EL AMOR NO SE CREA NI SE DESTRUYE, SE TRANSFORMA

By MARÍA GARCÍA BARANDA - mayo 27, 2018



    Cuando era jovencita, muy jovencita, tenía una concepción del amor tan inocente y edulcorada que constituía para mí todo un mundo en sí mismo, plagado de tópicos y de imágenes idílicas indisolubles al sentimiento amatorio. Amar resultaba arrebatado, abnegado, sacrificado. Por amor estaba una dispuesta a regalarse, a destruirse incluso si eso fuera preciso y el otro necesitara un gesto exaltado. El amor movía el mundo a velocidad de vértigo y todo cuanto formaba parte de una vida humana. Pero lo movía en sentido opuesto a las agujas del reloj. Yo no sé por qué extraña razón el amor era, en mi mente, complejo por naturaleza y traía bien amarrado del dedo meñique un hato de quebraderos de cabeza y de lágrimas estipuladas por contrato. Así, una se enamoraba y sabía de antemano que habría de luchar a corazón abierto, como se luchaba en el campo de batalla de las guerras de antaño y a sabiendas de que al final habría heridos,… y hasta muertos. Nacía y moría, de una muerte lenta y dolorosa, como duelen los huesos cuando uno está a punto de expirar, dicen. 

     Con tal panorama el desastre ya estaba servido. Era posible enamorarse de quien apenas sabía que existías, de quien compartía contigo un par de ratos y cuatro frases mal puestas, de quien te trataba a baquetazos o, por supuesto, de quien no te correspondía. Porque el amor, esa fuerza imparable doblegaba voluntades, se asentaba en el deseo soñado del “ya cambiarán las cosas”, del “ya me querrá” y del “y vendrá a por mí cuando menos lo espere”. Y en la espera y esforzada gesta, mientras -esto es, todo el tiempo-, una de las partes daba sin recibir y suspiraba por una imagen inexistente creada en su mente y coloreada por sus deseos más fervientes, en lugar de por un ser de carne y hueso con un aquí y un ahora tangibles. Me pregunto a menudo, mucho además, de dónde leches procede tal idea de que eso es amor. Naturalmente mi mente acude de inmediato a la literatura, al cine, al ornato rosado que nos rodea,… y está por todas partes. Pero precisamente por eso, ¿por qué se comenzó a dar esa imagen precocinada y tóxica del amor? La historia tendría mucho que decir al respecto, como siempre. Y la necesidad de vender el amor como sacrificio y generosa entrega como medio de formar familias bien asentadas. Pero aquí seguimos, unos ochocientos años más tarde con la misma copla. Haciéndonos mayores en un ambiente que embadurna de empalagosa crema la idea, llegando a la adolescencia y empezando a suspirar porque no nos quieren. Y a partir de ahí,… sin parar. Y lo que sí alcanzo a entender y admito como inevitable es que, al fin y a la postre, todos buscamos que nos quieran. Que nos quieran mucho. Que nos quieran bien. Que nos quieran largo. Y, acostumbrados como estamos al conformismo, metemos en el saco algo que nunca habría de meterse allí: el amor. 

    En asuntos de amor no hay conformismo. De ningún tipo y en ningún supuesto. Y cuando esto se interioriza, justo entonces, es que el amor se ha transformado al fin en el interior de uno mismo. Se ha entendido su concepto y se ha aprendido a llamar a las cosas por su nombre. A no llamar Amor a los caprichos y ser exigente con lo que se da y se recibe, aplicando así las reglas de juego. 
Regla número uno: Uno no se conforma con lo que habrá de venir, con lo que nos quieran dar -menos aún siendo miguitas-, con idas y venidas, con tormentos internos, o con dudas. Si eso sucede, eso no es amor. O no debería serlo, por lo que hay que retirarse de inmediato y sin pérdidas de tiempo, por el bien de ambos. Tú quieres, pero a ti no te quieren. Sencillo. 
Regla número dos: Uno no ama a alguien por este u otro rasgo, aunque el resto…. Eso es como ir a un restaurante, pedir un plato de carne y apartar las verduras. Y no me refiero a que existan cosas del otro que no gusten tanto, no, eso es natural. Sino a que eso es querer enamorarse a toda costa, y en el obstinado empeño uno se autoconvence de que esa persona tal vez encaje… en parte(s). “Me gusta por su interior”, “me gusta por su físico”, “me gusta por su cerebro”,…. (No sé por qué me vine ahora a la cabeza el doctor Frankenstein). 
Regla número tres: Si no es correspondido, si no se juega al mismo juego, si no hay baile al mismo son, no es amor. Ya lo siento. Es un quiero y no puedo del que escuece. Es un suspirar por mejorar las cosas y un anhelar que el amor llegue. Es un amar por dos, de resistencia perecedera e insostenible a largo plazo. Por agotamiento y por falta de oxígeno. 
Regla número cuatro y última: El amor no se mide, no se calibra, no se compara. No se explica, ni se justifica. Se siente y punto. En las duras y en las maduras. En los momentos eufóricos y en los menos exaltados. Y no se disecciona. Acaso se suspira y se sonríe, por dentro y por fuera. Se comparte intensamente de igual a igual, le da la mano al otro y… ¡se vive! Mucho. Bien. Y largo.

Aunque haya por el mundo quien nunca entienda esto...



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