SOMOS LO QUE TRANSMITIMOS. Y TRANSMITIMOS LO QUE PENSAMOS





     Somos lo que transmitimos. Y transmitimos lo que pensamos. Y no, no voy a hablar de las bondades de El Secreto, de ni de la popular Ley de la atracción, ni de principios de filosofía orientales. O no al menos desde esa perspectiva de manual de autoayuda revelador, leído a la luz de una vela, al aroma de un incienso y con una copa de vino en la mano. Todo ello puede resultar atractivo y fantástico, sí, y su base es eminentemente humanística, también. Espiritualmente humanística. Pero lo que pretendo ahora es bajar del pedestal tales enseñanzas y normalizarlas a fin de que su uso cotidiano nos ayude a interiorizarlas y sacarles partido de verdad. Al final, solo las que se visten de andar por casa son las ideas que verdaderamente absorbemos, por naturales. Pues bien, repito: somos lo que transmitimos y transmitimos lo que pensamos.

      Me paro un momento y pienso en mis relaciones cotidianas. Las observo. Distingo perfectamente las que forman parte de mí, sin pensarlas, sino como una extensión de mi ser y sin posibilidad de inexistencia salvo sujeta a la mía propia. Por ejemplo, con  mi madre. Percibo las que fluyen solas, sin consciencia de generarme trabajo ni esfuerzo, más allá de la dedicación que conlleva ese dar y recibir humano de cualquier vínculo afectivo bien entendido. Por ejemplo, con los amigos con mayúsculas. Y en tercer lugar identifico todas las demás. El grupo es amplio, tremendamente amplio y muy variado. Amigos menos estrechos, conocidos, colegas de profesión, compañeros cercanos, todas las categorías y grados posibles de vínculos sentimentales o románticos, y de atracción sexual,...  Todos los elementos de este grupo comparten un común denominador: generan pensamiento activo constante y conllevan trabajo. Son relaciones humanas en las que soy consciente, de manera casi permanente, de las características de esa relación, de mi interacción con el otro, de los efectos mediatos e inmediatos de mis palabras y actos, de la repercusión de todo lo que soy. Y aquí es donde presto una absoluta atención a la impresión que genero. ¿Por qué?, ¿me ocupa en exceso acaso esa tendencia? Sí y no. Sí, y es una inclinación a limar y solucionar. Y no, porque existen unas causas razonables más allá a esa supuesta debilidad mía. La impresión que genero en los demás no es otra cosa que el reflejo de lo que está pasando por mi mente en ese momento o etapa de mi vida. Me refiero con ello al pensamiento sobre mí misma. Y más allá de lo transparente o expresiva que yo soy, me he dado cuenta en varios ejemplos prácticos recientes de que la impresión que sobre mí se creaba en quien tenía enfrente era muy similar a la que yo imaginaba que podría crearse. Estaba predispuesta a ello, porque yo misma había insertado en mi cabecita ciertos pensamientos al respecto. “Esto gusta”, “esto no gusta”, “esto atrae”, “esto no tanto”. Mis palabras, mis movimientos, mis reacciones y hasta las expresiones de mi cara ofrecían una calidez o frialdad perfectamente conformes con mi nivel de seguridad o inseguridad en mí misma. No ya únicamente por los efectos provocados en mí por el otro -que también, naturalmente, pero ese es otro asunto-, sino por mis pensamientos del efecto que yo provocaré en esa persona. Lo he observado y me he observado minuciosamente en diferentes contextos, más o menos rigurosos, y en todos y cada uno de ellos, mi seguridad jugó un papel importantísimo. ¿Definitivo?, ¿a una sola carta y de presentación? Eso ya depende del caso.

       Mi ejemplo, mi caso, no es en absoluto excepcional. Justo al contrario. Pero cada vez estoy siendo más consciente de la importancia de generar pensamientos positivos, en cualquier ámbito, pero especialmente sobre uno mismo. Desde luego se está convirtiendo en mi principal objetivo interno actualmente. No tengo ningún otro de mayor enjundia que ese, ni creo que lo haya por lo que a mi desarrollo estrictamente individual se refiere. Reconvertir o reequilibrar la balanza se mi buena y de mi mala cara. Desde luego, me consta que centrarnos en nuestros propios defectos hace que los destaquemos, los agrandemos, y hasta se los metamos por los ojos a los demás. Una manera callada de practicar el “antes de que me lo digas tú, ya me lo critico yo en voz alta y así duele menos”. La cuestión es que posiblemente ni la otra persona lo vea como tú o incluso ni hubiera reparado en ello de no haberte tú encargado de remarcarlo. Quizás no exista. Quizás es una frivolidad y quien te observa sea más profundo. O quizás a otro no le importe eso que a ti te obsesiona tanto como defecto. A saber. Por lo tanto no se trata de poner en marcha ninguna energía extraña e intangible que transforme los pensamientos del otro sobre ti, a través de los tuyos. ¡En absoluto! Es algo mucho más terrenal que eso. Es que según lo confiado que estés o no en y de ti hace que tu actitud cambie. Ni hablas ni te mueves igual. Así de simple. Y es que tu autosugestión hace que te tenses, que midas, que no muestres todo de ti por si no agrada, que no te relajes. Indiscutiblemente gustas menos. Y sin lugar a dudas esa persona no está aprovechando ni un cincuenta por ciento de lo que hay en ti. Y tú amargándote además. La conclusión es clara: no hay negocio. Así no. Y es que trata de generar un pensamiento positivo sobre ti y verás cómo lo transmites, y se convierte en lo que eres. Para ti y para el resto. No falla, cuando no te preocupas en gustar es cuando más gustas. Y el ejercicio está más a mano de lo que parece, porque excepto en casos de ineptitud absoluta emocional, todos somos conscientes de lo bueno y malo que tenemos. Así que probemos esto: por cada pensamiento negativo que nos venga sobre nosotros, hemos de generar uno positivo de modo inmediato. "¡Qué mal me sale esto!", pues, "¡qué buena soy en esto otro!" O "seguro que esto no le gusta de mí", pues "fijo que eso otro le encanta de mí", por ejemplo. Y así sucesiva, obligatoria y medicinalmente. Sin excusas. Porque el objetivo no es hacer a toda costa que el resto se cautive contigo, sino que te cautives tú, por dentro, para ti y contigo. Y a partir de ahí,... todos más felices. 





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