LUNA MADRE


Anoche pude tocar la luna con la punta de los dedos. Inmensa en matices, imperfecciones, brillo y magia. Se había descolgado por unas horas para venir a saludarme con dos besos tibios. En su viaje constante, echó la vista al suelo y vino a verme, a escucharme, a cuidarme. Se lo agradecí.
   Más cercana que nunca, más madre, menos insana y más sabia, tutelaba la noche y desplegaba un manto amarillento y cálido, y un hálito de sur caliente que envolvía el cielo y con él las preocupaciones mundanas. Ella es vieja de largo, lo ha visto todo ya. Ha visto amar al mundo, caerse y corromperse, gatear como un niño, angustiarse por nada, levantarse crecido. Ella ya marca arrugas. Y al mirarte a los ojos puedes verle la edad en su piel ya gastada, pero aun tersa y con luz.

Al vernos cara a cara, me sentí otra vez niña. Tan sencilla, tan frágil y tan tierna. Y sollocé a su vista. Y le lloré un momento mis penas. Ella me sonrió y me sentí cuidada. La miraba en silencio, embobada de luz, cegada en pensamientos. Y podría jurar que me leyó la mente. La supe ¡tan astuta! Bajó para decirme un par de cosas que en silencio absoluto y con pulcra atención escuché de su voz. Me alimentó de fuerzas, me arrancó de un plumazo los malos sentimientos. El rencor y la rabia los convirtió en ternura. Me resultó muy raro, extraño y repentino, pero juro y perjuro que comencé a sentir una calmada paz. Cerré los ojos y pensé. Pensé y sentí, ¡cómo no!,... pensé... positivo y tan dulce, que si tuviese que buscarle un gesto para expresar mi imagen sería el de un abrazo caliente y prolongado, inmenso y muy, muy lento. Sin decir nada más, que no haría falta. Me sugirió más fuerza y no rendirme, y no temerle al cambio y enfrentarme a los riesgos. Me inoculaba fuerza y me empujó a soltar amarras dolorosas que alimento en mi mente con mis miedos. Y lo dijo en voz baja. Susurrándome apenas. Y me dejó agotada. Me despedí de ella. Y me giré de espaldas. Me sabía observada, como observa una madre cuando te ve partir. Habría dado un mundo por saber qué pensaba de mí en ese mismo instante. Pero creo que acierto, si adivino a pensar que su imagen de mí es la que guardo hoy yo misma en mi interior. 
   Sé que he de despedirme de dolores absurdos y de mis tonterías. Sé que hoy tengo la fuerza para cambiar las cosas. Sé que solo me importa lo que me es verdadero, profundo, equilibrado, visceral, bondadoso. Sé que siento y no enfrío. Muy grande y muy intenso. Sé que quiero la vida, la alegría y la calma. Sé que quiero no quedarme en la puerta, ni en la tierra de nadie. Sé que me sacrifico, si hace falta, pero menos que eso ya sería la nada. Sé quién vale la pena y que lo supe siempre. Sé que no me equivoco y no me equivoqué. A pesar de la vida. Sé lo que es para mí, aun no teniéndolo. Sé que acepto las cosas. Sé cuál es mi papel y así lo asumo, aunque sepa sin duda que podría bordarlo de ser protagonista. Pero me siento en paz. Y no quiero perder. Por supuesto que no. Porque duelen las pérdidas y más si estas son únicas. Que lo es. Que lo son. Sé que... sé tantas cosas ya, que tan solo camino hacia delante. Atenta y bien despierta. Que he de cicatrizarme y decidir serena. Que he de amar sin rencores. Y así lo hago, casi. Me lo ha dicho la luna, la luna madre. Y yo obedezco.


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