EL IDEALISMO DEL CAMBIO

   Soy una idealista, sí señores. Una idealista con su porción de soñadora. Apuesto fuerte por cambiar las cosas, por girar las piezas para averiguar qué forma tienen, cuál es su ángulo más atractivo y cómo mejorar su rendimiento. Casi siempre pienso que detrás de lo aparente, detrás de la supuesta cota máxima de un asunto o de una persona, puede aún alcanzarse un estadio más alto. Con tiempo y con práctica, con ganas y con esfuerzo. Hasta el momento tan solo he descubierto una cosa verdaderamente irreversible y que como tal ya está asumida por cualquier ser humano, algo además que ni siquiera veremos con nuestros propios ojos una vez sea definitiva. El resto de las situaciones sorprenden cada día. ¿Sabéis eso de "vivir para ver", "ver para creer", "donde dije digo, digo Diego", o "nunca digas nunca"? Pues a eso voy, precisamente. Donde hoy afirmo, mañana niego. Lo que hoy suena aburrido, mañana me apasiona. Grito nunca y resulta ser siempre. Pronuncio un hasta luego y se torna en jamás. Reniego de lo que amo y sonrío a lo indiferente. Cambiamos, mejoramos, empeoramos, contradecimos, nos retractamos,... pero afortunadamente estamos en constante movimiento. ¡O eso espero! Ya, ya sé que hay quien no pestañea apenas en ochenta años de vida, quien es tozudo, quien es incapaz de desprenderse de sus cadenas mentales, de colorear sin salirse de las lineas, ni de mirar a la cara oculta de la luna. ¡Los dioses nos cojan confesados! Pero quien más y quien menos, algo variará, digo yo.
   
Just another hill..., ERICK OH
 Pues bien, partiendo de ese concepto de mutabilidad intrínseca en los seres humanos, mi idealismo se encuentra justificado. No es este una pretensión de que todo vaya siempre a aumentar su calidad y cantidad, de que todo vaya a mejor, ni de que la persona que seremos mañana tenga por fuerza que ser mejor que la que somos hoy. No, no soy ni tan inocente, ni tan niña. Mi idealismo se basa en que a veces únicamente es suficiente con moverse del lugar en el que se está anquilosado, sin que haya de significar que eso suponga ir a mejor ni a peor; tan solo es una posición distinta. Se basa asimismo en eso de que ningún mal dura cien años, y, por qué no, en eso de que a veces las cosas se ponen tan turbias que de ahí ya solo se puede ir a mejor. La acción del tiempo -desesperante verdugo sabelotodo-, permite que cada pieza del rompecabezas se ponga en su sitio, siempre y cuando hagamos algo por ello, naturalmente, porque si no, ya podemos coger una silla cómoda y esperar al Día del Juicio Final. Esta concepción del poder del tiempo, es algo que nos va llegando con la edad y tras haber asistido ya a varios ejemplos de ello. La serenidad que dan los años nos permite ganar en calma y en paciencia, y aprender a discernir cuándo hemos de tomar cartas en el asunto, cuándo hemos de dar un paso atrás hasta la retaguardia o incluso cuándo hemos de recoger el campamento y marcharnos a casa. Ese es mi idealismo, ¡movernos!

     Pero,... sí, hay un pero. He dicho " marcharnos a casa". Suena a rendición, en efecto, y muy poco a idealismo. Aunque recuerdo que en el mío se contempla la posibilidad de ello, por cuanto supone cambio. Saber marcar los tiempos de las cosas, así como saber si han de terminar y  marcharte pues -ahora, ya, sin remisión-, o tan solo variar, es una de las decisiones más difíciles que se le plantea a cualquiera. Echar un pie al cambio de posición puede suponer finalizar definitivamente con la postura anterior y meter la pata. Y de ahí esa tendencia a quedarnos en lo conocido. ¿No era esa la zona de confort? Sí, esa era. Bien, es una opción respetable, siempre y cuando no se le haga la puñeta a nadie con ella. Y sin embargo, aunque aceptable es traicionera y engañosa, la jodía, porque dicha estabilidad puede tener arraigada su causa en un profundo terror al fracaso. Si no nos damos cuenta, ni tan mal, pero ¡ay, del día en el que comenzamos a sentir inquietud, desasosiego, a sentir que nos comemos con patatas situaciones que querríamos distintas! Pelea, enfado y frustración. Y a partir de ahí, juego a la  contra. En efecto, cuando esos síntomas afloran es preciso dilucidar si hemos de irnos o si somos nosotros los que boicoteamos nuestro propio asunto. ¿He de iniciar un cambio?, ¿estoy siéndome leal?, ¿adultero mis emociones por miedo?, ¿o lo hago porque a la mínima molestia me obsesiono con la búsqueda de algo mejor y mandar todo al cuerno? Ojalá tuviera la respuesta, ¿verdad?

