos a todos, pero principalmente para pedirnos el pago de un carísimo peaje a los ciudadanos. De aquellos polvos vienen estos lodos.
      El primer gobierno formado tras la dictadura se integra por miembros del régimen anterior y a su cabeza se coloca el último presidente de gobierno franquista, ya en plena monarquía. Distintos uniformes, pero mismos entes. Como tal decisión se sabía con fecha de caducidad, llega el momento de la renovación democrática con un presidente y un gobierno, revalidados posteriormente en las urnas, que son los que hoy recordamos como de la Transición. Pero olvidamos algo, que las estructuras son prácticamente las mismas. Y que un gran número de ellos también lo son. Que aunque es cierto que se ponen en marcha leyes para la creación y la regulación de un sistema democrático de participación y de gobierno, los pilares en los que se sustenta el país no caen en absoluto. Al mando de las grandes empresas siguen estando los mismos. Los bancos siguen siendo los mismos. La clase política asiste a la llegada de nuevas caras, eso sí, pero cuando entran en la gran sala esta, aunque con un lavado de faz importante, se asienta sobre las vigas maestras que ya existían. Una buena parte de los representantes políticos, ahora democráticos, son los mismos que formaron parte del anterior gobierno dictatorial. Y los que no lo fueron llegan, sí, con sus nuevas propuestas, pero estas se ven sujetas a adaptarse al sistema ya existente. No se pueden tirar por la borda los tratos económicos que sustentaban al país. Ni los negocios con el exterior. Ni los contratos con las grandes empresas, ni con los bancos. Sería el caos para el país, ¿no? Y así, año tras año, elecciones generales tras elecciones generales, se van cambiando cosas, se va creciendo -ley natural de las civilizaciones humanas-, pero sobre los cimientos del mismo sistema, no lo olvidemos.
       ¿Y cuál es el problema? Pues que dicho sistema se sujeta sobre unas fórmulas de acción diseñadas cuando el poder residía en manos de una clase privilegiada y dominante, fórmulas enfocadas además a preservar dichas prebendas. Los que entonces mandaban tenían bien asumido que estaban por encima de la población, que era su papel y su misión, así como que aquella habría de servir a lo que ellos tuvieran a bien; ellos a cambio velarían por mantener el orden que, a su criterio, señalaban como el adecuado. Ellos decidían y dirigían la orquesta. Para que esto sucediera contaban con una red de alianzas indestructible: los poderes económicos. Y así en manos de unos y otros se concentraban las decisiones del país. Era el gobierno creado por unos pocos y para unos pocos. Esos hilos, por lo tanto, son exactamente los mismos cuarenta años más tarde. Idénticos. Se funciona de igual modo porque seguimos concentrando el poder escandalosa e insanamente, a costa de privarnos a nosotros mismos. Y queda fuera de toda duda que hoy no funciona.
       Vemos, entonces, que estamos empleando el mismo sistema organizativo de antaño, ese que tenía como primera medida el trato directo gobierno-poderes económicos, y no gobierno-población. ¿No hay ninguna diferencia estructural hoy día, por tanto? La hay, hay una, solo una. Que antes no preguntaban y hoy sí. En las urnas me refiero. Pero nos hemos dado cuenta de que eso no resulta tan relevante ni vinculante como debería, porque tampoco esa fórmula es demasiado igualitaria. La forma en que tenemos de elegir a nuestros representantes políticos permite que se les otorgue un poder excesivo, de modo que puedan conseguir mayorías que les permitan hacer de su capa un sayo. Sin consultar al pueblo, sin oír la voz de la calle, sin discutirlo con otras formaciones políticas,… Por otro lado, no se les imponen apenas límites. Si quieren nos dan explicaciones, si no quieren no. Si cumplen o no con su obligación de asistir al Congreso, de intervenir, de rehacer medidas que no funcionan,… no les repercute y tampoco pagan las consecuencias. Solo se llevan nuestras críticas de andar por casa, esto es, no vinculantes. Pueden hacerlo, porque el entramado es ese y lleva en marcha -echad la vista atrás, por favor-, como mínimo todo un siglo. Y por otro lado, quienes apuntalan tal sistema están convencidos de que es lo natural, de que siempre ha sido así y de que va pegado a su cargo y a su estatus. A su labor ciudadana. Por lo tanto ellos cumplen. Cumplen con lo establecido y responden a quienes han de responder para que el  castillo de naipes no se venga abajo. Responden ante los requerimientos de los bancos. Responden ante Europa. Responden a las cifras. Todo eso es cierto, aunque el interior de la casa esté manga por hombro y sangrando. Esa labor la hacen perfectamente. Sin queja. Son excelentes burócratas, pero eso no es política de gestión de un país moderno. Son etiquetas de marca y vitolas.


