DÉJAME CONOCERTE




      Si el optimismo que me acompaña acaba teniendo razón, debo de encontrarme aproximadamente en el ecuador de mi vida. Del total de los años vividos, dos tercios han sido de asentado uso de razón, y un medio de vida adulta. A lo largo de todo este tiempo, como es natural e inevitable, me he topado y relacionado con un considerable número de personas, a parte de las cuales he tenido la oportunidad de conocer. La medida en que lo he hecho ha variado en función de mil circunstancias: formas de ser, grados de apertura de cada uno, estado psíquico y emocional en el que nos encontrábamos, factores externos a favor o en contra de dicho vínculo,… Lo de siempre. Y de todos ellos, hoy me pregunto: ¿a cuántos seres he podido conocer realmente en la plena y completa extensión del término? Dejando a un lado a los miembros de mi familia, a mis pedazos de corazón, si me centro en el resto de lo que ha sido o es mi entorno, no creo que pudiese contabilizar mucho más de media docena de personas a las que realmente haya conocido en absoluta profundidad. Rasgos de carácter, reacciones previsibles y gestos que no lo son tanto, sueños, miedos, vulnerabilidades, filias y fobias, necesidades, manías, daños, fallos y virtudes. Esa suma de características que permite compartirse verdaderamente en el día a día, y que dota de cierta seguridad para afrontar, disfrutar o combatir lo que haya de venir. De todo ese regalo, por encima de todos me quedo con uno de doble sentido: la posibilidad de que la persona te permita conocerla hasta el punto de poder valorar, con un escaso margen de error y de duda, si es factible que se comporte de un modo determinado o no, que sienta de una manera concreta o que piense de una forma precisa. Junto a eso, como no podía ser de otro modo, la posibilidad de darte a conocer al otro en la misma medida. Esa es mi experiencia vital elegida entre todas las posibles. Y todo lo que se salga de dicho grado de compleción y satisfacción y que genere duda en mí o en el otro, lo catalogo como no conocer verdaderamente a alguien. Más allá de las posibles y puntuales sorpresas que pueda llevarse alguien. Más allá de variaciones y cambios. 

    Hasta donde me conozco sé que soy un animal social. Incluso cuando estoy sola, conmigo misma, sigo siéndolo, porque dedico ese espacio íntimo a reflexionar bien sobre los demás o bien sobre mí en relación al resto. Por ese motivo, por mi tendencia a observar y medir, valorar y aprender -sobre todo-, del comportamiento de los seres con los que me cruzo, tengo de entre todas mis experiencias vitales a una colocada en el podio y con el número uno. Conocer y permitir que me conozcan. Es una de las experiencias más bellas que puedo experimentar, y de hecho, cuando percibo que alguien se está abriendo a mí sin cortapisas, es tanto lo honrada que me siento, que comienza a nacer en mí un vínculo que tornará en indeleble. Al tiempo un sentimiento de responsabilidad -y no de obligatoriedad- de cuidar y alimentar cuanto en mí deposita, que es mucho si me ha elegido para confiarse. Nada más bello que ir viendo, paso a paso, poco a poco, día a día, cómo es ese ser por dentro, dejando al paso que haga lo propio contigo. 

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