     Os diré, reconoceré de hecho, que hay aspectos de mi vida en los que salir de esos cuestionamientos me supone poco menos que... ¡la vida! Giro y giro o en espiral, por ese idealismo de buscar todas las posibilidades habidas y por haber. Sin embargo, hay áreas, como el terreno profesional, el académico que nunca abandono, o la puramente material, que no me originan conflicto alguno ni me llevan excesivo tiempo de decisión. Si se trata de algo que me interesa realmente, suelo ser bastante resolutiva. Ahí, el idealismo del cambio, me mueve como un huracán. Y suele ser para bien, porque pase lo que pase, sacaré el lado bueno del asunto. Haré modificaciones en mi trabajo, me trasladaré de lugar o posición, emprenderé algún proyecto nuevo o dejaré en la cuneta algo que veo que no me está aportando, pero me arriesgaré. Las vueltas concéntricas las guardo para lo emocional y en especial para todo lo que tiene que ver con los sentimientos. 
     Las relaciones humanas pasan por tantísimas fases que es imposible llevar un riguroso control de todas ellas. El idealismo del cambio, creo que tiene aquí más sentido que en ningún otro rincón de la existencia humana. Saber cuándo he de terminar con una amistad que no me hace bien, con un amor que es tóxico, con una relación que está vacía ya o con una que es abusiva. Saber cuándo no es tanto el mal, sino que somos burros como arados y no cedemos posiciones, porque nos anclamos en esa comodidad que mencionaba antes. Saber que estoy en pleno crecimiento e incluso aprendizaje codo a codo con esa persona, y que se trata tan solo de sintonizar frecuencias y neuras de cada uno. Saber ante que situación estoy no me resulta sencillo, porque lo hay en juego es, ni más ni menos, que la unión de sentimientos diversos en común. Eso por hablar de mi fantasma habitual: ese adiós que no soporto y que siempre tiene la capacidad de hundirme, porque no concibo cómo se puede sacar de la vida de uno a quien llevas pegado a la piel, del modo que sea, Nunca lo entenderé, ni lo llevaré bien, por más que la vida me obligue a tragar con ello. Y por eso aquí, el idealismo del cambio se me desmorona, si amenaza ausencias y me lleva a descomunales contradicciones de palabra, de obra y de omisión. A frenar lo irrefrenable, a prorrogar lo improrrogable, a negar lo innegable, a resistirme a ver, a buscar arañazos donde la piel está sana,... A llevar a cabo incoherencias que intento aparentemente firme y de las que me convenzo, pero con la boca pequeña y no del todo. No en mi descargo, porque no es consuelo, pero sí que he de decir, que creo que es algo que hacemos todos cuando nos sentimos acorralados, y no sé si es una lástima o hace el juego más interesante. Llegamos al disimulo, al trato falsamente displicente, a la desgana e incluso a mentir como bellacos. Y no se corresponde con la realidad.
      Sea como sea, soy lo que aquí describo. Me lanzo en picado a crecer en mundos que no me originan temor emocional y en cambio, aunque kamikaze, echo los restos pensando y me enredo en la madeja de las personas a las que quiero, porque por negro que esté el panorama las quiero conmigo para siempre. Y es que es muy, muy, muy difícil que yo deje de querer a alguien, toda vez que ese sentimiento ha surgido.






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