¿LAS PERSONAS TENEMOS UN PRECIO?



Sí. Sin duda alguna. Lo tenemos. ¿Todos? Muy probablemente así es. Y puede ser este pecuniario o en especies. Simbólico, barato, caro o desorbitado. Comprensible o incomprensible. Digno o indigno. Pero está presente en todos y en cada uno de nosotros.
   Esto no va de sobres con dinero en B, ni de sobornos, ni de dinero negro, ni de malversación de fondos,… ni de nada que tenga que ver con dinero en papel moneda, contante y sonante. Yo no podría decir nada nuevo que no conozcamos y que no exista sobre la superficie de la tierra desde el hombre existe. Ni siquiera va esto de bienes materiales, productos para mercadear ahí fuera. Va de precios aparentemente invisibles. Precios y tasas que no se ven en apariencia, pero que considero más nocivos y peligrosos que aquellos. Se basa esto, pues, en la compraventa de sentimientos y de sensaciones bien a cambio de otras, bien a cambio de acciones concretas. Algunos de dichos precios podrían considerarse respetables, puesto que están puestos al servicio de un bien mayor, de un logro de nobleza. Pero sobre todo me paro hoy aquí a reflexionar sobre aquellas tasas definitivamente negativas y censurables, y que van desde la mezquindad hasta el egoísmo, de ahí a lo miserable, y por último a la maldad y a la crueldad más absolutas.
    Vendemos o alquilamos nuestros principios por causas que consideramos nobles. Pronunciamos pequeñas mentirijillas por no herir, por salvaguardar la inocencia de un niño, por proteger. El precio de nuestra falacia en ese momento es la alegría, la paz y la tranquilidad de nuestro entorno más próximo. Y es ello, mientras sea mínimo –muy mínimo- y controlable, asumible. Más dádiva que compraventa. Pero por desgracia no todos los costos son así de loables ni entendibles. El ser humano se deja comprar constantemente en los ámbitos que componen su pirámide de vida: por trabajo, por amor y por aceptación social. El mundo laboral es hoy día tan inestable que a cambio de la obtención de una mínima seguridad podrá vender parte de sus derechos. Esos que costó, y aún cuesta, tanto conseguir y mantener. Se pondrá al servicio de un contrato precario, de una pérdida sustancial de salario hasta que sea este una pura vergüenza, de un aumento de horas de trabajo hasta llegar al agotamiento, de una falta de reconocimiento justo,… Pagará todo ello al precio nada ajustado de una seguridad relativa en dicho empleo. Ese será el precio que se nos ponga. Del mismo modo, las relaciones sociales han tornado en un efímero encuentro entre conocidos, amigos, familiares,… Débiles como ellas solas por cuanto el individualismo  se ha puesto a la cabeza del mundo moderno, conservar un grupo humano en quien apoyarse se ha convertido en poco menos que una odisea. Sigue habiendo amigos de toda la vida, amigos del alma y de confianza, gente con la que poder contar en cualquier situación. Pero he de decir, por agorero y pesimista que parezca, que hay y habrá muchos que por conservar a ciertas personas a su lado serán capaces de pagar un precio: callarse verdades, no ofrecer un consejo sincero si este puede provocar una hecatombe, no enfrentar una fricción entre ambos por miedo a una ruptura o fisura de cierta gravedad, no advertir al amigo de peligros o errores por si se nos pone en contra. Por lo tanto, para conservar a dichas personas se paga el precio del silencio, de la eterna sonrisa y del todo va bien.
    En el primero de los casos que aquí he expuesto, el del terreno laboral, encuentro una determinada justificación, ya que se trata muchas veces de la supervivencia no ya de nosotros mismos, sino de nuestras familias. Habría que ver con qué se traga y quién traga con ello, o más bien en qué circunstancias se ve obligado a hacerlo. El segundo de los casos planteados me produce una mayor inestabilidad. Se trata del mundo de los afectos, especialmente con los amigos, y aún sigo creyendo que no poder hablar a las claras entre amigos, no poder confiarte ni hacerte subsidiario de dicha confianza hace que esa relación quede absolutamente devaluada. Por ello, ponerse un precio, poner un precio al otro estropea la propia raíz de la relación. Cabría sin embargo una pequeña grieta de justificación de tal comportamiento, pequeñito, muy pequeñito, y que correspondería únicamente a no traspasar el límite de la privacidad y el respeto a cómo ese amigo vive su vida. Ahí, tal vez, el precio de callarnos la boca de vez en cuando tenga un sentido diferente al de vendernos por una paz social.
