QUE EL CAMBIO SE PRODUZCA POR DENTRO

   Hubo un tiempo en el que quise cambiar mi vida radicalmente. Días en los que la inquietud me decía cada mañana al oído que tomara caminos distintos, hábitos nuevos, giros inesperados. El sentido común trataba de abrirme los ojos y de que no le volviese la cara a lo evidente. Y mi cerebro llamaba a la puerta de mis pensamientos para recordarme de un timbrazo lo que ya sabía. Así que inquietud, sentido común y cerebro se confabularon para empujarme hacia algo nuevo. Y sí, lograron que despertase en mí ese propósito.
    Una vez en ello, decidida y resuelta, procedí a llevar a cabo los consiguientes cambios. Me mudé de casa, me trasladé de ciudad, abrí puertas y varié mi entorno. Comencé a frecuentar nuevos lugares y nuevos círculos. Me apropié de mi casa con cada pequeño detalle. Llené de mi esencia cada objeto, momento y acontecimiento. Cambié el escenario por completo y con él también mi lugar de trabajo. Empecé casi de cero. Nuevo espacio, nuevos modos, nuevas caras y una escalera por la que avanzar, pero de nuevo desde el escalón más bajo en eso de quién eres tú. Y cuando todo estuvo listo subí el telón. Resultaba novedoso, sí. Refrescante. Extraño casi siempre. Pero nada gastado. Y esperé el tiempo prudencial, el periodo suficiente para que posase el cambio. Y sí, algo mutaba, pero ni mi inquietud había desaparecido, ni mi sentido común me daba el visto bueno, ni mi cerebro conseguía tregua.
   Los tres de acuerdo decidieron volver a actuar y para ello comenzaron su análisis exahustivo de la situación. Observaron y escrutaron, y llegaron a la conclusión de que el mal se encontraba mucho más adentro de lo que yo pensaba. Conectado con el riego sanguineo bombeado por el corazón, se encontraba mi inestabilidad interior. Ese estado de insatisfacción vital que nada tenía que ver con mi ciudad, casa o trabajo, sino con la necesidad de relajarme por dentro. De conocerme. De quererme. De abrir mi mente y tirar a la basura mi obstinación. Era preciso, por tanto, escucharme bien y seguir a rajatabla mis propias pistas. Y así lo hice. 
   Me propuse mirar atenta a mis emociones más blancas, a aquellas que me daban aunque solo fuera un día de paz, de alegría, de risas y de satisfacción generosa. Sin mancharla con neuras ni con miedos. Me propuse ir corriendo hacia las personas que me hacían sentir, que se me hacían necesarias y hasta imprescindibles. Me propuse soltarme el cinturón y la melena y vivir. Me propuse curiosear entre vidas nuevas, formas de existir hasta entonces desconocidas para mí y escuchar otras versiones de mí misma. Me propuse soltar el lastre sin previo aviso, sin ruido y sin escándalo; así, en privado. Y me propuse darme una explicación que me ayudase a comprender la vida y el amor, para así poder darme el lugar que yo misma me había negado.
   
Aún hoy estoy en ello. Tal vez sea ya un camino vitalicio, pero prometo que es menos sombrío. Apenas inicié la marcha, pero pude dar mis primeros pasos centrados cuando averigüé que los cambios que necesitaba no estaban en el exterior, ni en contexto, ni el panorama. No era dejar atrás todo cuanto me sonaba a conocido. Los cambios había de realizarlos en mí, cesando de castigarme y aprendiendo de una vez por todas que yo estaba aún por desarrollar, mucho más allá de lo que otros pudieron imaginar de mí, aseverar de mí, etiquetar en mí. Me había creído una versión distorsionada y ahora se trataba de sacar a flote la verdadera. Dejar enfadarme por lo que no me gustaba y no estaba en mi mano cambiar y ponerme manos a la obra por modificar lo modificable. Dejar de decirme "no" y comenzar a esbozar los "síes".  Cambiar los "no puedo", por "¿a ver cómo sería eso...?" Y en esas me hallo, tarea eterna, pero es la correcta. Y es que aquí, en Roma o en Pekín, de equilibrista o de ingeniera, sea como sea, lo que de verdad ha empezado a funcionarme es iniciar mi cambio por dentro. Dicen que se llama madurar. Ya os lo diré.


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