CUANDO ERA PEQUEÑITA (TE) IMAGINABA

       Cuando era pequeñita imaginaba...
     ¡Tantas cosas! Tampoco fui nunca de esas que se hacen castillos en el aire, ni se transforman en la protagonista del cuento de La Lechera. Volaba mi imaginación, sí, pero la felicidad me venía de los toques más realistas. Si proyectaba a futuro era porque pensaba en qué quería ser y a qué quería dedicarme. Pero no solamente. No principalmente. Pensaba en lo que podría ser mi versión adulta en toda su extensión. Jugaba a visualizar mi aspecto físico de "chica mayor", mi ropa, mi pelo. Imaginaba mis relaciones con mis amigos, mis aficiones, mis vínculos, charlas eternas. Elegía mentalmente cuál sería mi casa o más bién el tipo de casa en la que viviría. Y natural y fundamentalmente pensaba en mi hogar y en el calor con el que lo llenaría. ¿Quién no lo hizo así? ¡Ley de vida!
        Nací sentimental, ¡qué le vamos a hacer! Y con prisas. Con dos meses de prisas y unas ganas locas de empezar la historia. Y sentimental sigo, porque cuatro décadas más tarde me he puesto hoy a recordar aquellas tardes en las que jugaba a imaginarme mi vida de mayor. No sé lo que es la crisis de los cuarenta, aquella de la que tanto se habló hace algún tiempo. Prefiero hacer este otro ejercicio, recordar con ternura, estar orgullosa de lo logrado y seguir persiguiendo aquello que está por llegar. Al fin y al cabo es mi vida y es lo más preciado que tengo como para no mimarla. No volvería atrás ni querría descontar en el reloj, no cambiaría nada de lo vivido salvo una pérdida (te conservaría conmigo). No cambiaría quien soy.
         Prácticamente todo lo que pensé de mí ha resultado tal y como había imaginado. Pero ¡atención!, matizo. No me refiero a que la vida que diseñé, que todos dibujamos, haya salido como pensaba. Eso no ocurre casi nunca. O más bien nunca. A mí tampoco, en absoluto. Y sinceramente hoy lo considero tremendamente positivo, porque eliminaría la espontaneidad de nuestros días y sobre todo anularía nuestra capacidad de ir reescribiendo nuestra vida. Así que no, claro que no tengo exactamente la vida que pensé tener. A lo que me refiero cuando digo que la versión resultante es prácticamente idéntica a la que yo pensaba, me estoy centrando en aquello que tiene que ver con lo estrictamente individual, con lo más íntimo de mí y con mis aspectos más intrínsecos. Mi mente, mi apariencia, mis sentimientos, mi manera de conducirme en el día a día... Supongo que son los rasgos que la definen a una, como en todos. Pero me veo y creo de veras que no he cambiado tanto desde entonces y no me siento especialmente distinta, salvo por la experiencia acumulada y lo aprendido. Sigo siendo igualmente vital e igual y obsesivamente preocupada de antemano. Le sigo dando las mismas vueltas a las cosas. Sigo colgándome del cuello de la gente a la que quiero y apretando sus caras con un beso -o venada, como dice mi madre- con el mismo ímpetu. Sigo buscando la opinión  y la guía de mis amores -y su visto bueno, a veces-  para las cosas más básicas y sencillas. Sigo necesitando que me cuiden y reposar mis decisiones en otra mente. Y sobre todo sigo manteniendo el mismo modo de querer. Así como hay gente que cambia con el pasar de los años, yo creo sinceramente que no he cambiado apenas. No sé si eso es bueno o es malo, pero es la verdad.
