OTOÑO





      Hay otoños que llegan contradiciendo a las leyes del tiempo. Del tiempo atmosférico, quiero decir. Aunque al final acaban toreando al cronológico. El otoño se hizo para la lluvia, para derramar litros y litros salados en los que lamentamos que los momentos de sol espléndido y de luz tardía, que las horas intempestivas correteando por las calles y el calorcito al aire libre llegan a su fin. Se hizo para ir recogiéndose algo más temprano, para ver bosques en su mejor momento, para observar la ciudad en ocre y sepia, para oler a humo de las chimeneas y para sentir el momento en el que, estando destemplado, te echas una prenda de abrigo sobre los hombros y suspiras. Se hizo para cenar frente a la tele viendo una buena peli o tu serie favorita, mirando a gusto el reloj de reojo, y yéndote pronto a dormir porque hay que madrugar. El otoño se hizo para recordar y para hacer planes. Para acurrucarse de nostalgia y echar de menos. Se hizo para hacer balance de cara a una nueva etapa, para planear retos con una taza de café en la mano, para cortarse el pelo y cambiar de aspecto. Se hizo para saltar en los charcos con unas botas recién estrenadas.
       Pero como digo, los hay rebeldes. Pero con causa. Porque el otoño es un ente sabio y no se la dan. Es quien marca el ritmo a todas las estaciones, las pone firmes. Y si un año llega para llevar la contraria, lo hace. Irrumpe con más sol del habitual, con temperaturas propias del final de agosto, con días de robarle tiempo al tiempo, de sentarse en la calle, de pasear sin chaqueta. Llega sin nostalgias y con una buena dosis de risas y miradas nuevas. Llega alegre y contento, con paso seductor, sin agua salada, sino dulce, muy dulce. Llega con belleza y frescura de vida. Con abrazos interminables, de esos de parar las agujas del reloj. Con besos adictivos y retroalimentados. Llega con agradecimiento y buena vibra. Porque si le robaron el verano, el otoño ajusta cuentas a la vida, y decide poner cada cosa en su sitio. Entre hojas caídas, entre viento nordeste, entre el color rojizo y el aún azulado de un cielo al que aún le quedan tardes que regalar. Bellas tardes.


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