DECIRSE LA VERDAD NO ES COSA FÁCIL



Decirse la verdad a uno mismo es inmensamente más difícil que decírsela al resto. Y mirad que hay quien miente más que habla, y a quien se le hace la lengua trapo antes de atreverse a dejar salir una verdad y no sin antes haber sido casi coaccionado y casi siempre verse descubierto. Sea como sea, nos encontremos ante alguien sincero o ante alguien menos transparente, decirse las verdades ante el espejo es un ejercicio costoso desde el inicio. Me viene este tema porque siempre he mantenido, lo sabéis bien, que el principio mayúsculo de la madurez emocional radica en ser fiel a uno mismo. En no venderse por complacer o por cobardía. Ni por miedo. Ni por comodidad. Sernos fieles por encima de todas las cosas y con ello siempre acudo a: modo de vida, sentimientos, proyectos, cotidianidad,… Y para ello hay que comenzar la casa por los cimientos: saber qué queremos y cómo queremos vivir. Se dice que para ello es preciso darse cuenta, verlo y aceptarlo, e incluso reconocérselo a uno mismo, pero cada vez estoy más convencida de que todos sabemos en el fondo qué es lo que queremos, cuál es la vida que nos hace felices y cuál es la que nos apaga e hipoteca nuestro lado más auténtico. Lo sabemos. A veces nos lo decimos en bajito, muy bajito, tanto que casi no nos oímos a nosotros mismos. Otras nos distraemos con interferencias de esas que ya he nombrado anteriormente: miedo a movernos del sitio,  miedo a lo desconocido, miedo a quedarnos solos ante el peligro, comodidades varias,…etc, etc, etc,… Y en la mayor parte de las ocasiones la brecha está en no verbalizarlo al exterior y en no tomar decisiones que pudieran cambiar la vida que hemos conocido desde tiempos inmemoriales. Pero no somos tontos, no. Sabemos de sobra lo que queremos o al menos, si no sabemos definirlo con exactitud, todos conocemos al milímetro qué es aquello que ni por la muerte atravesaríamos. Qué no queremos. Qué detestamos. Qué nos destruye. Qué no repetiríamos.

Decirse la verdad a uno mismo es doloroso. Casi siempre pasa por reconocer defectos que nos hacen como mínimo sentirnos decepcionados con nosotros, seguido de señalarnos culpables con el entorno e incluso llegar a machacarnos. Decirnos la verdad a nosotros mismos suele llegar en un momento que supondrá un punto de inflexión en nuestras vidas. Se avecinan vientos de cambio, ni a peor ni a mejor necesariamente, pues ese paso es posterior. Simplemente tiempos distintos en los que entraremos al mirarnos al espejo y reunir la valentía de analizar correctamente lo que allí vemos, lo que nos ha ocurrido, lo que nos hace felices y lo que no. Lo que marcha bien y lo que no. Lo que nos asfixia y lo que nos hace más libres. Lo que saca una mejor versión de nosotros mismos y lo que nos marchita. Doloroso decía, ¿no? Así lo creo, porque no hay quien huya de unas cuantas bofetadas autoprofesadas: asumir los fallos del día a día; reconocer nuestras negligencias tanto por haber sido inoperantes, como por haber consentido del resto lo que no debíamos; admitir incompatibilidades con otras personas; aceptar que hemos llevado a cabo comportamientos mezquinos por motivos estúpidos como el orgullo, falso sentimiento de inferioridad, la rabia…; comernos las traiciones sin ayuda de agua; identificar la desgana que nos hizo no hacer nada cuando sabíamos que debíamos; la ceguera voluntaria por no querer ver el daño recibido o el daño infringido; admitir fracasos en nuestros proyectos;… Seguiría la lista, pero lo que tengo claro es que decirse a uno mismo la verdad pasa por estos tragos. Y no creo que al final, una vez hecho, sea para tanto. De veras que no. Como tampoco que sea nada misterioso ni especialmente plausible, sino algo que llega en un momento de la vida en el que ya no te casas ni con el lucero del alba. Sabes que con suerte te quedará la mitad de tu existencia por delante y que a estas alturas o vives como quieres o nunca más tendrás la oportunidad de hacerlo. Te habrás vendido. Decirse la verdad, ser leal con nuestro interior es ser consecuente con lo que ya sabemos, aunque a veces lo maquillemos de color de rosa y lo iluminemos de preciosos destellos. Yo sé, tú sabes, él sabe, nosotros sabemos,… Solo nos queda despejar el horizonte. Y ser valientes.



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