EL FOCO DE NUESTRO MAL

       Estamos de acuerdo en que el país está enfermo, ¿no es así? Pero el cáncer de la clase política, de la corrupción, de un sistema que no tira y nos machaca en obsceno beneficio de unos pocos es el cáncer secundario. El primario está en otra parte. En nosotros, los de a pie. De veras que sí. Y es comprensible que enfermáramos, aceptable, admisible,… ¡cómo no íbamos a enfermar! ¿Qué sabíamos nosotros de todo ello, si bastante complejo es el día a día, y además nadie nos lo contaba ni nos había permitido pensar? Pero algo sí hemos cambiado y hoy lo vemos. Nuestra enfermedad es que nos hemos creído la milonga de que las cosas son así y no pueden mejorar. Nos hemos resignado, rendido. Les ha salido bien. Y hemos borrado de nuestra mente lo más importante de todo el asunto:

Que la soberanía es nuestra. Que somos muchos más. 
Que son ellos quienes trabajan para nosotros y nosotros somos quienes les pagamos. 
Que están a nuestra merced, si no nos da la gana de que sigan al cargo de nada. 
Y que tenemos mucho más poder que ellos.

¿No os lo creéis, verdad? Eso es porque a quien le conviene que no creamos eso, ha hecho muy bien su trabajo. Pero nada es definitivo, tranquilidad.
 



¿HAY ESPERANZA Y POSIBILIDADES DE SALIR DE ESTE BUCLE?

     Naturalmente que sí la hay, porque cada vez que un ciudadano pronuncia la expresión de que todos son iguales y esto no hay quien lo arregle, le está regalando su continuidad y un aumento de poder al sistema ineficaz, anticuado y corrupto. Cada vez que uno de aquí abajo se resigna y acepta las cosas, pensando que nada puede hacerse, alguien de arriba se carcajea. Quienes gestionan para nutrir sus propios intereses pueden hacerlo únicamente porque se les permite, porque nos cruzamos de brazos y les dejamos hacer. Y si esto ocurre, cada vez que decimos que todo es una vergüenza, pero no actuamos, tiramos balones fuera y nos eximimos de nuestras responsabilidades. La política no son ellos, somos nosotros. Ellos no son más que otros ciudadanos más colocados ahí por el pueblo. Ni son de otra pasta, ni saben más que nadie, ni su sangre es de una textura especial. La política, por lo tanto, debemos hacerla nosotros, uno a uno, y todos juntos. Con nuestra diversidad de pensamientos, sentires, necesidades. Ellos solo son una representación, nuestros delegados para viabilizar los trámites. Y eso se nos ha olvidado. O quizás, en el caso de muchos, no se ha sabido. Pero es nuestra completa y total responsabilidad.
      Lo que hemos vivido a lo largo de estos últimos cuarenta años ha sido un marco preparatorio, una labor placebo, pero la Transición es aquí y ahora, y no lo sabíamos. Es ahora que ya estamos listos. Ahora que sabemos más. Y con ella, la creación de nuevo sistema al que seamos nosotros quienes le pongamos límites, férreos y firmes, bien vigilados y exigidos cada día y sin dormirnos en los laureles. Un sistema esta vez sí que para todos, cuya creación inicial no está en manos de los políticos, sino en las nuestras. Un sistema que corte el paso a las tropelías, a los tratos de favor, a la ausencia de compromiso social. Un sistema que obligue a cumplir cada día en su puesto de trabajo, a rendirnos cuentas y a dar explicaciones de cada decisión tomada. Suena bien, ¿verdad? Pero os preguntaréis cómo. ¿Cómo podemos hacer eso nosotros que no somos nadie?, ¿qué podemos hacer? Tan sencillo como no pasar ya ni una, como no apoyar en las urnas ni a un solo partido político, ni uno solo de sus programas que funcionen bajo esas reglas y que pretendan seguir funcionando así. Ni una sola propuesta que no opte por cambiar las bases: la elección, la gestión, las responsabilidades de cada político. Tan simple como quitarle el poder de las manos y la alta representación en las Cámaras a quienes ocupan escaños y siguen potenciando los tratos a los que nos han tenido acostumbrados hasta ahora. ¡Cómo van a querer un cambio! Tan fructífero como mirar con lupa a quienes, para sorpresa de la historia, son capaces de apoyarse entre sí, con tal de que nadie les saque del juego ni venga a eliminar un sistema que les ha permitido formar parte de esa red corrupta, desigual y abusiva. Dan igual las medidas prometidas en sus programas, dan igual sus propuestas, siglas y colores,… eso ya lo hemos visto. Dan igual, si vislumbramos que no hay intención alguna de modificar el modo de hacer las cosas, que no ofrecen ni el más mínimo indicio de enfrentarse a quienes se alimentan de nosotros, ni de plantarse ante aquellos a los que les rinden cuentas a costa de estrujar al resto. Dan igual, si no ven, afirman, actúan y trabajan para crear un nuevo modo de hacer política. Ni el todos son iguales, ni el así se han hecho siempre las cosas sirven. Ya no. Porque todos son iguales y seguirán siéndolo, si no nos movemos y damos impulso a un cambio de sistema. Porque solo nos cabe crear una forma nueva. Porque eso es cosa nuestra, de los ciudadanos, no consintiendo en masa, no resignándonos en masa, reivindicando en masa y votando en masa. Y porque el que las cosas siempre se hayan hecho así no significa que hayan estado bien hechas. Y eso es algo que por desgracia estamos viendo todos los días. Nos toca una nueva forma de hacer política. Sin pasar una. Sin tragar una.





Entradas populares de este blog

EL ADULTO ES UN NIÑO ESTROPEADO

DOCENTES NO DECENTES

LA EDUCACIÓN DE UN PAÍS NO ES SINO EL REFLEJO DE LA SOCIEDAD QUE LO HABITA (Primera parte)