DÓNDE




No se puede regresar a dónde ya no hay nada. No se vuelve a un dónde inexistente, evaporado. Ya no está. No hay espacio, no hay lugar, no hay sitio. Quizás lo hubo, claro, pero desapareció con el paso de las noches eternas y la erosión de los acontecimientos. El decorado se fue deshaciendo centímetro a centímetro hasta quedar de él solo las ruinas, esas que terminaron llevándose un par de inviernos fríos de agua demasiado salada y viento de locura. Primero alguna piedra. Después escombros. Luego solo cenizas. Tras ello,… nada. Sin hueco, sin hogar. Y no se vuelve donde no hay hogar, no. No se viaja de nuevo a la nada. Porque para volver hay tener a dónde. 

Tan solo se regresa donde aún quedan cimientos, vigas maestras que sostienen el porqué de las cosas. El porqué de esas vidas y de los sentimientos. Cuando ese dónde existe, ubicado en un mapa imaginario o arraigado, más bien, en el fondo del alma. Profundo. Anclado con los pies hasta el mismísimo estómago. Ahí queda un espacio, un todo geográfico, ubicable… Existe pues. Luego, ahí sí. Sí se puede volver. Hay escenario, queda argumento y vestuario al uso. Hay que delimitarlo, seguramente rehacer el texto, readaptar los tiempos y sacudir el polvo que cayó como un manto opaco y gris sobre los personajes. Y si ofrece emoción, entonces sí, aún late. Si existe un dónde al que se puede regresar. Mientras sea habitable, mientras suponga hogar y dejar de ser nómadas sin rumbo. 


Es cosa obvia. Tan solo con mirar a quienes corresponda, yo sabría decirlo sin miedo a equivocarme. 




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