LA VIDA ES UN CAPRICHO





     La vida es una sucesión de caprichos. Una cadena de fuerzas momentáneas, inmensas y potentes que de un empujón nos colocan en una posición en concreto. Cada capricho nos lanza hasta el hito siguiente y allí caemos agotados. Agotados y solos. Decepcionados, abatidos, desganados. Tanto entusiasmo para nada. Tanto esfuerzo para un escape de gas rápido y efímero. Caemos. Y allí permanecemos, recuperamos fuerzas, enormes, arrebatadas… y de un salto, comiéndonos el mundo volvemos a impulsarnos hacia la siguiente cumbre. Esa sí. Esa es la reluciente. La buena. El reto. La verdadera. Esa. Hasta alcanzarla. Y después ya no tanto. Toca parón. Stop. Pausa. Caprichos. Yo también lo soy, para otros tantos. Y lo he sido. Eso seguro. 

     Así es. La vida se compone de momentos de euforia y decadencia, al menos hasta que los cuerpos se desgastan de esos picos tan drásticos. No se puede sostener eternamente un viaje tan convulso. Y el alma va arrugándose. Y el corazón se resiente. Y ahí es cuando el ser humano elige tomar una determinación entre dos opciones opuestas. La primera es dejar de vivir de extremo a extremo. Ya no se dejará ir por el entusiasmo ni la alegría máxima. Ni se dejará encandilar por ningún estímulo que lo eleve hasta el disfrute absoluto. Y eso porque sabe que tras eso viene la caída, la falta de aire en los pulmones y la apatía. “Estuvo bien, sí, pero ¿tanto?” Decidirá instalarse en el inmenso y yermo punto medio de vivir lo que gusta, pero no fascina. Lo que desagrada, pero no amarga. Ahí, ya. Sin sobresaltos. Sin saborear en exceso. La otra opción es la de continuar de esquina a esquina, saltando de hito en hito de exaltación y ganas, intercalando, esos estados sin fondo y múltiples precipicios agudos y estriados. Decepcionando el cuerpo de pura irrealidad. Pero siempre con el riesgo de seguir golpeando el corazón. Hasta que no pueda más. Dos opciones. Dos tipos de seres. Los que mueren de viejos en la cama. Y los que mueren al pararse aquel mientras caminan a su próximo todo. De tanta vida y tanta ebullición mal entendida. No una pierna, o el bazo. No. El corazón. Es el corazón quien se detiene en seco de puros sustos. Del paso del entusiasmo cargado de electricidad a la penumbra más lúgubre. De puro gas. De puro capricho. 



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