LA INTUICIÓN Y LA AUTOLEALTAD BAILAN JUNTAS


El poder de la intuición. ¡Aquí estamos de nuevo con él…! Tiene este para mí un peso específico determinante en nuestras acciones diarias y en nuestra toma de decisiones. Todos contamos con un componente intuitivo básico. Unos consiguen desarrollarlo casi  al máximo, le prestan atención y le dan la consideración oportuna. Otros, en cambio, apenas lo perciben y de hacerlo no lo escuchan, identificándolo con un elemento meramente emocional y alejado de deducciones procedentes del intelecto.

Tomar una decisión, analizar una problemática, confiar en una persona, abandonar un trabajo por otro, mudarse de país,… mil ejemplos en los que de inicio hay un pálpito intuitivo que nos marca el camino. Y voy más allá, podemos ver incluso qué pasará y si al final del proceso nos espera el éxito o el fracaso. No se trata de tener dotes adivinatorias, sino de emplear el sentido común. Solemos tener frente a nosotros -si no en todas, por supuesto, en muchas ocasiones-, las pistas necesarias para saber cómo habrá de resultar algo o alguien. En función del grado de observación y análisis que poseamos, podremos llegar a una conclusión más o menos acertada. Ahora bien, jamás tendremos la certeza absoluta de que esa intuición nos revele un diagnóstico ajustado, porque no podremos apoyarla en pruebas fehacientes en la mayor parte de las ocasiones. Por un lado porque el futuro no ha llegado y por el otro porque tenemos la capacidad de elección para ir escogiendo qué hacer. Cabe señalar también que la intuición tiene un punto a combatir y es que solemos asociarla con nuestro lado emocional y bien sabemos que tendemos a desconfiar de las decisiones no tomadas con el raciocinio. Hay además una asociación en ello con nuestras taras: miedos, inseguridades, desconfianzas,…etc… Me explico. Algo me dice que eso no va bien. Automáticamente pienso en que es un autoengaño por miedo, por desconocimiento del tema, por inexperiencia… A partir de ese momento decido darle la espalda a mis primeras impresiones y me lanzo en picado a por ello. ¡Por mis huevos! Porque puedo. Porque quiero. Resultado final: no íbamos tan desencaminados en esa primera impresión fruto de la intuición y es cuando nos decimos: ¡lo sabía! o ¿cómo no me di cuenta? A todos nos ha pasado.

Hay aquí, sin embargo, una paradoja de tremendas dimensiones. Primero, las informaciones que nos llegan por pura intuición –de la buena, claro-, se forjan única y exclusivamente en el cerebro. Responden a la asociación de ideas, al sentido común, a la capacidad que tenemos de medir pros y contras, y naturalmente a la experiencia previa. Responde, por tanto, al aprendizaje vital que hemos acumulado. Un respeto para ella, por lo tanto. Dicho esto, no estaría mal profundizar un poco en los porqués de darle la espalda. Si tan fuertemente nos indica cómo actuar, cómo evitarnos problemas, ¿por qué nos lanzamos a ellos sin escuchar?, ¿por qué nos metemos en la boca del lobo? Las razones pueden ser varias, dependiendo de la personalidad y de la situación emocional que atraviesa cada individuo. Suele empujarnos la necesidad de conseguir algo al precio que sea, el alimento de nuestro ego, la obstinación en salirnos con la nuestra o incluso el llegar a creernos pseudomagos con el poder de cambiar las cosas a nuestro antojo. La soberbia, la envidia, el orgullo… vulnerabilidades humanas que nos hacen perder la razón.

Queremos cambiar la calidad de las cosas, mover las circunstancias del entorno a nuestro favor, modificar los comportamientos de las personas,… cuestiones todas ellas totalmente fuera de nuestro alcance. Y en cambio, lo cierto es que nos resistimos a llevar a cabo la única acción que sí lo está y de la que sí somos capaces: aceptar que nuestra vida se encuentra en constante cambio. Y que no pasa nada. Yo no digo que sea fácil, que no suponga un ejercicio titánico a veces y que no traiga consigo sufrimientos y decepciones propias y ajenas, pero es inevitable. Negarlo es como querer tapar el sol con un dedo. ¿Me traigo la playa a los pies de mi casa o me mudo allí si quiero levantarme cada mañana con el sonido del mar? La cosa está clara.

No podemos huir de los infortunios, no podemos pretender que x esfuerzo nos traiga siempre x recompensa, que los golpes de suerte sean eternos, complacer a todo el mundo, ni que las personas bailen a nuestro mismo ritmo eternamente. Los seres humanos nos adaptamos, naturalmente, pero no mutamos en nuestra esencia. O no por siempre. Somos quienes somos. Somos lo que somos y la esencia de cada uno, la esencia de corazón, el cómo soñamos vivir nuestra vida, los hábitos que nos llenan,… permanecen en nuestro interior y nos pertenecen solo a nosotros mismos. Si para conseguir un logro hemos de renunciar a ello, darle la espalda a dicha esencia y perder nuestra identidad nos estaremos negando a nosotros mismos. Y vendiéndonos. Y podremos tirar con ello un tiempo, pero sabemos –porque lo sabemos-, que llegará el día en el que no nos reconoceremos en el espejo y el estallido interno será mortal. Aceptar quiénes somos y sernos leales es mucho más útil y tiene mayores tintes de éxito. ¿Qué es lo que nos hace entonces renunciar a nosotros? Dependiendo del caso, varios factores: la presión del entorno, el autoengaño, el querer complacer, el evitar sufrimientos, la huída de algo que no nos satisface, la comodidad, los pensamientos infantiles, el fantasear, el miedo, los hábitos adquiridos,… Sea cual sea el motivo, incluso cuando las intenciones sean buenas, renunciar a lo que somos supone enmascararnos y no un verdadero cambio o adaptación al medio. Querer evitar problemas, buscar una vida más cómoda, tratar de tranquilizar nuestra cabeza dejando de pensar en exceso,… pagando ese precio estamos frente a la crónica de una muerte anunciada: la nuestra.

Concluyo pues con dos de mis premisas eternas enroscadas entre sí: si hacemos caso de nuestra intuición, sabremos qué baldosas ir pisando y preservaremos nuestra autolealtad. Yo al menos le hago caso y no me suele fallar en exceso.





(Pienso en ti, AMIGA, y espero que no lo olvides)






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