    Pero me queda un tercer ámbito. El más sagrado y delicado en este tema, creo. Al menos para mí. El ámbito sentimental, el del amor. Aquí no hay razones, no hay causas, no hay justificaciones ni excusas. Lo siento en el alma, pero así lo veo. Y tristemente observo a mi alrededor cientos de casos en los que la gente se vende al mejor postor con tal de tener una relación que me niego a denominar amorosa. Gente que se queda al lado de sus parejas por la seguridad que le ofrece vivir un matrimonio o una convivencia. Pudiera también continuar una relación que sabe que hace aguas por no adentrarse en el infierno que puede llegar a suponer una separación, por no enfrentarse al cambio o a la búsqueda de una nueva vida, por trabajarse sus carencias o culpas, por no admitir la falta de sintonía del otro,… Pagan con su vida a cambio de todo esto. Y rizando aún más el rizo me enfrento a aquellos que saben que ya no alojan en su interior una pizca de amor verdadero, pero que sin embargo mantienen la soga alrededor de otro cuello. En el mejor de los casos alberguen cariño, pero nada más. Y Dios me libre de que me tengan ese tipo de cariño, si algún día me veo en esa tesitura. Pues en esos casos ahí están vendiendo su dignidad, su humanidad, la bondad que podría haber habido en ellos, su nobleza. Están vendiendo su esencia a cambio de… nada. Lo harán por saber que hay alguien ahí, alguien conocido de toda la vida; por no saberse solos aunque ya no gusten de su compañía; por asegurarse una comodidad en caso de necesidad; por cubrir su sentido de inferioridad al creerse indispensables para el otro, esto es, por ego; por pensarse poderosos, engañándose no obstante; por cobardía ante la idea de que nadie más los quiera o de que quién pretende lo haga; por tener un plan b –que para ellos es considerado casi un plan z- en caso de fracaso de sus primeras opciones; porque nadie ocupe el lugar que un día y durante mucho tiempo ocuparon en el corazón de esa otra persona; por celos a que llegue alguien que consideren más deslumbrante y que pueda hacer feliz a esa persona;… y seguiría. No te quiero para mí, pero te ato. Tengo un precio, mi propia dignidad, pero te ato. Juro que este fenómeno existe, que lo hay. Juro que, aunque he tenido la suerte de no vivirlo en mis carnes, lo he visto y lo veo. Juro que lo he comprobado. Me provoca un profundísimo asco, porque defino ese precio como chantaje y extorsión. ¿A qué? A los sentimientos, a la dignidad y a la felicidad de otra persona, máxime cuando su sufrimiento y su cordura están en juego. Y sobre todo venden su honestidad por cobardía. Son capaces de manipular y de mentir descaradamente, o bien con verdades a medias, generando confusión, o bien callando, con tal de no perder alguna de las bondades que he descrito antes. Personajes de media tinta. 
    Las personas tenemos un precio, en efecto, pero hay quienes habrían de sufrir el castigo de la soledad más absoluta cuando comercian con los sentimientos de alguien noble. Desde aquí solo me queda cruzar los dedos por aquellas personas a quienes quiero y contra quienes veo que se actúa de tal manera. Desear que detecten dicho mercadeo insano y obsceno. Eso o confiar en que un halo de generosidad brote por la mente de algunos otros, se enfrenten a la verdad y sean capaces de dar gratis la libertad a sus reos, aunque tengan que sacrificar una parte de sus nada limpias ganancias. Y así, de paso, quizás descubran que vivir por su cuenta sin hacerle la vida imposible a nadie, puede resultar incluso satisfactorio. Se lo recomiendo en tres tomas diarias y con un poquito de agua.





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