DESCONFIAR DE MÍ Y METER LA PATA SON TODO UNO

      La mayor parte de los errores que he cometido en mi vida han estado causados por falta de confianza en mí misma. Si hago recuento, suelo ver que mis reacciones o determinaciones ante el suceso que fuese tenían mucho de lo que el resto suponía que yo debía hacer y de las distintas voces que me indicaban una fórmula u otra, y muy poco o apenas nada de lo que mi voz interior me decía que hiciera. A eso se le llama exceso de complacencia a los demás, o peor aún: obsesión por que lo que haga guste a todo el mundo. Visto así, es hasta un bonito descargo, abierto y generoso al resto, pero bajando unos peldaños se encuentra otra faceta un tanto más oscura. Conlleva una mala gestión de las críticas, materializado en incomodidad, afectación y hasta un considerable daño. El resultado suele ser un salto impulsivo en mi defensa, innecesario en más de la mitad de las ocasiones. Bien porque no merece la pena el desgaste, o bien porque no he recibido realmente un ataque y no hay peligro alguno en quien tengo frente a mí. Cerebralmente lo sé, emocionalmente pierdo perspectiva. Efectivamente se trata de un estado defensivo ante la herida que me provoca el que no guste lo que hago o la decepción de quien lo recibe. E incluso a veces va un paso más allá y el rizo se riza creyendo que cualquier otro va a agradar más que yo, hacerlo mejor que yo, resultar, en definitiva, mejor que yo ante los ojos observantes. Mal asunto este. Para mí y para el resto. 
       Nunca he llegado a saber el porqué de esta vulnerabilidad y esta falta de fe en mí misma que me impide en ocasiones dejarme guiar por mis instintos y mi propia manera de hacer las cosas. Cuando lo hago, suele funcionarme a las mil maravillas. Y cuando me olvido de gustar y complacer a propios y extraños, mejor aún. Así que no sé por qué me meto yo en camisas de once varas a pensar qué puede esperar el otro de mí, o si haciendo esto o aquello dejaré a todo el mundo contento. Si ya sé que eso no existe. Así como también me consta que el terreno de una no se lo come nadie más cuando es de una. Y que ya puede venir el lucero del alba a pretender hacerme sombra en lo que sea, que por lo que se refiere a mi espacio de luz, ese es mío. Mi luz. Sí. Esa que yo misma apago cuando me siento a oscuras, esa que olvido encender o espero que alguien prenda por mí.






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