VENIMOS A ESTE MUNDO

Yo no estaré siempre. Ni tú. Ni ellos. Eso ya lo sabemos.
Se evaporará todo sin apenas tocarlo. Sin conocer la fecha, la hora, la edad, el sentimiento. Con aromas a nada. Sin color en la piel. De un portazo. De hartazgo. Agotados más bien.
Y nos habremos ido. Y al girar la cabeza veremos que no están. Que hubo un gesto tan leve, que apenas percibimos, pero que una mañana se hizo definitivo.

Ya no estará mi voz. No estará la sorpresa. Ni estarán mis palabras. Ni estará el despertar. Ni siquiera el latido. No se escuchará nada.
Venimos a este mundo a cruzarnos los unos con los otros. A cumplir las etapas. A cumplir cometidos. A descubrir y a ser descubiertos. A aportarnos cosas, a aprender del resto. A volvernos ciegos. A engañarnos y a tirarnos de la venda de los ojos cuando ya estamos hartos. A destapar miedos. A dejar de sufrir. A decir que ya basta. A sonreír de nuevo.

Entramos cíclicamente en tormentas bucle en las que giramos hasta que hemos cumplido del todo nuestra misión. Y después de ello, una fuerza invisible nos expulsa al exterior para, una vez tomada la nueva perspectiva, entrar en la siguiente. Y empezar de nuevo. Pero frescos. Más sabios. Más vivaces. Llegaremos, veremos y venceremos. Porque hasta en las caídas se hallará la victoria, si en ellas conseguimos crecer en dignidad. Y querernos por dentro.

Acumulamos todos vivencias y dolores. Carcajadas y sueños. Sin cumplir o cumplidos. Y cariños variados alcanzados también. Y muescas en la capa más fina de la piel. Y algunas hasta el hueso. Pero no importará.
Y cambiamos al fin desde lo más profundo hasta no poder vernos un día en el espejo. Y no reconocernos. ¿Para bien?, ¿quién lo sabe? Pero será preciso para así no engañarnos. Y que no nos engañen. Que no nos utilicen. Y que no utilicemos. Nunca más. Ya no más. Los habrá listos, que se apeen de esa silla eléctrica de cables que hace tiempo que hicieron contacto. Los habrá que prefieran guardar la cabeza bajo la manta, viviendo a medio gas, sabiendo y no sabiendo que esto dura dos días. Pero allá penas. Cada cual opta por el color de su propio cuadro.

Venimos a este mundo a vendernos sin pena por escasas monedas y así al mejor postor. A vivir una escena con decorados varios hechos de cartón piedra. Bonitos en adornos, frágiles en el tiempo. Derruíbles al fin. O venimos también a no ponernos precio, según quién; porque no hay suficientes riquezas en la tierra para pagar la sangre que bombea con fuerza. Dependerá la acción del rango de amor propio que tenga cada cual. Del nivel de bondad. De su afán por la vida. Del respeto a sí mismo. De su avaricia humana. De su saber estar.

Venimos a estancarnos, a dejarnos llevar por el rumbo de otros. A creernos pequeños, conformarnos con menos cuando queremos más. A no apreciarnos casi, a decir cada instante que no lo merecemos. A decirnos que no y temer con el miedo de perder algún día, de que se vayan todos, de perder nuestra voz. A temer estar solos y a anclarnos al timón. O venimos en cambio a saber lo que somos, quiénes somos y cómo, qué vivir y qué no. Y no nos conformamos y luchamos por más. Y nos sabemos grandes a pesar de los fallos. Y nos decimos siempre con ganas: ¿por qué no? Si es para mí esa vida. Si me gusta, si puedo. Si a pesar de ser nueva, la he diseñado yo.

Venimos a este mundo. A tu mundo. A mi mundo. Vívelo de verdad. Sin venderte y sin trampas. Sin menos y sin más.





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