ROMPIENDO CADENAS

By MARÍA GARCÍA BARANDA - mayo 07, 2018



     Cada vez que rompes una cadena logras una victoria de dimensión inabarcable. Es una batalla ganada al tiempo y a ti mismo. Cada requerimiento externamente impuesto no cumplido, cada expresión sin sentido apenas escuchada, cada reacción de respuesta infundada no apreciada,…son pasos hacia adelante dados con botas de siete leguas. 

    Rompes una cadena cuando ya no te entregas abnegadamente a nada que provenga de una boca extraña y no íntima, cuando consigues que quien no cuenta no tenga voz. Cuando vas a contrapié y aun así te sientes enormemente lleno porque te sabes apreciablemente excepcional. (Lo eres). Cuando, salvo que tú lo elijas por razones de verdadera enjundia, no te sometes a nada que no te brote de unas ganas reales de hacer o sentir algo. Cuando tu tiempo es oro y tu compañía se vende cara. Cuando te pones la bandera de tus propios principios y no te cortas ni media al tumbar lo obsceno. Rompes una cadena cuando te vuelves crítico para volver a apreciar el sabor de lo sencillo y mandar al carajo las sofisticaciones vacuas. Cuando dejas de repetir ese discurso que se oye por la calle, en la televisión o en los periódicos y consigues formularte uno propio basado en lo que llevas ya vivido. Cuando logras que tu plenitud no dependa de la complacencia a quien no se debe. 


     Rompes una cadena cuando amas profundísimamente a sabiendas de que es un raro y nada común regalo. Cuando eres tan libre para elegir, que tu propia, inmensa libertad es la que te ha llevado a donde estás, a entregar tu corazón y a que esa sensación te entusiasme cada día. Cuando al mirar al otro sabes que te tiene en sus manos y sin embargo sin atadura alguna, salvo el propio amor. Cuando no albergas ni la más diminuta duda de que al mirarlo ves al fin ese todo y completo que nunca imaginaste alcanzar, tan de igual a igual, tan “para mí”.

   Rompes una cadena cuando borras los juicios; los extraños, pero aun más los propios. Cuando miras tu imagen de hace años y aprecias que has cambiado sin olvidar cómo ocurrió, ni cuándo, ni porqué. Cuando te gustas más. La rompes cuando logras que tu plenitud no dependa de la complacencia a quien no se debe. Cuando a pesar de que el mundo se derrumbe ahí afuera, sabes que estás viviendo, y que es de veras.

   

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