DOS MUJERES Y UNA VISIÓN COMÚN DE LA VIDA

     




   La vida se piensa, se siente, se mastica. Te mojas en ella o te quedas en la orilla. Y no hay más. Lo demás son fuegos de artificio y jugar a los Clics de Famobil. Y es que es curioso lo seria o superficialmente que pueden las personas llegar a tomarse determinadas cosas en función de la importancia que le den al análisis profundo de lo vivido. Me explico: hay quien analiza causas y efectos de lo que acontece y según lo observado actúa; y hay quien ni pagándole es capaz de ver que detrás de cada suceso hay un porqué, pero sobre todo una dirección. Lamentablemente este segundo caso abunda por falta de huevos ante la idea de pensarse a uno mismo. Una pena. Y es por ello que resulta realmente placentero ver cómo, mezclados entre seres a medio gas o un tanto incapaces, se vislumbra cómo entre la gente afín los caminos y procesos mentales no distan mucho en unos y otros. No importan las decisiones a tomar, ni la diversidad de finales que se creen para las experiencias de la vida. Lo que realmente marca la diferencia es el sentido común puesto a los años que vivimos. Tanto para hacer el loco, como para dar pasos definitivos y que nutran. No importa tampoco dónde vivamos, ni a qué nos dediquemos, porque lo que une o separa a las personas es su capacidad para mirar a la vida de frente y para ser conscientes de ella. Cada sensación, derecho, obligación, disfrute, aprendizaje o tropiezo. Esto es: querer crecer viviendo. Y vivir creciendo.

     Precisamente anoche una amiga y yo hablábamos de este tema. De que no existen tantos prototipos de personas danzando por ahí, y de que muchas veces es tan sencillo como detectar quién se compromete con su vida y quién no. Simple y fácil. Eso nos llevó a las necesidades que habíamos ido detectando a medida que cumplíamos años y de cómo estas iban evolucionando. Nos fuimos a cenar, callejeamos, tomamos algo, charlamos, nos reímos, vacilamos,… y, como nos pasa siempre, entre los muchos temas que dibujamos salieron a la palestra inquietudes personales y profesionales del momento, tipos de vida en presente y futuro, la pareja, la maternidad, nuestro concepto de amistad, la familia,… La sustancia que se va colando entre las rendijas de lo ocioso en cualquier conversación entre dos personas que le ponen coco, alma y ganas al día a día. Lo propio entre dos personas que saben por dónde caminan y lo que es realmente este asunto de la vida. Sin bobadas, mañas ni pamplinas. Entre ambas, creo, completábamos el espectro completo de todas las fases y supuestos mentales que pueden darse en una mujer de nuestro tiempo. No pude evitar reparar, con agrado, en las peculiaridades de cada una según los tipos de mujer que somos, y en el desarrollo que cada una hace de los distintos temas, para ver finalmente la convergencia de muchos de ellos. Somos dos mujeres a las que nos separa década y media de edad y nuestros caracteres resultan algo equidistantes en determinados puntos; pero resulta gratificante y muy enriquecedor el descubrir paulatinamente las similitudes que nos asemejan. Nos conocimos hace años, en extrañas circunstancias -igualito a la muerte de las pelis y de las novelas negras-, y con algún que otro tinte turbio alrededor, de esos que la vida aparta a un lado cuando no tienen importancia alguna y son materia rancia y olor a humedad. Más jóvenes ambas, pero con la misma esencia y fuerza in crescendo. Y hoy podríamos tener una marcada disparidad en algunos temas, quizás por cuestiones generacionales, yo de los 70 y ella de finales de los 80. O tal vez por los derroteros tomados por la vida de cada una. Pero no. En absoluto. Las valoraciones de los estados vitales, emocionales, físicos,… que compartimos tienen mucho en común y nada que ver con edades o contextos. Se condensan en el principio de: importan las personas y fuera memeces. Y con ello descubro -o más bien me ratifico- en que en estos asuntos la zona compartida es el sentido, la seriedad y sobre todo la autenticidad con que se toma la vida. Juego a veces, genial, necesario y divertido, pero importante siempre. Sin dejar que aquella te pase por al lado sin pena ni gloria, siéndote fiel a ti misma por encima de todo y usando el cerebro -intelectual y emocional- con un poco de gracia y de arte. Que la vida iba en serio sin dejar de ser una auténtica fiesta.




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