USUFRUCTUARIOS PERSONALES

     


     Saberse utilizado, rentabilizado, aprovechado. Quien más y quien menos ha padecido esa sensación en alguna ocasión de su vida, dentro de cualquiera de los múltiples contextos en los que puede aparecer. Llego a pensar que dicho sentir comienza a ser visible desde que somos niños y que, por ende, las personas comenzamos a utilizarnos desde nuestra más tierna infancia. Seguramente se trate de un rasgo tan humano como lo es el respirar, tan connatural a nosotros como nuestro propio instinto de supervivencia. Pero lo que sí calculo, y deseo fervientemente no equivocarme, es que su aplicación práctica de forma más o menos inconsciente esté directamente relacionada con la catadura moral de cada uno de nosotros. Espero que no haya fugas al respecto.

    Llevo un tiempo más que considerable dándole vueltas al concepto de la utilización de las personas desde su contexto más cotidiano y mundano. Dejo a un lado ahora sofisticados y elaborados planes de sacar rendimientos materiales de alguien, de trepar a su costa, de vivir como un rey con el dinero del otro o beneficiarse de buenos contactos profesionales. De eso hay ejemplos a patadas con solo abrir un periódico, dirigirse al trabajo cada mañana o mirar al lado en la cola de un banco. Además de que no me motiva nada rascar en dichos porqués. Pero el día a día de cualquiera se compone de decenas de comportamientos impregnados de tal concepto y eso sí me preocupa. Considerablemente además. Y es que si tuviese que extraer de mí mis taras más marcadas, mis miedos más feos, este seguramente se llevaría el premio al ganador. El fantasma de sentirme usada por alguien cercano a mí y desde el plano más íntimo que tal acción se puede llevar a cabo me paraliza. Sé que llevo conmigo una maleta pesada de la que habría de desprenderme. Lo intento. Del mismo modo en el que soy consciente de que ese temor hace estelar aparición en cuanto intimo con alguien, y de manera especialmente marcada si se trata de una relación con un hombre. A partir de ese momento comienzo a experimentar toda clase de miedos relacionados con que esa persona cubra algunas de sus carencias y necesidades, complazca algunos de sus deseos, como si de un servicio a domicilio se tratase y hasta saciarse, para después largarse sin escrúpulos, sin consideración alguna, y sin haberle prestado apenas atención al conjunto de la persona que había al otro lado. No hay que ser muy sagaz para darse cuenta de que quien escribe esto ha pasado por alguna situación así en su vida que la ha marcado el camino. Así como tampoco para notar que en sus relaciones posteriores este espectro ha hecho, injustamente para el otro, su artístico acto de presencia. En efecto así ha sido, hasta el punto de ponerme en guardia a la más mínima pista… ¡falsa! Y podría decir además que me he enfrentado a usos diversos en ese tipo de relaciones: físicos, intelectuales, emocionales… Usos que nunca provinieron de los hombres importantes de mi vida, no de aquellos a los que me unía el verdadero amor, eso sí que es cierto afortunadamente, pero que se han visto afectados por ese temor mío porque alguna vez ha hecho sombra entre nosotros y me han oído echarlo errónea e injustamente en cara. Eso me consta y lo lamento.

     En mi búsqueda de una cura para mi mal, todo lo acontecido me ha llevado a plantearme la diferencia y, especialmente, la peligrosidad de encontrarse en las manos de alguien que se sirve de los favores de otro con quien mantiene una estrecha relación. Y observo un punto que me resulta clave y fundamental para distinguir al prototipo especialmente nocivo. Existen dos tipologías de, llamémoslos, usufructuarios personales. Dos tipos de seres que absorben del otro cuanto necesitan, pueden y les dejan, para marcharse con las alforjas llenas. Por un lado se encuentran aquellos que presentan dicha característica adherida a la piel, como un rasgo más de su personalidad. Son simplemente así. Advenedizos, oportunistas, rémoras, jetas, aprovechados con consciencia de ello, puesto que bien por genética o bien porque han crecido educados así, los angelitos, consideran que es legítimo. Siempre han vivido desarrollando esa conducta deliberada y de elaborado diseño. Hay premeditación. Hay voluntariedad. Y hay en su mente justificación, bajo la idea de que es natural sacarle rendimiento a las cosas y a las personas, porque al final todos buscamos el propio beneficio. Estos seres duermen anchos, desde luego, y practican lo que podríamos llamar la utilización consciente. Obviamente no gozan de mi simpatía, pero al menos se les ve venir y no son los que más me preocupan. El segundo tipo sí. Ese es el que me aterra. Y es el usufructuario inconsciente. No planea, no se reconoce a sí mismo como un ser que utilice a nadie, sino que simplemente se engancha a quien está a su lado para vivir intensamente aquello que le pide el cuerpo. O el alma. A saber. En el preciso instante en el que se está sirviendo de las bondades y cualidades de quien está a su lado, llega a sentirse embelesado por él. Se cree el cuento. Se piensa y siente entusiasmado y con un hambre voraz de ese corazón, de esa mente o de ese cuerpo. Va a por más como una droga y se vuelve un verdadero adicto. Hasta que un día se dice: lleno, no puedo más. Y fin. Se acabó. La fuente de alimento no interesa y va a por otra en cuanto vuelve a sentir necesidad de autoabastecerse. De muchísima mayor peligrosidad que el primer tipo, estos no resultan tan identificables en un principio o al menos no hasta que la mordida comienza a escocer, así como nunca destaparán sus intenciones de manera directa, precisamente porque no hay consciente intencionalidad en sus actos. Hay capricho, egoísmo, rasgos infantiles,… pero no un elaborado plan para sacarte la sangre de dos succiones, así que no les busques colmillos porque no los llevan a la vista.

    Visto lo anterior espero afrontar estas experiencias con los ojos bien abiertos, así como que los dioses, el cosmos, el karma, ¡o mi propio sentido común! me libren de estos seres. De ambos, pero especialmente de los segundos. Y ya puestos a pedir, que me dé cordura para no salpicar injustamente a quien no lo merezca y simplemente esté a mi lado porque sí. Por mi yo completo. 

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