CONTRA LA MISMA PIEDRA

Tantas veces hube de tropezarme contra la misma piedra hasta mostrar el hueso.
Tantas veces hube de morderme el labio hasta sangrármelo.
Tantas veces hube de ahogarme en lágrimas de madrugada hasta perder la vista.
Tantas mi alma se hizo añicos y me cosí la piel con mil puntadas.
Que aprendí la lección. 
Llenarse y vaciarse, no hay más misterio o truco. 
Y quitarse las vendas. Y saber que ya no.
Que lo que un día llena tal vez mañana no.
Que persigues la meta, que la lloras y anhelas, 
pero que al alcanzarla ves que se evaporó
ese encanto soñado, diseñado en tu mente
sentimiento pensado.

Y ya perdí la cuenta. Ya no sumé una más. 
Infinitas las veces contra el mismo tropiezo.
Y ya no dolió el golpe.
Ya no me sangró el labio.
Ya se secó mi llanto.
Ya no me cosí más.

Suele el hombre tener que estrellarse en el muro,
en el más visitado, en el que más conoce.
Topándose una vez. Y dos, y ciento, y miles.
Hasta que ya no hay daño. Hasta que se vacía,
hasta que ya no siente cómo escuece la herida.
Hasta que al fin entiende que no le queda nada.
Y es el hombre tan torpe, tan ciego y obstinado,
que es preciso que arriesgue hasta su propia vida
para acabar diciéndose que es capaz, que podría
levantarse de nuevo y proseguir sin más.

Tantas veces que tuvo que caerse de bruces,
y que abrirse en canal para al final decirse
lo que siempre intuyó, lo que supo y sabrá.
Bajar de pedestales, humanizar al resto,
saber que no se puede, que no es tanto, ni es grave
y ver que ya no afecta, que dejó de importar.
Que al final son dos días.
Que su sitio ya sabe. Que el camino verá. 




(Cuando la claridad mental nos toca el alma somos capaces de dilucidar aquello que debemos conservar o que dejar atrás.
Y podrá la vida haberme llevado a la deriva, pero cada día me demuestra que mi intuición me marca acertadamente el camino, que aprendí a leerla 
y sobre todo que mi corazón no suele equivocarse.)







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