¿EN QUÉ ESTARÉ PENSANDO?

    




      Me estoy lanzando al papel con bastante ansiedad últimamente. Y es que tengo un torrente de cosas por decir disimulando en la punta de mi lengua. Pura revolución despendolada. Cuando se  dan cuenta de que las observan se quedan en la puerta. Miran a un lado. Luego al otro. Silban. Vuelven a mirar de reojillo. Y remolonean. Las tengo a raya a las pobres. Porque son un poco cabras locas, como su dueña cuando a enunciar sentimientos se refiere. Así que sí, disimulan. Regulín regulero, pero ahí están. En apariencia tranquilas. Y yo me inflo como un globo mientras tanto, y muevo las piernas y los pies inquieta, como si ese gesto fuese a calmarme lo no dicho o a relajarme lo más mínimo. No funciona, no. Porque el torrente de todo lo que llevo dentro sigue ahí, contenido, sujeto por un dique no muy de fiar, aunque construido con paciencia y buena voluntad. Aunque temporal, eso he de decirlo. La presa tiene un tiempo de llenado y después de ello se espera que desborde. Cuando sea el momento. Ya veremos.

      Me pregunto qué pensarán al otro lado mientras. Como del mismo modo me supongo que allí se hagan la misma pregunta de mí. Cualquiera suele creer que lo que le pasa por dentro es evidente, que es tangible, que no genera dudas, y que no habrá por ahí quien se pregunte qué estará pensando o sintiendo. Pero no es cierto. El nivel de incertidumbre siempre está presente, se mire desde la orilla del río que se mire. Así que sí, me pregunto qué pensará, sentirá, se cuestionará, el habitante del otro lado. Porque algo habrá de ser, eso es seguro. Al igual que yo lo hago y lo contengo de salir bien por escrito o bien por estos labios y esta voz cambiante. ¿Y que por qué lo hago? Porque debo. Porque no se me ha preguntado ni pedido. Porque desconozco si alguien más quiere compartir lo que solo a mí me corresponde. Porque…, por algún que otro porqué que no pienso decir así sin más, pero que me mastico cada día. Ñam, ñam, ñam. Y que por complejo a estas alturas, y aún así meridiano para mí guardo. 

    Y así, como les cuento, hay un torrente de cosillas sin decir, pero que me acompañan a diario. Que son meditaciones, conclusiones, emociones evolucionadas, cambios sufridos, nuevos panoramas,… Que son inofensivas todas esas cosillas. Que no muerden, pero al tiempo potentes, muy potentes. De esas que hacen temblar algún que otro cimiento sin agredir a nadie. Más bien muy al contrario. De esas que hacen que me mueva cien veces en la cama antes del sueño. Porque las tengo ahí, ordenaditas todas, brillantes, relucientes. Decididas. Ahora ya sí que sí. Las tengo hoy y mañana. Y las tendré pasado. Y dentro de unos meses, de un año y hasta de cinco. Dispuestas a salir con su vestido nuevo, su calzado elegante y su sonrisa dulce. Y a la vez transgresora. En la portilla todas. Sin salir. Sin moverse. Porque nadie, nadie, nadie, las ha sacado a bailar con esa melodía. Ahí me las han dejado a las pobres niñitas. En que estaré pensando vestido de verano. ¡Con todo lo que tienen que expresar! Y lo que es más brutal: la vida que tienen por cambiar. Así que ahí se quedan. Ya,… ya no les cuento más. 





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