PEQUEÑOS ESBOZOS: Sin viajar al pasado

By MARÍA GARCÍA BARANDA - mayo 27, 2018

    


       Leo: “Dicen que uno siempre volvería al lugar donde fue feliz, ¿a dónde volverías tú?” Respondo: “A ningún sitio. Absoluta y tajantemente a ningún lugar pasado”. Bajo ningún concepto. Es un sentimiento que tengo arraigado con profundidad y firmeza desde…, creo que desde siempre. Y salvo por el hecho de que quisiera poder refugiarme de nuevo en los brazos de mi padre, no existe ninguno de mis momentos de vida que quisiera repetir. Ni volver a reír por las mismas gansadas que ya me hicieron gracia. Ni suspirar pletórica por aquellos instantes de felicidad. Y ni loca volver a llorar por aquello que se me llevó una parte de mí. ¡Vade  retro! Para mí el pasado es un rico, jugoso y nutrido tesoro de vivencias y emociones de las que aprendí todo cuanto pude y más. Es sangre pura que emanó caliente a borbotones. Es verdad sin adulterar. Y es pasado. Y hubo tanto de mí en cada uno de mis días que… ¿para qué iba a necesitar revivirlos? Ya lo exprimí hasta el máximo, ya le saqué la piel y le chupé la carne hasta los huesos. Pero, ¿quedarme allí?, ¿o volver de visita? No le encuentro el sentido.  Tal vez el quid se encuentre precisamente en eso, en que vivo con fuerza mientras todos me dejen continuar haciéndolo. Que no juego a la vida, que la protagonizo en primera persona. Y siempre, siempre, siempre, proyecto hacia el futuro sin olvidar que cuenta, por encima de todo, lo que vivo en presente. Y construyo. El pasado está bien para saber quién eres, cómo has llegado aquí, en qué te has convertido y de dónde procedes. Y con eso, adelante. ¿Pero volver atrás? Nunca. Jamás. Ni muerta. ¡Calla, calla, por Dios! Tampoco cuando muera. 

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