EL PAÍS SE NOS VA A PIQUE: El orgasmo del poder

     La historia está llena de despropósitos y de injusticias. Los sistemas socio-políticos se organizan en torno a maquinarias en los que prima la decisión dominante de unos pocos sobre la de la mayoría oprimida. Soy consciente de que mis palabras suenan a antiguo, a sistemas pasados o de áreas geográficas muy lejanas o subdesarrolladas. Incluso que suena a discurso revolucionario antisistema. No suelo abordar estos temas en este blog. Lo dedico, sabéis, a lo más íntimo del ser humano. Pero no puedo más. No escribir sobre la situación que atraviesa el país me parece una irresponsabilidad por mi parte. Me sale de dentro compartir una opinión que tengo muy clara y que suelo ofrecer en otros contextos.  Así que hoy hablo como mujer adulta, como profesora, como ciudadana, como pensadora crítica, como no sumisa, como alguien reflexivo, como ser responsable,... Todas las facetas que me componen hablan hoy.
    España no es un caso aislado. La situación socio-política y económica que hoy vive no es tan diferente de la de cualquier otro país de Occidente. Es más, me atrevería a decir que, aunque con apariencias distintas, tampoco difiere mucho de la de otros territorios menos desarrollados. Y eso desde una perspectiva sincrónica, porque si consideramos una visión histórica, cualquier comunidad desde el principio de los tiempos se conducía de igual modo: supremacía de los poderosos conseguida a través de acciones inmorales y de movimientos de dudosa legalidad, todo ello con el fin de vestir dicho poder con el color del dinero. ¿Tan poco hemos cambiado? Cuando veo este panorama pienso que no, que apenas hemos evolucionado y que, en algunos aspectos, hemos retrocedido. 
    Nos regimos por un sistema de carácter democrático o lo que es igual, por un sistema organizativo en el que el poder está en manos del pueblo y lo gestionan los representantes que este ha elegido. Viajaríamos al siglo V a.C., y a Atenas para ver su nacimiento. Y descubriríamos que según dijo el mismísimo Churchill es quizás el menos malo de los sistemas de gobierno. Pero lo más curioso es que ya desde el inicio se vislumbró la facilidad con la que acaba viciado y corrupto. Naturalmente el denominador común es el mismo: el hombre y su implacable sed de poder, de dinero y de sentir en la piel su superioridad sobre el resto. Desconozco si un ser humano podría desprenderse de esa tendencia. Especulo siempre que hay personas sencillas, que nunca sienten envidia, ansia, o avaricia, y que normalmente, a poco que rasquemos, son individuos contentos con su interior y con cómo son. Individuos emocionalmente maduros e inteligentes, que si necesitan crecer no lo palían con lo material y mucho menos con la idea de saber cuántos seres están por debajo de ellos en cualquiera de las escalas posibles. Pero son los menos. Han pasado los siglos y continuamos igual. A mi juicio, peor, porque hubo un tiempo en el que el poder de unos pocos sobre el resto  era aceptado por todos, por cuanto equívocadamente se consideraba algo natural y hasta legítimo. Pero hoy nuestro concepto de poder está bañado de hipocresía. Se nos llena la boca promulgando los tres principios del Estado Moderno nacidos tras la Revolución Francesa: libertad, igualdad, fraternidad. Se nos llena la boca promulgando derechos idénticos para todos. Cartas magnas, códigos legales específicos, Derechos Fundamentales,... Y grandes discursos. Y todo es mentira. Y nos quedamos viéndolo, casi impasibles, protestando a lo sumo a la hora del café o en la mesa, pero cuando tenemos la posibilidad de hacer algo, no lo hacemos.
