¿SUBE EL TELÓN O SE APAGAN LAS LUCES?

         Enamorarse y desenamorarse. Amar y desamar. Dos caras opuestas del mismo proceso, pero unidas por el fino hilo de la causa y el efecto. Nada ocurre porque sí, sin causa aparente, ya lo sabemos. Los actos presentan consecuencias más o menos razonables, más o menos comprensibles, según el caso, pero traen consigo su inevitable efecto. Así rueda el mundo y así funcionamos los seres humanos, obviamente. Nuestros sentimientos y decisiones tampoco iban a ser una excepción. Y si hablamos del enamoramiento, la exposición a tales consecuencias es aún mayor.
       Llenarse y vaciarse decíamos ayer, amiga, ¿recuerdas? Y esto me hizo recordar también una conversación que tuve hace unos meses y que ya referí en este blog a cerca de las veces que puede una persona enamorarse en la vida, y sobre si es posible desenamorarse y enamorarse de la misma persona. Dos cuestiones tenemos entre manos, entonces, y a ellas voy.

Qué nos enamora y qué nos desenamora

            Evidentemente cada uno es cada uno -y sus cadaunadas, que se dice-, y cada cual es sensible a unas motivaciones particulares. Aún así, es de libro que diga que la atención, los detalles, las muestras de amor, el sentirse cuidado,... nutren ese proceso. Conocemos a alguien y nos sentimos atraídos. Atracción física, impulso sexual potente. La atracción personal en términos más amplios entra en juego: carácter, sentido del humor, carisma. La inteligencia, la rapidez mental y sus inquietudes intelectuales jugarán en algún caso -para mí indiscutiblemente- un papel importante. Y por lo que a mí respecta, su inteligencia emocional hará que la balanza se incline de su lado, sin lugar a dudas. Alguien con el corazón lo suficientemente grande y limpio como para ganarse mi atención. Hasta aquí, creo que la mayoría puede verse identificado con mis requerimientos. No distan de los de la mayoría. Hasta ahora hay atención e interés, aunque no aún enamoramiento. 
           Puedo aportar lo que a mí me hace enamorarme y podría sintetizarlo en una serie de puntos que se me antojan irresistibles. Caminar en una misma dirección, esto es, que a ambos nos llene un mismo tipo de vida, una misma cotidianidad, y que nuestro sueño y proyecto común sean coincidentes. Tener la seguridad de que la persona vela por mí, esto es, me conoce por dentro tan sumamente bien que va a tratar de protegerme de infelicidades evitables, daños gratuitos y vacíos existenciales; no hace falta tratarse como si fuésemos de cristal, pero sí siendo conscientes de los puntos débiles del otro. Situarme junto a alguien con la capacidad de abrirse conmigo y de encajar que yo haga lo propio con él; sin miedos; sin pudores; sin tacañerías conversacionales; y con dicha apertura me refiero a no tener que planearme nunca qué temas puedo o no puedo hablar con él ni el cómo abordarlos, precisamente porque valora ese rasgo en mí. Sentir su lealtad en toda la extensión de la palabra, más allá de la fidelidad -que por supuesto está implícita-; lealtad humana que pasa por la valoración de quién soy yo, de cómo siento, de cómo me entrego y de cómo hago las cosas, hasta para manifestarme aquello en lo que me equivoco. Confianza mutua en que ambos seremos capaces de poner al otro en primer lugar, si fuese preciso; generosamente, desinteresadamente; empáticamente. Apoyo mutuo; sempiterno; incondicional, aún en el mal tiempo. Y como broche: recibir y expresar lo que ambas personas suponemos el uno para el otro: sentimentalmente, sí, pero también humanamente. 
Se llena el saco. Sube el telón y ya está todo en marcha. Y ahí me siento plena, afortunada, agradecida y total y absolutamente enamorada.
           Y, ¿qué sucede entonces para que aparezca el desenamoramiento? Tristemente sencillo y común para todos, creo. Yo lo tengo muy claro: sentirme invisible a sus ojos. Invisible en la más pura esencia de quién soy. Si no lo ves, si no te sabes de memoria mis rasgos y son justamente esos los que te llenan, si esperas que cambie, entonces, ya no hay nada que hacer. Concretando diría que uno de los grandes males es el que nos satisfagan formas de vida distintas, hábitos esenciales diferentes, intereses dispares; y no me refiero con ello a actividades de ocio o aficiones, no, sino a auténticas formas de vida y a prioridades básicas: convivencia, familia, compromiso,...el día a día. Tras ello añado el no ser escuchada o el que no se compartan conmigo; escuchada por dentro, sentida. La desconfianza y la duda de cómo soy me parte en dos y especialmente cuando me he diseccionado a sus ojos y sin embargo se me atribuyen actos que rara vez cometería. La falta de muestras de cariño, la inexpresividad, los silencios. La crítica constante a mis particularidades, cuando esas fueron la fuente de atracción inicial. La falta de admiración y respeto mutuos. El tomarme como seguro de vida, lo cómodo conocido después del tiempo cuando y si no se han dado otras opciones. La falta de valentía ante la evidencia de lo que soy. Y sobre todo, por encima de todo lo demás: que no me amen. ¿Obvio? No tanto. Porque para mí amar es pretender la felicidad del otro aunque suponga perderlo y jamás, nunca, utilizarlo como moneda de cambio o ese seguro de vida al que antes me refería. Egoísmo imperdonable. Juego sucio de fatales consecuencias el condenar al otro por tener el culo a resguardo de no se sabe qué. Todo esto es exactamente lo para mí hace que se apaguen las luces.


¿Es posible volver a enamorarse tras desenamorarse?

       Rotundamente no. A mi modo de ver. Cuando ya ha estallado la burbuja sabemos bien que es porque se han puesto encima de la mesa todas las fisuras posibles entre ambos. Está sumamente claro todo lo que nos separa, lo que nos hace incompatibles y lo que no funciona. Sentimos cada centímetro de lo que nos desilusionó, nos hizo sufrir, decepcionó o desenamoró y por algo fue. Naturalmente se puede intentar acercar posturas, esforzarse en moldearnos y cambiar algunos aspectos. Es humano. Y valiente. Pero digo aquí y sé bien, por lo propio y por lo ajeno, que cuando lo transformable es la esencia de alguna de las dos partes, si no de las dos, cuando la cesión se sitúa en el epicentro de la persona,...ahí no perdamos el tiempo. Ni las ganas. Ni el corazón. Ni la paz interior. Ahí solo nos queda aceptar que cada uno tiene derecho a proseguir, que cuando se vació por dentro fue por un motivo de importancia, que si viró en su dirección es porque ya no sentía igual. Ahí solo nos queda querer al otro desde otro rol porque en el respeto a cómo es y a nuestra incompatibilidad se situará nuestro verdadero sentimiento.

Pocas lecciones en la vida me han quedado tan inmensamente claras.



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