CUANDO ME LEAS, PIENSA QUE TE ESTOY REGALANDO MI VIDA (Eso es Literatura)


Dedicado a todo aquel lector que se asome a mis letras.

    




       Literatura

     Cuando una escribe, cuando toma la decisión de no dejar los folios escondidos en el fondo de un cajón, está colocando a la vista del lector de turno una radiografía de sí en color y en tres dimensiones. Entender la escritura literaria pasa obligatoriamente por aceptar que, independientemente del porcentaje de realidad o ficción que cubra su argumento, es pura vida lo que la apuntala. No es ensayo, no es lección aunque la contenga.  No es una noticia objetiva, ni un estudio científico aunque se analicen situaciones y mentes. Es pura, auténtica e inmediata vivencia particular. Tajante, directa y tan real como una bofetada. Cada uno de los pálpitos y de los pensamientos que conforman las veinticuatro horas del día de un escritor se engancha entre las letras. Leer, pues, una de sus páginas puede darnos más información de cómo es, de cómo siente, de lo vivido y de lo que piensa, que la más atrevida y franca de las conversaciones. La razón es que cuando un autor se sienta a escribir no hay nadie al otro lado salvo él mismo. En sus pensamientos, si acaso, se encuentra el causante de tales sentires, pero fundamentalmente está contándose a sí mismo, y de paso al resto del mundo, qué le sucede. Literatura, como bien escuchan siempre de mi boca mis alumnos, la expresión íntima de los pensamientos y sentimientos íntimos del autor.


      El autor frente a sí mismo

   Siempre he mantenido que en la labor creativa hay una considerable porción de mimo al ego. No he cambiado de opinión al respecto, pero lo que sí es cierto es que no todo creador lo desarrolla de igual forma ni con idéntica finalidad. Existe, desde luego, una egolatría básica, simple, que no es otra que la desear que lo escrito guste al resto. Naturalmente. No diría que eminentemente reside la causa de escribir en esa cuestión, pero es desde luego inherente a cualquier intención de: imaginar – escribir – publicar. Queremos que guste. Existe además mimo al ego desde el momento en el que, al escribir, estamos hablando de nosotros mismos. Resulta obvio. Pero no deja de ser exactamente igual a cuando hablamos de nosotros con otra persona, buscamos desahogo, echamos una perorata o nos agrada que nos escuchen. La diferencia estriba en que el autor se maneja en la expresión escrita y cuenta además con el ímpetu, la necesidad y hasta la gracia -esperemos-, de crear con ello. La tercera caricia al ego es ya potestativa, pues aparece o desparece en función de la personalidad de quien escribe. Habrá quien se esfuerce más por escuchar el aplauso y le preste más atención a las loas recibidas, que autenticidad y ganas le ponga a su labor. Sea como sea, el ego está presente. Sano o tóxico. Pero lo está también en cada uno de los pasos que damos a diario. Eso es el ser humano. Ego en estado puro. 



      Cuanto de mí hay

    Un párrafo al azar. Lo observamos con delicadeza. Digerimos ya la clara exposición del mundo interior de quien escribe. Y detectamos igualmente el ego extendido sobre el mostrador. Lo asumimos como tal. Literatura en estado puro. No creo que haya un ejercicio mayor de apertura al mundo que el de escribir, más allá de que guste y a quién guste el producto final. Por mi parte, entendí el ejercicio, como era de esperar, no en mis años de lectora, sino cuando me convertí en lecto-escritora. Si bien siempre supe, aunque en menor medida, que acercarme a la obra de un autor era un modo de conocerlo, no fue hasta que me senté a escribir mi mundo letra a letra, que percibí el enorme desgaste que ello supone. Y no en cuanto a cansancio, sino en cuanto a ofrecimiento a los demás de tu privacidad. Nada importa que sea un gesto gustosísimo. Nada el que sea voluntario, claro que lo es. También lo es formular una opinión. No importa tampoco que tenga beneficios liberadores y de clarificación de ideas en quien lo firma. Solo faltaba. Importa que cuando alguien escribe lo que le ocupa el alma, está trabajando con el material más preciado que cualquier individuo posee: su vida. Plasmada sin maquillaje u oculta bajo una ficción diseñada al caso. Pero ahí está. A partir de ahí, dependerá de la inteligencia y de la sensibilidad de cada lector cómo masticarla y qué hacer con ella.
     Hace ya tiempo me dijeron a modo de advertencia que escribir tal vez me exponía demasiado, colocándome a merced de la falta de escrúpulos. Recientemente he oído asimismo que escribir, ofrecer públicamente parte de mí, lo convierte directamente en material de libre uso. Comprendo esas palabras perfectamente, su intencionalidad comunicativa y el razonamiento que contiene. Cómo si no, habría tomado la decisión en su momento de empezar a escribir y del modo en el que lo hago. Pero existen dos puntos omnipresentes en mí y en cada papel que lleno. El primero es que no renuncio a regalar ideas, reflexiones y peldaños que he alcanzado con muchísimo, muchísimo trabajo interior y una pedregosa andadura, si con ello alguien puede sentirse mejor al ver que los sentimientos son universales y que la vida es un avance constante. Si con ello echo un cable a alguien para aclarar sus ovillos de ideas. El segundo es que nunca olvido que la pasta de la está hecho quien me lea será lo que le posicione a entender el tipo de material al que se enfrenta. Yo seguiré escribiendo. Y viviendo. Y sintiendo. Y al otro lado se asomarán todo tipo de ojos. Como viene ocurriendo hasta ahora. Y el día que mi yo más íntimo deje de estar presente en lo que escribo será porque he olvidado lo que es Literatura.



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