    España se encuentra asolada por una tormenta de corrupción que impregna desde las organizaciones políticas más sencillas (municipios, pedanías,...), hasta la más alta: el gobierno del Estado. Asistimos a un vacío de gobierno electo -que no de poder- no visto antes. Pero sobre todo nos encontramos ante un hecho sin precedentes: nos gobierna un partido político imputado, integrado durante años por miembros actualmente procesados, unos, herederos de un sistema dictatorial algunos y activos de dicha dictadura otros. Al tiempo, el partido político que tradicionalmente ocupó el puesto de la oposición, por ideología, por historia, por gestión, se ahoga igualmente en escándalos, en batallas de carneros y en noticias que sacan a la luz tráficos de influencias, corrupciones y decisiones igualmente turbias. Ambos sabiendo. Ambos callando. Ambos repartiéndose el pastel y vendiébdonos raíces ideológicas para limpiar conciencias dándonos de fumar opio. Y todo ello llena los minutos de los informativos, las páginas de los periódicos, las ondas de radio. Y nos molesta, sí, pero no hacemos nada. ¿Por qué nos quedamos cruzados de brazos? Por dos razones. La más lícita es el miedo. El miedo a lo diferente y a lo nuevo. El miedo a que nos cambien lo que conocemos. El miedo basado en la ignorancia. Y es que hay que ser muy estúpido para temer más lo desconocido que lo que está podrido. La segunda razón por la que no nos movemos a cambiar las cosas es mucho más mezquina y se basa en recelar de decisiones que puedan quitarnos algo de lo nuestro, sea justo o injusto. Suena a comunismo, ya lo sé, pero ni siquiera me refiero a eso, sino a que no se modifique aquello que nos beneficia aunque el precio a pagar sea el de volverle la cara a lo corrupto. Esta segunda razón se alimenta, pues, del sentir de que mientras no nos toque a nosotros, no nos movemos. 
    Ejemplos hay a patadas y me basta con pensar tan solo en noticias ocurridas esta semana o este mes. Vivimos en Estado fundamentado en la separación de poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. Y los tres hacen aguas. Y pagamos por ello. con dignidad, con esfuerzo y con dinero. 
    No hay ejecutivo revalidado en urnas. Y no lo hay porque la ley electoral que tenemos beneficia que esto suceda en las circunstancias actuales. Y la ley electoral no se cambia, porque los partidos mayoritarios, pagados y elegidos por los ciudadanos -según el caso-, no promueven su cambio cuando detentan el poder. Y no lo cambian porque no quieren. Y no quieren porque perderían la dominancia y concentración de poder que esta ley permite. Por otro lado, el Ejecutivo en funciones, como ya mencioné, lo ostenta un partido político legalmente imputado por prevaricación, malversación de fondos públicos, tráfico de influencias, financiación ilegal,... Pero no se ha planteado dimitir ni perder sus escaños de poder. El Ejecutivo actual,  además, -al igual que los anteriores- mantiene unos privilegios pecuniarios que suenan más al Antiguo Régimen que a la democracia que hoy pretendemos. Sueldos astronómicos y vitalicios para aquellos que detentan un cargo, mientras que el salario mínimo interprofesional en España es de 655,20 € (R.D. 1171/2015), muy a la cola de los países europeos. Pagos de dietas y alojamientos a los diputados, cuando su sueldo es más que suficiente para que cubran ese gasto por sí mismos o cuando ya tienen bienes inmuebles en el área de su puesto laboral; mientras se reducen las becas y miles de estudiantes ven truncada su formación, porque a ellos sí se les niega esa dieta de alojamiento. O  mientras ciudadanos comunes son desahuciados de sus casas, ante el ya eterno aumento de la tasa de desempleo a la luz de una reforma laboral que lo fomenta y fue creada para ello, o de unas hipotecas impagables que se generaron al entregar a los bancos un dinero que nos pertenecía y era imprescindible para sobrevivir. Y la hucha de las pensiones bajo mínimos, escandalizando por cierto la opinión internacional, mientras se consienten los dispendios que antes comentaba. Podría seguir, y no le revelaría nada nuevo a nadie. Y la Iglesia financiada, cuando somos un estado laico, o favorecida por esas maravillosas lagunas tributarias que a todas las grandes fortunas gustan. Pienso en esa fiscalmente beneficiosa donación de ocho millones de euros que recibía a manos de los grandes almacenes El Corte Inglés y en cómo la Iglesia, tan agradecida, invirtió gastos posteriormente en su negocio por un valor de siete millones de euros. Y podría seguir. Todo esto lo sabemos ya de largo. Y no hacemos nada.
