¿DÓNDE RESIDE LA ELEGANCIA?

- ¡Qué elegante es siempre esa mujer!
- No lo sé. No la conozco. Jamás he hablado con ella.
- Pero, ¿no ves lo guapa y arreglada que va siempre?
- Sí, tal vez. Pero yo no diría que es elegante por eso.  

      Qué pobreza de significado se le ha dado al concepto. "La elegancia se lleva por dentro", decían las revistas de moda de los años 50. Y era una curiosa paradoja teniendo en cuenta que la premisa se difundía en un ámbito meramente estético.
      Procede la palabra del término latino ELEGANTIA. Y su adjetivo, elegante, del verbo ELEGIRE, elegir, obviamente. Y es que creo firmemente que uno elige que la elegancia forme parte de su vida o no. Elige ponerla en práctica y tratar de adoptarla a cada paso. Y elige recibirla del resto, absorberla de aquellos que la destilan en todas sus facetas. Así, tiro por tierra eso de que se nace elegante porque sí, y aquello de que va asociado con un aspecto físico o un atuendo concretos. Se puede ser elegante en el vestir, sí, es cierto. Pero de nada serviría si nuestras actitudes no acompañan. Elegancia por lo tanto habrá en el discurso, en  nuestra forma de entonar las expresiones, en la cadencia de nuestra voz, en el vocabulario que escojamos. Preciso, adecuado, idóneo. Elegancia habrá en nuestros gestos. En la manera en la que nos apartamos el pelo, atusamos nuestra ropa y nos sentamos. Estará presente asimismo en nuestros modales en la mesa, al conocer a alguien, al conducirnos por la calle,... podría seguir con la lista. Completaría con ella aproximadamente lo que considero un 25% de la posible elegancia que posee y desprende un ser humano. Habría pues que preguntarse: ¿dónde reside el 75% restante?, ¿cómo se consigue ser siempre elegante? Ahí está la clave. No se consigue. Se es o no se es. Y desde luego que es algo absolutamente interno. Podríamos decir que la genética juega su papel. Mínimo quizás, pero alguno que otro. Sin embargo, indiscutiblemente el aprendizaje desde la cuna es esencial. Y no me contradigo con ello, porque ser elegante es algo que llega a ser indisoluble del ser humano, por tanto "se es o no". Pero también es algo adquirido al tiempo que la gestión de las emociones.  
       ¿A quién doto yo, entonces, de la cualidad de la elegancia? Precisa, justa y únicamente a aquellos que son elegantes de corazón. Sí, sí, de corazón. No me valen las palabras bonitas, pero ornamentadas para que resulten más aparentes y consigan un efecto X o Y. Tampoco esos perdones cuando nos pillan en falta y se nos cae la cara de puro colorada. Ni los lugares comunes a los que acudir en las conversaciones. Ni los brindis al sol. Se es elegante cuando se actúa de buena fe y con la mayor naturalidad posible. Cuando no hay trucos. Cuando no hay intereses ni la búsqueda del propio beneficio. Se es elegante cuando no tramamos a costa del bienestar de los demás. Se es elegante cuando se es auténtico y de corazón.
     Sé perfectamente que esto que acabo de decir suena a mantra. Preciosas expresiones místicas, pero si se saben entender y se aplican a la vida cotidiana y a los acontecimientos más importantes que experimentamos, entonces sí. Entonces habrán cobrado su sentido. Y creo que cuestan, que duelen a veces y que no suelen ser gratis. Así que, ¿dónde reside la elegancia? Yo la he visto. Y firmaría porque el resto pensase que me aplico el cuento. O mejor dicho, porque al mirarme al espejo cada mañana, algo reflejase que me he acercado todo lo posible a poseerla. Veo elegancia en mi madre, cuando a sabiendas de "eso" que pasará, escucha desinteresadamente sin buscar oírse y esperando que cada uno de nosotros viva sus propias experiencias. La vi igualmente en mi padre, cuando lo único por lo que clamaba era por dejarnos lo que él consideraba una buena herencia. Herencia emocional y cultural, preciso; porque a esa se refería una y mil veces. Veo elegancia en quien quiere sin esperar nada a cambio y en quien es tal cual es, sin tratar de que otros cambien o de que lo cambien. Veo elegancia en quien entiende que las personas somos libres para sentir, para cambiar de sentimientos, para volar y marcharnos, si es preciso. O para quedarnos. Pero que comprenden. Y la veo en la ausencia de envidias enquistadas; y aunque sé que de celos todos pecamos de vez en cuando, me refiero especialmente a querer tener el papo siempre lleno, aunque el menú no sea de nuestro total agrado. Veo elegancia en la falta de falsedad y de manipulación; es decir, en no temer a decir las verdades aunque sepamos que eso puede causarnos daños, pérdidas, heridas o ausencias. Está en la palabra dulce cuando suena acompañada del eco que resuena en las entrañas, esa que sale del sentimiento más profundo. E igualmente se encuentra el la frase de apoyo, en el entendimiento y comprensión, en esa risa cómplice que alivia, en el gesto que quita hierro a un momento duro, en la sonrisa por no preocupar aun cuando nos rompemos por dentro, y en la falta de pudor por mostrar el llanto. Veo elegancia en el deseo de felicidad para aquellas personas a las que queremos o a las que quisimos, aunque nosotros no disfrutemos de ella en ese momento. Sin duda en el no querer quedar bien por quedar, en la falta de teatralidad cuando los sentimientos están en juego, en la sincera autenticidad, en las verdades. Veo elegancia en la falta de mezquindad, en la ausencia de egoísmo, en la capacidad de empatizar y de pararnos a pensar por fin en el otro. Veo elegancia en el amor verdadero
       Ahí la veo. En ningún otro sitio. En ese comportamiento y en apreciar rodearse de tal elegancia. En el reconocimiento de tal rasgo en sus poseedores, en su búsqueda y el gusto por disfrutar de ella. El resto son reflejos del interior, destellos imposibles de cubrir para quien es realmente la elegancia hecha persona. Habrá quienes quieran comprarla, quienes la imiten, quienes crean que de dos patadas podrán dibujarse un traje a medida hecho de su tela. Es inútil, porque cuando se fuerza esta no fragua. No convence. Porque quien sí la logra, hasta en sus tropiezos, equivocaciones y defectos la posee de natural manera. 
       Dicen que la elegancia se lleva por dentro. Ya lo creo que sí. Se sitúa justamente en el centro del propio corazón, y eso, creedme, eso es muy adentro.




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