        Bastante acertado, pues, mi imaginario de mí misma. Me dedico a aquello con lo que torturaba a mi hermano. Visto, calzo y maquillo tan coquetamente como era entonces -¿es coqueta el adjetivo con que me describes, verdad? (cierro los ojos)-. Vivo en el tipo de casa que imaginé hace décadas. Y en cuanto a mi hogar,... ese merece mención aparte, porque siempre sentí hogar en la casa que me vio nacer. Nunca pudo el listón estar más alto y al tiempo esa naturalidad creó en mí un concepto de hogar tremendamente sencillo. No hay especial exigencia en mí, ni extraños requisitos, porque mi sentimiento de hogar sé bien que es algo que llevo arraigado dentro y que sale a la superficie y se hace efectivo desde el mismo momento en el que albergo amor y me comparto con la persona elegida. Ahí algo hace clic y me siento serena. No es algo premeditado, ni provocado, ni prefabricado, sino que simplemente percibo cómo me voy relajando por dentro y mi confianza hacia esa persona va en aumento. Ni lo puedo evitar, ni lo pretendo; sino que me cuente lo que me cuente, le cuente lo que le cuente,me siento yo misma. Eso es hogar para mí, porque me hace sentir protegida y a salvo del exterior. Así es, en efecto, algo que reside única y exclusivamente en la sensación que me provoca mirar a los ojos de quien quiero y sentir confianza dada y recibida. Es sencillo. Y especial. Y raro de entender, quizás, pero es que así lo siento. Me siento en casa, porque a pesar de que el mundo pueda estar cayéndoseme o de que nada me esté saliendo como quisiera, sí, me siento en casa.
        Ahí siento mi hogar. Y en él, ¿cómo imaginé el amor? O más bien, ¿cómo imaginé que sería el hombre que tendría mi amor? La pregunta del millón, porque no es tan frívolo como una lista de características y cualidades, ni tan infantil como una serie de rasgos perfectamente ordenados por prioridades. ¡Qué horror! No sé si hay por ahí gente pululando con un número de añitos ya cumplidos a quienes les dé por hacer eso. Espero que no, francamente, porque es algo que me espanta. Para mí se trató desde siempre de un pálpito. Lo que imaginé como el hombre de mis sueños era justamente lo que llevo descrito hasta aquí: alguien que me hiciera sentir hogar. Alguien que no tuviese que pensarse nunca cómo dirigirse a mí, cómo hablarme, cómo tocarme, cómo decirme lo que le pasa por dentro. Alguien con quien yo no tuviese que preguntarme tampoco cómo hacer ninguna de esas cosas. Alguien que no dudase nunca de mi amor ni de mi permanencia a su lado. Alguien que me ayudase a seguir siendo quien soy, ofreciéndome su opinión, su crítica a lo malo si es preciso, su elogio a lo bueno, su consejo. Alguien que alimente mi ternura. Alguien que me crease una sana, pero enorme y profunda necesidad de tenerlo en mi vida. Alguien que me cuidase, porque aunque fuerte, sería absolutamente vulnerable a mis sentimientos por él, pero especialmente a él mismo. Ese era y es mi pálpito. Y si por añadidura todo eso tan sumamente extraordinario se encontrase envuelto de la aparente sencillez de una vida tranquila, entonces ya el sueño sería supremo.
      Así imaginé que sería mi amor. Y la pregunta del lector podría ser ahora, ¿lo has conseguido?, ¿se hizo real lo que imaginaste cuando eras pequeñita? Mi respuesta va a ser sencilla y breve: el hombre que tiene mi amor es justamente lo que soñé. Ayer, hoy y siempre. ¡Y bien me he dado cuenta, bien sabe Dios que lo necesito en mi vida tal cual es, como el agua! ¿Será que tengo gustos raros? Habré de pensarlo. Pero algo sí es seguro. No cambiaría ni una coma de lo dicho. No cambiaría ni una sola de sus arrugas cuando sonríe, ni una sola de sus vueltas de tuerca a lo implanteable, ni una de sus manías. No cambiaría ni uno solo de sus rasgos de andar por casa y ni una sola de sus excepcionalidades. Y sobre todo, no cambiaría ni una sola de las sensaciones que me hace sentir. Eso ya lo tengo conmigo para siempre, me lleve la vida donde me lleve. Pero ese ya es otro capítulo. Tendré que hacer memoria y recordar si también lo imaginaba de pequeñita.




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