   El legislativo también hace aguas, pues para empezar, como afirmé más arriba, apoya su libertad para promulgar y derogar leyes, en la carta blanca que da al gobernante la mayoría obtenida por esa ley electoral. A partir de ahí, un cheque en blanco que facilite una gestión parcial en función de sus intereses particulares. Y podría seguir. Lo sabemos, pero no hacemos nada.
   El judicial, el que quizás pensábamos más intocable, herido de muerte. Por lo que se refiere a la aplicación de deterninadas leyes, observamos cómo algunos jueces están atados de pies y manos, y han de imponer decisiones que apestan a falta de moral, de ética, de decencia y de humanidad. Me viene a la mente cuando leí en prensa que se había impuesto el pago de las costas del juicio -unos 2400 €- al padre de Marta del Castillo, la joven sevillana desaparecida y asesinada hace ya siete años y cuyo cuerpo aún no ha aparecido. Y me vienen a la mente las figuras de dos grandes jueces inhabilitados y apartados de la judicatura por haber tratado de aplicar la justicia e investigar tanto casos de corrupción, como los crímenes contra la humanidad llevados a cabo durante la dictadura, y jamás juzgados. Elpidio Silva y Baltasar Garzón. Y podría seguir. Lo sabemos. Pero no hacemos nada.
    Y mientras permanezcamos impasibles, nada cambiará. Pero será peor aún que facilitemos el camino para que esto continúe. Y que no se nos oiga demasiado, mientras seguimos asistiendo a noticias que muestran cuánto se aferran los poderes a su cetro. Las casas, donde se hallan documentos cumbre para procesar los casos de corrupción, saqueadas. Jóvenes relacionados con partidos hasta ahora no mayoritarios apaleados. O declaraciones de diputados que, ante el dato la oposición del aumento al 36% de los niños en situación de exclusión social y pobreza, dicen: "ahora saco el pañuelo y lloro". Ilegalidad e inmoralidad por doquier.
   Desde que me fui haciendo adulta fui entendiendo que esto sucede. "Dios me ponga donde haya, que de coger ya me encargaré yo". El hecho en sí me asombra y me enferma, naturalmente, pero lo que más me ha llamado siempre la atención ha sido la confluencia de dos hechos. El primero es que ellos la hacen, pero no la temen. Son capaces de hacerlo a los ojos de todos, sin disimulo ni ponerse colorados cuando se les pills. Y son capaces de salir con los beneficios por la puerta principal. El segundo hecho es que lo consentimos, que nos hayamos creído que en efecto están por encima de nosotros y hemos de permitirlo. Daños colaterales asumidos. Se nos olvida que están ahí porque quisimos y durante el tiempo que estimemos. Están a nuestro servicio. Trabajan por y para nosotros. Que no se nos olvide. Y no son dioses, ni más capaces, ni mejor formados, ni más inteligentes. Esto es una empresa, nuestra tierra, y el que no lo hace bien... ¡a la calle! Es más, deberíamos exigir unas dosis de decencia, moralidad y humanidad por encima de la media, dada la importancia de lo que tienen entre manos.
   No querría volver a escuchar eso de que tenemos lo que nos merecemos, porque lo que es yo, juro que no me lo merezco. ¿Y tú?, ¿qué es lo que te mereces?


g.calvo.com

ANEXO
Menos de 24 horas después de escribir este artículo, siendo domingo 23 de octubre a las 16:00, añado:

Hace escasamente una hora se ha sabido que la maraña gubernativa en la que nos encontrábamos se ha resuelto con la solución más nociva que podría haberse dado. Finalmente, como se sospechaba, el partido tradicional de la izquierda apoya y facilita el gobierno del partido tradicional de derechas. Por primera vez en la Historia. Asistimos al fin de la política de turnos entre ambos -es decir el turno a la hora de comerse el pastel-, para dar paso a una gran coalición -es decir, repartirse el pastel entre ellos-. La razón es que, de no ser así, ambos lados temían muy certeramente quedarse sin él, sin ese negocio que llevan décadas mimando.
Sigo diciendo y conminando a cualquier ciudadano que piense que urge parar este abuso de poder, este atraco a nuestra dignidad, que es preciso hacer uso de todas nuestras libertades y de nuestros derechos democráticos para evitar seguir pagando los vicios de aquellos que, tras subir a nuestros hombros para elevarse, patalearon nuestras cabezas. 


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