UN POCO DE RENCOR ES NECESARIO

   Escribo antes de dormir. Sobre todo porque hoy estoy inquieta, confieso que un tanto airada. No me falta hoy la energía, ni las ganas, ni la alegría que me acompañan últimamente. Mitad en modo defensivo, mitad en modo reivindicativo de mí misma. Sin embargo, eso no me exime de tener otras sensaciones acompañándome. Las escribo como terapia. Hay en el fondo de mi ánfora una buena dosis de rencor y de rabia. Y lo manifiesto así, abiertamente. ¿Por qué no, si las letras son mías, míos los sentimientos y mío el derecho de gritarlo? A cualquiera le diría que ha de desprenderse de esos sentimientos, pero a día de hoy, quitármelos me supondría un gran coste. Se me iría parte de la piel con ellos. Quedaría desnuda en exceso. Desaprendería parte de lo aprendido. Y muchos otros precios que ahora no vienen al caso...
   No se puede vivir con esos sentimientos, ya lo sé. Pero estos se me han arraigado hasta el mismo hueso. Y se encuentran fuertemente fijados a las bases. Sé que son molestos y dolorosos. Y sé que mutarán. Pero también sé que en esta ocasión hay en mí un empeño y voluntad de mantenerlos ahí. Por amor propio. Por justicia. Y porque la causa quizá no merece que se disuelvan. Además, sospecho que el día que desaparezcan no habrá en su lugar un precioso paisaje de dulces sensaciones. Mucho me temo que habrá pensamientos neutros despojados de emotividad. Así lo he decidido. Y es que,... tanto va el cántaro a la fuente que, ya sabéis, al final se rompe.
    Pocas cosas en la vida hacen brotar sentimientos de ese cariz. Diría más bien que no suelen ser cosas, sino personas. Con sus actos y sus (ausentes) responsabilidades, que como trenes de mercancías recorren su trayecto imparablemente. Hay personas pues que a su paso se llevan consigo material de calidad, sin querer (evitarlo) además, y en su lugar dejan escombros. Sin escrúpulo alguno. Pues bien, el caso concreto que a mí me afecta y que me hace escribir hoy sobre ello es de ese tipo precisamente. Y esos escombros son justamente rencor y rabia, desperdigados sobre una polvareda de rechazo absoluto y una paulatina pérdida de buena cantidad del respeto que una vez tuve. Sin ánimo de que se me olviden, además; que a veces un monumento a lo caído es preciso para no olvidar jamás dónde reside el peligro. Para mantenerse alerta. Y porque hay quien se ha ganado el eterno derecho a ello.
    Que no se asuste nadie, que no me he vuelto fría o sistemáticamente rencorosa. Sigo siendo la misma. Simplemente se trata de no dar -menos aún gratuitamente- lo que no se merece a quien no se lo merece y esa es la razón de dejar restos del bombardeo en el lugar del ataque, como símbolo de recordatorio. ¡No faltaba más que tuviera que recogerlos yo, después de que se me llevara casi entera! Antes muerta.
    Así que lo que no te mata te hace más fuerte, dicen. Y también que la rabia nos mantiene vivos. Y en mi caso estoy muy, muy viva. Escrupulosa y selectivamente positiva, decidida y enfiladamente implacable. Eso dependerá del receptor, según la lista de nombres que se aloja en mi cabeza. Mas mis diculpas, no fui yo quien anotó los nombres, sino que cada cual tomó el lápiz con sus propias manos.

    (A veces con la edad, mantener en el paladar un sabor agrio, ayuda a apreciar las delicias que nos llegan cada día).








Comentarios

Entradas populares de este blog

EL ADULTO ES UN NIÑO ESTROPEADO

DOCENTES NO DECENTES

LA EDUCACIÓN DE UN PAÍS NO ES SINO EL REFLEJO DE LA SOCIEDAD QUE LO HABITA (Primera parte)