LAS RELACIONES TAMPOCO DURAN PARA SIEMPRE (¿Y QUÉ?) - LAS CHICAS (y los chicos) de MI GENERACIÓN II.

SERIE:  LAS CHICAS (y los chicos) DE MI GENERACIÓN
Capítulo II: Las relaciones tampoco duran para siempre (¿y qué?)


          Parte hoy este texto de un estado de rebeldía, de incomodidad y de fruncimiento de ceño por lo que se refiere a las relaciones sentimentales. Me revuelvo en mi asiento. Y protesto, protesto mucho. Estoy quejicosa y es que no hago más que encontrarme  en mi entorno con gente a la que quiero, aprecio y valoro, y que están sufriendo los golpes de los despropósitos sentimentales. Veo quien padece enormemente por amor, porque no lo quieren suficiente o adecuadamente, porque no le dan el lugar que merece, porque no lo estiman en lo que vale. Veo faltas de compromiso y hasta de consideración. Veo inmadurez por doquier. Veo analfabetismo emocional. Veo cobardía y falta de empatía. Pero sobre todo veo egoísmo. Un sálvese quien pueda, caiga quien caiga. Y del lado de los afectados veo, en casi la totalidad de los casos, personalidades tremendamente valiosas, corazones generosos y mentes vivas. Seres que no suelen abundar, y por cuyas atenciones y sentimientos muchos darían lo que no está escrito. La pregunta tenía que llegar, ¿qué está pasando?
      Es preciso que contextualice que me estoy refiriendo principalmente a aquellos que pasamos los cuarenta años de edad. Hombres y mujeres que venimos de otras relaciones, que sabemos lo que es amar y vivir en pareja, que sabemos lo que es una ruptura, que tenemos lecciones ya aprendidas y que seguimos quedándonos estupefactos ante determinadas actitudes sentimentales. Asumir la realidad pasa por entender y naturalmente le doy vueltas y vueltas a la situación hasta llegar a una serie de conclusiones que podrían facilitarnos el camino. Se trata de avanzar y de no dejarnos vencer por las malas experiencias. Se trata de no tirar la toalla pensando que no hay nada que hacer. Se trata de intentar ser un poco más listo que la situación. Y se trata de poner nuestra felicidad en la cumbre de todas nuestras necesidades y prioridades. Deber y obligación. Máxima de vida.
    Veamos. Un hombre o una mujer me cuentan el estado en el que se encuentra su corazón. Es alguien, como dije anteriormente, de mi generación, alguien que vale su precio en oro, con ganas e ilusión por entregarse, inteligentes y despiertos, atractivos, buenas personas,... y que las están pasando canutas, porque se las están haciendo atravesar ídem. Son normalmente personas de ole bandera a cuyo lado le apetecería quedarse hasta al más tonto y sin embargo... Sin embargo, les hacen el vacío, les dosifican o privan las muestras de cariño y las explicaciones, les niegan el compromiso y les hacen creer no merecedores de todo lo anterior. Como resultado surge la pérdida de la autoestima y, lo que es peor, la pérdida de ganas de darse otra oportunidad cuando la tormenta pase.
   Visto el mal, cabría ahora tratar de averiguar su causa y la posible salida o solución. Y aquí es donde no he podido evitar pensar que, una vez más, mi generación lo tiene un pelín peor a la hora de superar dichos padecimientos. Fuimos criados en el seno de una sociedad sin un marcado sentido de lo efímero. Nuestros abuelos, nuestros padres, fomentaban la estabilidad del hogar, del trabajo, del entorno,... Suponíamos que al llegar a la edad adulta conseguiríamos un empleo para toda la vida. Obtendríamos, no sin esfuerzo, una vivienda en propiedad, la misma para toda la vida. Mismo barrio, misma ciudad. Y nos enamoraríamos de quien sería nuestra pareja para toda la vida. Pero llegaron los tiempos de lo efímero, de lo temporal, de lo no perdurable. Y tales eternidades comenzaron a evaporarse. Aprendimos a encajar que lo más habitual era tener que cambiar en variadas ocasiones de trabajo, de ubicación, ¡y hasta de profesión a veces! Aprendimos a vivir casi a salto de mata sin rasgarnos las vestiduras, sin importar si pagábamos un alquiler o una hipoteca, y ajustando zona, ciudad, provincia,... en función de nuestras necesidades. Aprendimos a sentir nuestro hogar una vez que poníamos la cabeza sobre la almohada un par de noches. Pero no aprendimos que del mismo modo que encajábamos esos cambios, debíamos comernos los cambios personales en cuanto a relaciones sentimentales se refiere. Las relaciones se acaban y no lo llevamos bien. Eso no. Nos dejamos parte de nosotros en cada una de ellas y vamos quedándonos sin fuerzas. Y la consecuencia de ello se bifurca en dos tendencias: la primera es la de los que sufren los desmanes que mencioné en inicio; la segunda es la de los que los provocan al salir huyendo ante el menor problema, o al condenar a la ley del silencio o a la invisibilidad al contrincante. Dos males bien distintos y dos soluciones, pues. 
        Los que optaron por el camino fácil. Sufrieron igualmente este mal de mi generación, pero se condenaron a vivir eternamente enfermos de emociones y con ello, por desgracia, condenaron al resto. Enfermos crónicos, como digo, pusieron un muro de protección a su alrededor y decidieron beber de aquellos que tenían cerca. Perdieron escrúpulos a la hora de aprovecharse de los beneficios recibidos y decidieron ir viviendo según soplaba el aire, sin más implicaciones, pero sin dejar ir a aquellos a quienes jamás iban a corresponder en igual medida. Su savia se había convertido en elemento esencial para su supervivencia ahora que se habían dado cuenta de que las relaciones no siempre duran lo que pensaban. El otro lado lo conforman aquellos cuya dedicación es absoluta y que se rompían al ver una y otra vez que no siempre se paga con igual moneda en asuntos amatorios. Unos y otros tendríamos que hacer algo. Los primeros refundirse y educarse emocionalmente, si no ya por ellos, al menos por las víctimas de su egoísmo. Los segundos asumir que esto sucede, aprender a distinguir a quién se tiene delante y sobre todo aceptar que quizás las relaciones no duren ya para toda la vida. O tal vez sí, quién sabe.

   El carpe diem tiene tanta edad como la lengua en la que está escrito el tópico. Reconciliarnos con ese concepto y dejar de obsesionarnos con la eterna durabilidad de las cosas sería ganar en salud. Y es que si mal sabemos cuánto tiempo vamos a estar en este mundo, mal podemos asegurar la permanencia de nuestros vínculos. Es de toda lógica. Y más importante aún, esa obcecación por hacer que las cosas duren y no acaben nunca, esa manía de conservar y acumular, nos lleva en muchas ocasiones a empeñarnos en lo imposible y hasta en lo inadecuado. No tiene ningún sentido anclarnos a quién no quiere o no puede. Ni sirve de nada, ni tampoco se basa en verdadera necesidad o sentimiento, sino en la negación a admitir que hemos de pasar a otra fase y que no pasa nada por ello. Quizás deberíamos desprendernos de esa marca de hijos de los 60 y de los 70, época en la que nuestros mayores se resignaban a quedarse en compañía y lugares inhóspitos, porque no había más salida que esa y porque su ideario no contemplaba otra posibilidad. Quizá deberíamos sonreír ante la idea de que lo que nos está ofreciendo la vida es una nueva oportunidad de mejorar.






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