PEQUEÑOS ESBOZOS: Locura controlada

   
    
     Si no fuera por la capacidad que poseo para teatralizar, para emanar locura controlada, para reírme y hacer reír, para pintar de vida los días comunes, se me vería cansada. Muy cansada por dentro. Se me verían los ojos que le pongo a la condena de remar en solitario cuando sé bien qué nombre sentaría frente a mí en ese barco. Se me vería la enorme necesidad de rescate de esta náufraga en medio del océano de un sentimiento y una vida, en la que se le sigue pidiendo que se haga la muerta. Sin perder la sonrisa, eso sí. Y poniéndome muy guapa siempre para la foto. Que no se diga que una no es elegante.

     Si no fuera por filtros de colores y una raya en los ojos bien trazada, sabría todo el mundo cuánto es que necesito que vengas a buscarme. Que soy yo quien se hunde. Que se acaba mi oxígeno. Que me pesan los años, no la edad, esa no. Que me has dejado sola. Y que me rompo. Por mucho que sonría.

     Si no fuera porque a veces hago oídos sordos, aparco el sentimiento en un rincón y me siento culpable por quejarme, otro gallo cantaba en ese nicho.


        Cuantas veces engaña la apariencia, el aspecto vital, los planes solapados. El ir allí y allá, el charlar distendido. La escucha activa y el acto de entenderse. La canción a deshora, la foto en la pantalla, las palabras de aliento, la carcajada a tiempo. Pero estoy muy cansada y necesito... recibir ya por fin esa gesta, ese acto. Ese momento altruista. Y saber que merezco que se haga por mí. Por una vez al fin. Por aquello que siento. Por hacerme feliz. 

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